Entre Navarra y Huesca, junto al embalse de la Yesa, encontramos a San Salvador de Leyre, un monasterio románico rodeado de bosques y envuelto en leyendas. Muy cerca pasa el Camino Aragonés a Santiago, y en él están enterrados muchos reyes navarros. Y de su muro parte un caminito en medio del bosque que lleva a una fuente humilde. Según la estación, incluso puede ocurrir que apenas tenga agua.
Nada parece anunciar que ese lugar humilde guarda una de las leyendas más sorprendentes del Camino de Santiago, que se remonta a hace más de mil años.
Cuenta la tradición que un abad de Leyre, que se llamaba Virila, andaba inquieto por una pregunta difícil de resolver: Intentaba comprender qué podía significar realmente la eternidad. ¿Cómo podían mil años transcurrir como un instante? ¿Cómo concebir algo que no tuviera principio ni término?
Una mañana —o una tarde, dependiendo de la versión— abandonó el monasterio y salió a caminar por la montaña. Quizá buscaba silencio. Seguramente esperaba que meditar en el bosque le diera una respuesta que no había encontrado entre los libros. Llegó a la fuente que hemos dicho y, mientras permanecía allí, escuchó cantar a un pájaro.
El canto era tan extraordinariamente hermoso que Virila quedó absorto, escuchando. Cuando el pájaro dejó de cantar, el abad emprendió el regreso. Creía haber permanecido fuera apenas unas horas.

Pero al aproximarse a Leyre comenzó a percibir que algo no encajaba. El monasterio parecía distinto. Sus edificios habían cambiado. Cuando llamó a la puerta, un monje desconocido salió a recibirlo. Virila tampoco lo conocía. —Soy el abad de este monasterio— habría explicado. Nadie había oído hablar de él.
La sorpresa fue creciendo hasta que los monjes decidieron consultar sus antiguos documentos. Y allí, perdido entre nombres de generaciones desaparecidas, encontraron el recuerdo de un abad llamado Virila que había salido un día del monasterio y nunca había regresado. Habían transcurrido trescientos años.
La pregunta que lo había llevado al bosque encontraba así su respuesta: si el canto de un simple pájaro podía suspender durante tres siglos la percepción del tiempo, la eternidad podía escapar completamente a las medidas humanas.
No es todo leyenda
Lo más interesante del tema es que dicho abad sí existió: Un documento fechado en el año 928, relacionado con el obispo Galindo de Pamplona, menciona entre sus testigos a un abad llamado Verila o Virila. La documentación disponible permite situarlo en el ambiente monástico de Leyre durante la primera mitad del siglo X.
No sabemos mucho más a ciencia cierta, pero sí que debía tener fama de hombre santo, pues desde casi su muerte se le veneró en el monasterio, y empezaron a propagarse hechos maravillosos sobre él. De hecho, la historia viajó por toda Europa, y se la puede encontrar con variaciones en otros lugares, como la muy conocida del Monasterio de Armenteira en Pontevedra.
Esto no significa que alguien copiara simplemente aquella historia y sustituyera el nombre del protagonista por el de Virila. La circulación de leyendas medievales fue mucho más compleja. Los cuentos viajaban con predicadores, peregrinos, monjes, comerciantes y manuscritos; se transformaban al pasar de un territorio a otro y terminaban arraigando en lugares concretos.
En Leyre ocurrió algo especialmente interesante: el relato terminó unido a un abad que sí había existido. Y lo más interesante aún, se puede visitar la fuente asociada al maravilloso evento.
La fuente donde la leyenda se hizo paisaje
No existe evidencia arqueológica ni documental que permita afirmar que el Virila histórico se sentó precisamente junto al manantial que hoy lleva su nombre. Lo que sí puede afirmarse es algo quizá más interesante: durante generaciones, ese rincón de la sierra ha sido identificado como el escenario de la leyenda.
La relación entre relato y paisaje llegó a ser tan intensa que sobrevivió incluso a una de las épocas más difíciles de Leyre. En el siglo XIX, las desamortizaciones provocaron la desaparición de la comunidad monástica. El monasterio quedó abandonado y durante décadas sus edificios sufrieron un importante deterioro. Sin embargo, un estudio dedicado a Virila recuerda que las gentes del entorno continuaban narrando la historia del abad y buscando entre árboles y rocas la fuente asociada a su prodigiosa desaparición.
Quien llega hoy a la fuente encuentra una pequeña escultura de Virila y la referencia al pájaro. Turismo de Navarra la describe con una sinceridad casi perfecta: es apenas un paraje entre rocas y árboles. Solo bosque, piedra, agua y silencio, los mismos materiales mínimos con los que se construyó la leyenda.
Un camino dentro de otro camino
Para quien recorre esta parte de Navarra siguiendo las huellas jacobeas, el paseo adquiere además otro significado. El Camino Aragonés de Santiago procede del puerto de Somport, desciende hacia Jaca y sigue después el corredor natural del río Aragón hasta entrar en Navarra. La ruta continúa por el territorio de Yesa y Sangüesa antes de dirigirse hacia Puente la Reina, donde se encuentra con la gran vía procedente de Roncesvalles.
Leyre se encuentra estrechamente vinculado al Camino de Santiago, pero en realidad estaba allí mucho antes. La primera noticia histórica segura del monasterio procede de 848, cuando Eulogio de Córdoba pasó por la zona. Tres años después recordó aquella estancia en una carta al obispo Wiliesindo de Pamplona.
Eulogio menciona una comunidad gobernada por un abad llamado Fortún y se muestra impresionado por su biblioteca. Cuando Virila aparece documentalmente ochenta años más tarde, por tanto, Leyre era ya un centro monástico consolidado.
Durante los siglos siguientes su historia quedó estrechamente ligada al reino de Pamplona. El conjunto conserva hoy algunos de los testimonios más importantes del románico en España: la cripta, la cabecera de la iglesia y la espectacular Porta Speciosa. En su interior se conserva una arqueta con los restos de los antiguos reyes navarros, así que puede considerarse panteón real.
La extraña medida del tiempo
Hay una razón más profunda por la que la leyenda de Virila parece encajar de forma natural en el universo del Camino de Santiago. Habla del tiempo, y quienes hacen el Camino experimentan que éste adquiere otra dimensión. En la vida cotidiana el día se mide en horas y minutos. En el Camino, en cambio, reaparecen medidas mucho más antiguas: la salida del sol, los kilómetros que faltan, el siguiente pueblo, una fuente, el cansancio del cuerpo, una conversación inesperada.
Virila lleva esa experiencia hasta el extremo fantástico. Sale de Leyre intentando comprender intelectualmente la eternidad y, según la leyenda, termina por comprenderla cuando deja de medir el tiempo.
Por eso el pequeño sendero hacia la fuente puede entenderse como una especie de camino dentro del Camino. El recorrido apenas ocupa una fracción de una jornada, pero reproduce a escala diminuta uno de los gestos esenciales de toda peregrinación: salir de un lugar y volver transformados por lo que hemos encontrado durante el trayecto.
Más de mil años después del abad Virila, los viajeros siguen abandonando por unos momentos el monasterio para internarse en el bosque y buscar una pequeña fuente.
Algunos llegarán atraídos por la historia, otros por el paisaje, y otros simplemente porque han visto un sendero y quieren saber adónde conduce. Al llegar encontrarán unas rocas, unos árboles y quizá un poco de agua. Con suerte, también escucharán un pájaro.
Conviene entonces no mirar inmediatamente el reloj. Por si acaso.
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