Hace un calor sofocante, pero bajo la avenida arbolada de Al-Muharraq hay sombra y sopla algo de brisa. Para entrar en la antigua iglesia de la Virgen María hay que descalzarse, como es tradición entre los coptos, y pasar junto a la galería de santos iconos. En el templo suele haber muchas visitas, sobre todo familias con niños, que corretean y saludan entre risas a los visitantes extranjeros.
Allí mismo, del iconostasio cuelga una bella cortina que oculta el corazón mismo de Al-Muharraq, el antiguo Qusqam: el altar levantado sobre la casita que la tradición dice que fue el hogar de la Sagrada Familia durante más de medio año. Y aquí, según esa misma memoria religiosa, habría recibido José la noticia de que podía emprender el regreso.
Por eso Al-Muharraq podría ser descrito como una segunda Belén: conserva la memoria de una familia convertida en extranjera que habría encontrado aquí, durante un tiempo, un hogar. Y esa memoria ha sido capaz de transformar profundamente el lugar.
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El lugar donde la huida se detiene
La tradición conservada por el monasterio sostiene que la Sagrada Familia permaneció aquí 185 días, aproximadamente seis meses. Algunas fuentes eclesiales contemporáneas ofrecen ligeras variaciones en la cifra exacta, un detalle que aconseja leer estos números como parte de una tradición transmitida y no como una cronología históricamente documentada.
Pero precisamente esa larga permanencia atribuida a Qusqam explica su singularidad. Al-Muharraq no se recuerda simplemente como un lugar por el que Jesús, María y José habrían pasado. Se recuerda como un sitio en el que habrían vivido.
La antigua tradición copta fue reforzando con los siglos esa identificación. Textos como la llamada Visión de Teófilo, atribuida al patriarca Teófilo de Alejandría aunque compuesta en una época posterior, contribuyeron a presentar Qusqam como una montaña santa y como una estación privilegiada de la Huida a Egipto.
Al-Muharraq representa por eso el culmen simbólico del viaje, aunque no sea literalmente su última parada. La narración copta continúa posteriormente hasta Drunka, en las proximidades de Asiut, antes de iniciar el regreso hacia el norte.

Mucho más que un monasterio
Llamar a Al-Muharraq simplemente «monasterio» puede inducir a imaginar un pequeño cenobio perdido en el desierto. La realidad es muy distinta.
Deir al-Muharraq es hoy un enorme complejo espiritual, uno de los grandes centros de la Iglesia Copta en el Alto Egipto. Dentro de sus muros conviven edificios levantados a lo largo de muchos siglos, varias iglesias, espacios destinados a la formación religiosa, dependencias de la comunidad monástica y amplias zonas preparadas para recibir a peregrinos y visitantes.
Su corazón continúa siendo la pequeña iglesia antigua de la Virgen, vinculada por la tradición a la estancia de la Sagrada Familia. Pero alrededor de ella ha crecido todo un universo.
El torreón antiguo recuerda los tiempos en que las comunidades monásticas necesitaban protegerse. La gran iglesia reconstruida a finales del siglo XIX habla de una etapa de expansión. La iglesia de la Virgen levantada en 1964 responde ya a la necesidad de acoger celebraciones mucho más numerosas. A ello se suma la tradición educativa del lugar, iniciada con una escuela monástica en 1932 y desarrollada posteriormente en un colegio teológico, así como la conservación de manuscritos, iconos y una larga cultura de transmisión religiosa.
No se visita, por tanto, un monumento aislado. Se entra en una pequeña ciudad espiritual construida alrededor de una memoria. Y esa diferencia se percibe enseguida. Al-Muharraq no está organizado como un museo en el que el pasado ha sido separado del presente. Las iglesias siguen utilizándose, los oficios religiosos forman parte de la vida cotidiana y los peregrinos no llegan únicamente para contemplar arquitectura. Para muchos de ellos, el viaje termina aquí en uno de los lugares de mayor significado de toda la tradición de la Sagrada Familia en Egipto.
