En una antigua tradición funeraria de la isla japonesa de Shikoku, cuando fallecía una persona, sus familiares acudían al cementerio y realizaban un gesto singular: se inclinaban como si fueran a cargar a alguien sobre sus espaldas. Después emprendían un camino de montaña, llevando simbólicamente consigo el espíritu del difunto. Al llegar a su destino, celebraban unos rituales de despedida y regresaban a casa. Según algunas versiones de la costumbre, debían hacerlo sin mirar atrás, para evitar que el muerto los siguiera de vuelta.
La montaña se llamaba Iyadani y era considerada desde antiguo un lugar al que acudían los espíritus de los fallecidos. Acompañarlos hasta allí constituía una última obligación familiar, una manera de ayudarles a encontrar su lugar en el mundo de los antepasados.
Aquella costumbre, documentada por los estudiosos del folclore japonés, forma parte de una tradición religiosa mucho más amplia, en la que la muerte no siempre pone fin al camino. En numerosas culturas, los vivos han creado rutas, ceremonias y peregrinaciones para acompañar a sus difuntos, rezar por ellos, facilitar su tránsito hacia el más allá o mantener viva su memoria.
En Francia, miles de personas acuden a un santuario para rezar por las almas de quienes han muerto, incluso de aquellos que ya no tienen a nadie que los recuerde. En México, las familias preparan caminos de flores para recibir a los antepasados que, según sus creencias, regresan una vez al año. En India, hay personas que dejan sus hogares para pasar los últimos días de su vida en una ciudad sagrada, convencidas de que morir allí puede acercarlas a la liberación espiritual.
Son tradiciones muy distintas, nacidas de concepciones religiosas que no siempre tienen puntos en común. Pero todas conceden al desplazamiento físico un significado particular: el camino permite expresar una relación con la muerte que no termina necesariamente ante una sepultura.
Montligeon: peregrinar por los muertos olvidados
En 1884, el sacerdote francés Paul-Joseph Buguet, párroco de una pequeña localidad de Normandía, puso en marcha una iniciativa que respondía a una preocupación muy concreta: ¿quién rezaba por aquellas personas fallecidas que ya no tenían familiares ni amigos que se acordaran de ellas?
Buguet estaba convencido de que la oración por los difuntos era una responsabilidad que debía extenderse más allá de los vínculos familiares. Fundó una asociación dedicada especialmente a las almas del purgatorio que consideraba más abandonadas y comenzó a reunir a personas dispuestas a rezar por ellas. Aquella iniciativa creció hasta dar origen al Santuario de Nuestra Señora de Montligeon, cuya monumental basílica se levanta hoy en medio del paisaje rural del Perche.

Su significado está profundamente vinculado a la doctrina católica de la comunión de los santos, según la cual la muerte no rompe completamente la unión espiritual entre los miembros de la Iglesia. Los vivos pueden interceder por los difuntos mediante sus oraciones, especialmente por aquellos que, de acuerdo con la doctrina católica, necesitan purificación antes de alcanzar la plena comunión con Dios.
Cada noviembre, coincidiendo con las celebraciones de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, el santuario organiza las llamadas Peregrinaciones del Cielo. Familias y grupos de peregrinos participan en misas, oraciones y encuentros dedicados a la esperanza cristiana ante la muerte. Muchos llegan después de haber perdido a una persona querida y encuentran allí un espacio para compartir y expresar su duelo.
Pero Montligeon conserva también la intuición original de Buguet. Se puede peregrinar para rezar por alguien que murió hace siglos, por una persona desconocida o por quien ya no tiene una tumba que alguien visite.
Es una particularidad que distingue a este santuario de otros lugares de peregrinación asociados a las sepulturas de santos y personajes venerados. En Montligeon no es necesario conocer el lugar donde descansan los restos mortales del difunto, porque lo que da sentido al viaje es la intercesión.
México: los caminos por los que regresan los antepasados
En muchas comunidades mexicanas, la relación entre los caminos y los muertos adquiere un significado casi inverso. Durante las celebraciones de finales de octubre y comienzos de noviembre, son los vivos quienes preparan el recorrido para que los difuntos puedan regresar a sus antiguas casas.
