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Paso a paso: la motivación que nos mantiene en el camino

Un peregrino se toma un selfie junto a los símbolos del Camino de Santiago, la concha y una flecha. Miguel AF - Shutterstock
Un peregrino se toma un selfie junto a los símbolos del Camino de Santiago, la concha y una flecha. Miguel AF - Shutterstock

Son las seis y media de la mañana. El albergue huele a café soluble y a crema para los pies. Alguien sigue roncando en la litera de arriba, mientras una linterna frontal dibuja círculos de luz en el techo. Fuera todavía es de noche. La mochila, que en casa parecía tan ligera, pesa ahora como una promesa difícil de cumplir. Por delante quedan veintidós kilómetros y nadie va a recorrerlos por ti.

Cada peregrinación comienza así: con una persona sentada al borde de una litera, apretándose los cordones de las botas y preguntándose por qué decidió emprender el viaje. Es la primera etapa, la más silenciosa, y se supera con un gesto diminuto: abrir la puerta y salir al frío de la mañana.

Quien haya caminado hacia Santiago, Roma o cualquier otro destino de peregrinación lo sabe bien. Lo que te permite llegar hasta el final es la voluntad de levantarte cada día, renovada amanecer tras amanecer. El camino es una escalera hecha de peldaños cotidianos, y cada uno tiene su propio esfuerzo y su propia recompensa.

La próxima meta está a veintidós kilómetros

Ochocientos kilómetros son una cifra que intimida. Veintidós, en cambio, resultan más fáciles de imaginar. Tienen un nombre, un pueblo al que llegar, una cama que te espera, una ducha caliente y quizá un plato de lentejas en el restaurante de alguna localidad de paso. Ahí reside uno de los secretos del peregrino: dejar de mirar continuamente hacia la meta lejana y aprender a ilusionarse con la siguiente.

Así, la jornada se divide en pequeños objetivos. La fuente que aparece después del puente. El bar del siguiente pueblo, donde el café con leche sabe a victoria. El campanario que asoma en el horizonte y parece no acercarse nunca, hasta que, de repente, estás justo debajo. En Galicia, los mojones de piedra con la concha de Santiago indican los kilómetros que faltan, y cada cifra que disminuye se recibe como una pequeña caricia.

Al caer la tarde, con los pies sumergidos en agua fría, uno descubre que ha conseguido algo que por la mañana parecía imposible. Y esa pequeña victoria se convierte en el combustible necesario para afrontar la jornada siguiente.

Cuando desaparece el entusiasmo

Después llega el tercer día, o quizá el cuarto. El entusiasmo de la partida se ha ido consumiendo y en su lugar aparecen las ampollas, los gemelos duros como piedras y los hombros marcados por las correas de la mochila. La subida de la tarde parece interminable. Es el momento en el que muchos peregrinos se sientan en un murete, contemplan el camino que sigue ascendiendo y consideran seriamente la posibilidad de coger un autobús y volver a casa.

Es entonces cuando el camino comienza de verdad, porque en medio de ese cansancio, sin espectadores ni aplausos, aprendes a hablarte de una manera diferente. Hay quien recita una oración al ritmo de sus pasos. Otros repiten el nombre de una persona querida por la que decidieron emprender la peregrinación. Algunos tararean una canción de la infancia y otros se limitan a repetirse tres palabras: «Un kilómetro más».

Y ese kilómetro pasa. Después llega otro. La subida termina, como terminan todas las subidas, y desde lo alto el paisaje se abre ante los ojos como un abrazo. Aquella noche, durante la cena, uno se ríe de sus propios temores. El límite se ha desplazado un poco más allá y lo sabes porque lo has sentido en las piernas.

 

Training body and mind for a long pilgrimage

Cuando los pensamientos empiezan a caminar

Superada la crisis, sucede algo inesperado. El cuerpo encuentra su ritmo y la mente, por fin, comienza a relajarse. Los pensamientos que en casa daban vueltas sin llegar a ninguna parte empiezan también a avanzar. Una decisión aplazada durante meses se aclara entre un campo de trigo y una hilera de chopos. Un resentimiento pierde parte de su peso. Una idea nueva aparece sin llamar a la puerta.