Una visita que se hace despacio
Quizá por eso Al-Muharraq merece una visita sin prisas. Una hora y media permite conocer sus espacios principales, pero reservar medio o un día entero cambia completamente la experiencia. Lo más recomendable es comenzar por la iglesia antigua de la Virgen. Sus dimensiones y su austeridad sorprenden precisamente porque contrastan con la enorme importancia que la tradición concede al lugar.

Después conviene acercarse al antiguo torreón y continuar hacia las iglesias construidas en épocas posteriores. El recorrido permite pasar, prácticamente caminando, de la Antigüedad tardía y la Edad Media al siglo XIX y al XX.
Pero el interés no está únicamente en los edificios. Hay que observar también a las personas que llegan, el movimiento alrededor de las iglesias y la relación entre peregrinos y comunidad residente. Al-Muharraq sigue desempeñando la función para la que fue creciendo durante siglos: recibir, celebrar y transmitir una memoria.
Eso explica también por qué el visitante debe adaptarse al lugar y no al revés. Los horarios pueden variar según el calendario religioso, los ayunos o las grandes celebraciones. No existe un horario turístico anual uniforme comparable al de un museo, por lo que es aconsejable comprobar las condiciones de acceso poco antes de desplazarse hasta allí.
Tampoco conviene olvidar que se entra en un espacio religioso activo. Vestir de manera discreta, guardar silencio durante los oficios y preguntar antes de realizar fotografías intensivas o trabajos profesionales forma parte de la visita.
Cómo llegar
Al-Muharraq se encuentra en el monte Qusqam, aproximadamente 12 kilómetros al oeste de Al-Qusiya, en la gobernación de Asiut.
Para quien viaje desde El Cairo, una de las opciones más cómodas es utilizar el ferrocarril que recorre el valle del Nilo hacia el sur y completar después el trayecto por carretera. Asiut y Al-Qusiya son las bases más prácticas para visitar el complejo, especialmente si se dispone de vehículo con conductor.
Quienes tengan un día completo pueden enlazar la visita con Drunka, en las proximidades de Asiut, otro de los grandes lugares asociados a la fase meridional de la tradición de la Sagrada Familia.
No obstante, merece la pena evitar la tentación de acumular lugares. Al-Muharraq funciona mejor cuando se le concede tiempo suficiente para comprender lo que se está viendo.
La segunda Belén
Y quizá sea al final de la visita cuando la expresión «segunda Belén» adquiere todo su sentido. No por la monumentalidad. Precisamente por lo contrario. En el centro de aquel enorme complejo espiritual continúa estando una pequeña iglesia vinculada a la memoria de una familia que, según la tradición copta, llegó hasta Qusqam después de un largo viaje y permaneció allí durante meses.
A su alrededor crecieron después iglesias, fortificaciones, escuelas, espacios de peregrinación y una comunidad que continúa viva.
Hay lugares que conservan un episodio del pasado. Al-Muharraq conserva las consecuencias de haberlo recordado durante siglos. El visitante puede caminar desde una pequeña iglesia de adobe hasta templos mucho más recientes y observar cómo una historia transmitida generación tras generación ha terminado creando un paisaje completo.
Por eso llegar hasta aquí vale la pena incluso para quien no recorra toda la Ruta de la Sagrada Familia. En pocos lugares de Egipto resulta tan visible la manera en que una tradición religiosa puede modelar arquitectura, vida comunitaria, peregrinación y territorio.
Al-Muharraq no es solamente un punto en un itinerario. Es el lugar donde el viaje se convierte en estancia y donde, todavía hoy, la memoria continúa habitándose.
Este contenido se ofrece en colaboración con Egyptian Tourism Authority
Egypt’s Holy Family Trail: A spiritual journey, heritage and renewal
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