Los pétalos de cempasúchil, una flor de intenso color anaranjado, marcan simbólicamente el camino. Las velas iluminan las ofrendas, mientras que los alimentos, las bebidas y los objetos personales recuerdan los gustos de quienes ya no están. Las familias se reúnen para recibir a sus antepasados, convencidas, según sus respectivas tradiciones, de que durante esos días se hace posible un encuentro entre ambos mundos.
El Día de Muertos reúne elementos procedentes de las cosmovisiones indígenas y de las celebraciones católicas de Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Sin embargo, no constituye una tradición uniforme. Cada región conserva prácticas propias, algunas de las cuales han adquirido una extraordinaria proyección internacional.
Four Destinations to Experience the Day of the Dead in Mexico
En las comunidades purépechas de Michoacán, especialmente en la región del lago de Pátzcuaro, la Noche de Ánimas reúne a las familias en los cementerios. Las sepulturas se adornan con flores y velas, mientras los familiares participan en las velaciones y acompañan simbólicamente a sus difuntos.
La isla de Janitzio se ha convertido en una de las imágenes más conocidas de esta celebración, aunque otras localidades de la región conservan tradiciones igualmente significativas.
En la Huasteca, una extensa región cultural del este de México, se celebra el Xantolo. Durante estas fiestas, los habitantes preparan altares, comparten alimentos y participan en danzas tradicionales. En determinadas comunidades, los danzantes enmascarados representan a los antepasados que regresan para visitar a los vivos. La memoria de los muertos se expresa así mediante la música, los recorridos por las calles y la participación colectiva.
En San Andrés Mixquic, al sureste de Ciudad de México, la celebración culmina con la Alumbrada del 2 de noviembre. Las familias encienden velas junto a las tumbas, iluminando el cementerio en el momento de despedir a las almas que deben emprender nuevamente su camino.
La UNESCO reconoció en 2003 las festividades indígenas dedicadas a los muertos como patrimonio cultural inmaterial, destacando su importancia para la identidad y la continuidad de las comunidades. En todas estas tradiciones, los desplazamientos familiares hacia los cementerios se combinan con una idea profundamente arraigada: durante unos días, los muertos pueden volver a ocupar simbólicamente su lugar entre los vivos.
Varanasi: el peregrino que no espera regresar
A orillas del Ganges, en el norte de India, Varanasi lleva siglos atrayendo a peregrinos que buscan acercarse a lo sagrado. También conocida como Benarés o Kashi, la ciudad ocupa un lugar central en el hinduismo por su relación con el dios Shiva y por las creencias que asocian la muerte en este lugar con la posibilidad de alcanzar la liberación espiritual.
Para comprender su significado es necesario acercarse a uno de los conceptos fundamentales de muchas tradiciones hindúes: el samsara, el ciclo de nacimiento, muerte y renacimiento al que están sujetos los seres vivos. La liberación de ese ciclo recibe el nombre de moksha y constituye una de las grandes aspiraciones espirituales del hinduismo.
Distintas tradiciones religiosas consideran que morir en Kashi puede favorecer esa liberación, gracias a la especial sacralidad de la ciudad y a la intervención de Shiva. Esto no significa que todas las escuelas hindúes interpreten de manera idéntica el destino del alma ni que la cremación en Varanasi asegure automáticamente la moksha.

Lo singular es que esta creencia ha dado origen a una forma de peregrinación en la que el viajero puede no tener intención de regresar. Algunas personas, especialmente ancianos que sienten próxima la muerte, se trasladan a Varanasi para pasar allí sus últimos días. Existen instituciones religiosas y residencias dedicadas a acoger a quienes desean morir en la ciudad sagrada. Para ellos, el desplazamiento constituye una preparación espiritual para el final de la vida.
Otros peregrinos llegan después de la muerte de un familiar, acompañando su cuerpo para realizar los ritos funerarios o llevando sus cenizas hasta el Ganges.
En los ghats de Manikarnika y Harishchandra se celebran cremaciones tradicionales. Los familiares participan en ceremonias destinadas a cumplir las obligaciones religiosas hacia el fallecido, mientras que las aguas del río ocupan un lugar central en los ritos de purificación y despedida.