Las horas de camino se convierten en un tiempo valioso, una larga conversación con uno mismo para la que nunca parece haber espacio en la vida cotidiana. Hay personas que parten con una pregunta concreta sobre el trabajo, una relación sentimental o su propio futuro y descubren que la respuesta va madurando lentamente, paso a paso, como la fruta bajo el sol.

También por eso, a la mañana siguiente, resulta más fácil volver a levantarse. Cada etapa trae consigo algo que merece la pena guardar y la curiosidad por descubrir qué ofrecerá la siguiente se convierte en una nueva razón para ponerse en marcha.

La fuerza de caminar acompañados

A mitad de camino, la peregrinación revela su segundo motor: las personas. La joven coreana que conoces durante el desayuno y te ofrece la mitad de su manzana. La hospitalera que te cura una ampolla con la paciencia de una madre. El jubilado holandés que reduce el paso para esperarte en una subida y que, una vez arriba, te cuenta por qué ha decidido caminar solo después de cuarenta años de matrimonio.

En el camino nadie te pregunta a qué te dedicas. Todos quieren saber cómo llevas los pies. Se comparten tiritas, silencios y largas sobremesas alrededor de mesas bulliciosas donde se hablan cinco idiomas y, aun así, todo el mundo consigue entenderse. A veces lloras delante de desconocidos que al día siguiente estarán ya lejos y no sientes ninguna vergüenza. El cansancio, cuando se comparte, pesa menos, y cada llegada se convierte en una celebración colectiva.

La sorpresa que espera tras cada curva

Y después está la capacidad de asombro, que aparece cuando menos lo esperas. El amanecer que tiñe de rojo y oro las llanuras de la Meseta. El silencio fresco de una iglesia románica a primera hora de la tarde, con una vela encendida por alguien cuyo nombre nunca conocerás. La niebla que se abre de repente en O Cebreiro y deja ver una Galicia inmensa, verde y aparentemente interminable.

En esos instantes te sientes pequeño e inmenso al mismo tiempo, parte de una historia que comenzó hace mil años y que ahora también se escribe con tus pasos. Creyentes y no creyentes lo cuentan con palabras distintas, pero describen una emoción muy parecida. Y es precisamente esa emoción la que, muchas veces, proporciona las fuerzas necesarias para afrontar la siguiente etapa.

Llegar a Santiago y aprender a regresar

Plaza del Obradoiro, mediodía. Las mochilas caen al suelo, alguien se tumba sobre las piedras con los brazos abiertos y otros se abrazan sin decir una palabra. Hay lágrimas entre personas que un mes antes ni siquiera se conocían y que ahora se despiden como hermanos. La catedral está ahí, inmensa, y parece contemplarte.

Después, durante los días del regreso, aparece una extraña melancolía. Has alcanzado la meta y el impulso que te había llevado hasta allí parece desvanecerse. Echas de menos las flechas amarillas, el despertador al amanecer e incluso el cansancio.

Pero el camino te ha dejado como herencia una nueva manera de vivir. Puedes empezar a contemplar tus jornadas como etapas, con objetivos cercanos que vas alcanzando uno tras otro. Puedes conservar aquella frase que te ayudó a superar la subida más difícil y buscar, de vez en cuando, una ruta que recorrer a pie, sin prisas, para dejar que tus pensamientos respiren. Puedes rodearte de personas con las que compartir las dificultades y entrenar la mirada para seguir descubriendo motivos de asombro incluso cerca de casa.

Quien ha llegado caminando a Santiago se lleva una certeza grabada en los músculos y en el corazón: todas las subidas tienen un final y siempre es posible dar un paso más. Basta con atarse las botas, abrir la puerta y salir al encuentro de la mañana.

 

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