Dice el refrán que todos los caminos llevan a Roma. Podríamos decirlo también de Compostela. Cuando hablamos de Camino de Santiago no hablamos de un único camino: Sólo en España hay ocho grandes rutas diferentes para llegar a la tumba del Apóstol, con sus tramos alternativos y variantes.
Pero el Camino no se detiene en Roncesvalles ni en Tui. Desde hace más de mil años, Europa tejió una red de caminos que conducían hasta Santiago desde los puntos más distantes del continente. Esa red no murió con la Edad Media: hoy, gracias al esfuerzo de miles de voluntarios y asociaciones, las viejas sendas vuelven a estar señalizadas y activas.
Para que nos hagamos una idea de la dimensión de esta red, Europa cuenta con más de 80 asociaciones en Francia, unas 40 en España, decenas repartidas por Alemania, Italia, Portugal y el resto, todas interconectadas por el espíritu jacobeo común. Las rutas simbólicas recientes de otros continentes merecen un análisis aparte y nos reservamos ese capítulo.
Las asociaciones que hicieron historia
Hablar del Camino en Europa es hablar de las asociaciones jacobeas que, desde hace décadas, trabajan para recuperar, promover y mantener viva la experiencia de los peregrinos. Francia y Bélgica ocupan un lugar especial: la primera porque fue pionera en la organización moderna del movimiento jacobeo, y la segunda porque hoy alberga la red más grande de Europa.
Francia: La primera asociación moderna (1950)
En plena posguerra, cuando el Camino era casi un recuerdo medieval, un grupo de intelectuales y peregrinos franceses fundó en 1950 la Société Française des Amis de Saint-Jacques de Compostelle, con sede en París. Fue la primera asociación jacobea moderna del mundo y sentó las bases para el renacimiento contemporáneo del Camino.
Sus aportes son notables: Restauró la tradición de la credencial en Francia, facilitando a los pocos peregrinos de los años 50 un documento reconocible en Compostela. Patrocinó la conservación de la capilla de Saint-Sauveur en Santiago de Compostela y organizó restauraciones artísticas. Y reactivó en 1969 la histórica “Journée de la France” (25 de julio) en la catedral compostelana, reuniendo a peregrinos francófonos.
Hoy, Francia cuenta con más de 80 asociaciones jacobeas distribuidas por todo el país, agrupadas en la Fédération Française des Associations des Chemins de Compostelle (FFACC). Esta federación coordina proyectos de señalización, formación de hospitaleros, gestión de albergues (las famosas “Haltes Pèlerines”) y la edición de revistas como Compostelle 2000.
Francia no solo fue pionera: sigue siendo uno de los motores jacobeos de Europa, con miles de voluntarios implicados.
Bélgica: La red más densa de Europa
Bélgica puede presumir de tener la red jacobea más grande de Europa en proporción a su población, con dos grandes asociaciones nacionales: la Association Belge des Amis de Saint-Jacques-de-Compostelle (francófona, fundada en 1956) y la Vlaams Genootschap van Santiago de Compostela (flamenca, fundada en 1986).
Juntas suman miles de miembros activos, organizan caminatas casi cada fin de semana, publican boletines como De Pelgrim (en neerlandés) y gestionan una extensa red de contactos para informar y preparar a los peregrinos.
Además, ambas asociaciones son miembros fundadores de la Federación Europea de Asociaciones del Camino (2023); gestionan la señalización de rutas históricas como la Vía Mosana y la Vía Campaniensis, que conectan Bélgica con Francia. También mantienen centros de información en Bruselas y Lovaina, donde futuros peregrinos reciben formación detallada sobre equipamiento, rutas y espiritualidad jacobea.
Su capacidad organizativa ha convertido a Bélgica en uno de los países con mayor número de peregrinos per cápita, y en un ejemplo de colaboración multilingüe en torno al Camino.
Recuperación en marcha
Aparte de los dos países mencionados, hay que citar a Portugal: el Camino Portugués (Lisboa–Oporto–Tui) es histórico y el segundo más transitado, con redes de hospitalidad impulsadas por entidades como Via Lusitana. Las asociaciones portuguesas se han coordinado en años recientes en una Federación Internacional de Asociaciones del Camino Portugués, para promover esta ruta a nivel global. Su labor incluye la señalización de los Caminhos (flechas azules hacia Fátima y amarillas hacia Santiago), la atención al peregrino (red de albergues credenciados) y eventos culturales (como las Jornadas Jacobeas en Ponte de Lima, etc.).
En Alemania hay actualmente más de 50 Jakobswege señalizados, destacando la Vía Báltica. La asociación nacional Deutsche St. Jakobus-Gesellschaft (Aachen, 1987) coordina investigaciones y voluntarios.
Italia, aunque centrada en la Vía Francígena, tiene también interés jacobeo, con rutas alpinas por el Paso de Montgenèvre y la presencia de la Confraternità di San Jacopo en Perugia. Además, el Camino Maltés atraviesa también Sicilia y Cerdeña, uniendo al país transalpino por mar con el Camino Catalán.
Holanda tiene también su asociación, el Nederlands Genootschap van Sint Jacob (Utrecht, 1985) coordina rutas que conectan con Bélgica. En el norte de Europa, países como Noruega (con la Pilegrimsfellesskapet St. Jakob) y Finlandia han recuperado rutas medievales que enlazan con el continente.
Por su parte, Polonia y el Este Europeo han reavivado la Vía Regia y el Camino de Pomerania, con más de 7.000 km de rutas, reconocidas por el Consejo de Europa desde 2017. Incluso Ucrania, en 2021 se inauguró el Camino Podólico (Vinnytsia–Kamianets-Podilskyi), basado en la ruta medieval Via Regia y homologado como St James Way Podillia.
El Camino como patrimonio vivo de Europa
La red jacobea europea no es únicamente un itinerario turístico o religioso: es un fenómeno cultural que une pasado y presente. Su pervivencia no sería posible sin el trabajo coordinado de asociaciones y entidades que, desde la fundación de la Société Française des Amis de Saint-Jacques en 1950, han devuelto a la vida rutas que parecían olvidadas: la Vía Mosana en Bélgica, la Vía Regia en Polonia o el reciente Camino Podólico en Ucrania son prueba de ello.
Con más de 200 asociaciones activas en Europa, reconocidas por organismos como el Consejo de Europa, el Camino es hoy un patrimonio vivo que trasciende fronteras políticas y religiosas. Las rutas históricas no solo se conservan: se amplían, se investigan y se adaptan a los tiempos, manteniendo siempre su esencia original de hospitalidad y encuentro.
Así, cada nuevo peregrino que pisa estas sendas —ya sea en Roncesvalles o en Kamianets-Podilskyi— no solo revive un rito milenario: contribuye a preservar una de las redes culturales más antiguas y emblemáticas de Europa.