Varanasi muestra así una dimensión particular de la peregrinación funeraria. El camino no se dirige únicamente hacia el recuerdo de quienes han muerto, sino también hacia la propia muerte, entendida como un acontecimiento para el que es posible prepararse mediante un último viaje.
Japón: acompañar a los muertos hasta la montaña
La tradición japonesa con la que comenzaba este relato está vinculada al monte Iyadani, en la prefectura de Kagawa, en la isla de Shikoku. Allí se encuentra Iyadani-ji, el templo número 71 de la célebre peregrinación budista de los 88 templos, asociada a la figura de Kūkai, conocido como Kōbō Daishi, uno de los grandes maestros del budismo japonés.
Desde antiguo, la montaña estuvo relacionada con creencias locales sobre el destino de los espíritus. La tradición conocida como Iyadani-mairi consistía en acompañar simbólicamente al difunto hasta aquel lugar mediante un recorrido que podían realizar sus familiares después del entierro.

Los estudios etnográficos japoneses documentan distintas variantes de este rito, que incluían gestos como representar el transporte del espíritu sobre la espalda, llevar objetos vinculados al fallecido y realizar ceremonias de despedida en el santuario.
En algunas localidades existía también la costumbre de regresar sin mirar atrás, un gesto que expresaba la necesidad de dejar al difunto en su nuevo destino. La práctica se relacionó con otros recorridos religiosos de la región, especialmente con el Nanakashomairi, un circuito de siete templos que comienza en Iyadani-ji y termina en Dōryū-ji, el templo 77 de Shikoku.
Aunque esta peregrinación sigue siendo reconocible y practicable actualmente, no debe confundirse con un itinerario exclusivamente funerario. Su historia reúne distintas devociones budistas, prácticas de obtención de méritos espirituales y tradiciones locales relacionadas con los antepasados.
La antigua costumbre de acompañar a los espíritus hasta Iyadani ilustra, en cualquier caso, una concepción muy concreta del vínculo entre el camino y la muerte: los familiares realizan un último desplazamiento para ayudar simbólicamente al difunto a alcanzar su destino.
Caminar para acompañar la ausencia
Las cuatro tradiciones responden a concepciones religiosas profundamente diferentes. La esperanza cristiana en la resurrección, las creencias indígenas mexicanas sobre el regreso de los antepasados, la búsqueda hindú de la liberación del samsara y las tradiciones funerarias japonesas no pueden reducirse a una única explicación sobre la vida después de la muerte.
Tampoco todos estos desplazamientos son peregrinaciones en sentido estricto. Algunos constituyen ritos funerarios, visitas familiares a cementerios o recorridos ceremoniales. Sin embargo, comparten una característica significativa: la relación con los muertos encuentra una expresión concreta en el territorio y en el movimiento.
Caminar hacia un santuario, preparar un sendero de flores, trasladarse hasta un río sagrado o subir a una montaña permite dar forma visible a unas creencias que, de otro modo, pertenecerían exclusivamente al ámbito de lo espiritual. Los estudios antropológicos han mostrado cómo los ritos funerarios ayudan a las comunidades a afrontar las transformaciones que provoca la muerte. No se ocupan únicamente del destino del fallecido, sino también de quienes permanecen vivos y deben reorganizar su existencia en torno a una ausencia.
En este sentido, el desplazamiento puede representar una transición. El peregrino abandona su espacio habitual, realiza unos gestos prescritos por su tradición y, en muchos casos, regresa después de haber completado una despedida.
La antigua costumbre japonesa de Iyadani permite comprenderlo de una manera especialmente expresiva. El familiar que había acompañado simbólicamente al muerto hasta la montaña debía volver a casa sin mirar atrás. Había llegado el momento de separarse: uno permanecía entre los vivos y el otro había encontrado su lugar entre los antepasados.
En Francia, México, India y Japón, los caminos de los muertos responden a distintas maneras de comprender esa separación. Algunos buscan mantener la comunión espiritual, otros hacen posible el regreso ritual de los antepasados y otros acompañan el tránsito hacia un destino definitivo. Todos muestran hasta qué punto las sociedades han necesitado convertir la muerte en algo que pudiera ser acompañado mediante gestos, lugares y recorridos. Porque, en muchas culturas, la última despedida también supone ponerse en camino.
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