Este artículo tiene una finalidad informativa y divulgativa. No sustituye una formación en seguridad de montaña ni una valoración médica. La hipotermia grave es una emergencia: llama a los servicios de rescate en cuanto sea posible.
En 1153, el mismo año de su muerte, Pedro II, vizconde de Bearne, fundó un nuevo hospital para peregrinos en el puerto de Roncesvalles, continuando una tradición ya iniciada por su familia en aquel paso de los Pirineos. Ese puerto, a 1.300 metros de altitud, entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Navarra, era y sigue siendo uno de los tramos más expuestos de todo el Camino de Santiago, capaz de pasar de un sol casi mediterráneo a un viento helado en pocas horas. Los hospitales construidos a lo largo de aquella divisoria durante la Edad Media existían precisamente porque la montaña, entonces como ahora, no concede margen de error a quien la subestima.
Quien camina hoy lleva GPS, previsiones meteorológicas actualizadas en tiempo real y chaquetas técnicas que los peregrinos medievales ni siquiera habrían sabido imaginar. Y, sin embargo, el mecanismo fisiológico de la hipotermia no ha cambiado en absoluto, y cada año sigue sorprendiendo tanto a caminantes expertos como a principiantes.
Cómo reconocer la hipotermia antes de que sea grave
La hipotermia se produce cuando el cuerpo pierde calor más rápido de lo que es capaz de generarlo, haciendo que la temperatura interna descienda por debajo de los 35 °C. No hace falta un frío polar: según los Centers for Disease Control and Prevention, puede aparecer incluso con temperaturas por encima de cero si la persona está mojada y expuesta al viento durante periodos prolongados. Las señales que conviene vigilar, según estas mismas fuentes y el National Weather Service, son progresivas:
- Escalofríos intensos y persistentes. Atención: cuando los escalofríos se detienen por completo, no es una buena señal; indica un empeoramiento.
- Confusión, dificultad para hablar con claridad y pérdida de lucidez en la toma de decisiones.
- Torpeza en los movimientos y dificultad para mantener el equilibrio.
- Cansancio repentino y deseo de detenerse o incluso de dormir, un impulso paradójicamente peligroso en estas condiciones.
Qué hacer en el momento, sin esperar a los rescates
Si te sorprende una tormenta de nieve o una bajada brusca de temperatura durante una etapa, algunas acciones concretas, indicadas por el National Weather Service y por distintos servicios territoriales de emergencia, pueden marcar la diferencia antes de que llegue la ayuda:
- Busca refugio inmediato del viento: incluso un murete, un grupo de árboles o una depresión del terreno reducen drásticamente la pérdida de calor.
- Si la ropa está mojada, cámbiala en cuanto sea posible por prendas secas. La humedad sobre la piel acelera la pérdida de calor mucho más que el aire frío por sí solo.
- Cubre primero el tronco y la cabeza, no las extremidades: calentar antes manos y pies puede empujar sangre fría hacia el corazón y empeorar la situación.
- Si vas con otras personas, compartir calor corporal —por ejemplo, muy juntos dentro de un mismo saco de dormir o bajo una manta térmica— es más eficaz que cualquier intento aislado.
- Si la persona afectada sigue consciente, ofrece bebidas calientes y azucaradas, nunca alcohol: el alcohol produce una falsa sensación de calor, pero en realidad acelera la pérdida térmica.
En caso de hipotermia severa, con pérdida de conciencia o pulso débil, llama inmediatamente a los servicios de emergencia: en ese punto se necesita asistencia profesional, no solo sentido común.
Congelación: un riesgo paralelo que no debe subestimarse
Junto a la hipotermia, el frío extremo trae consigo el riesgo de congelación, que suele afectar a dedos, nariz y orejas. Las señales incluyen piel que se vuelve blanca o cerosa, pérdida de sensibilidad y hormigueo seguido de entumecimiento.
La regla de oro aquí es contraria al instinto: nunca frotes la zona afectada, porque el hielo en los tejidos puede causar daños adicionales con la fricción. La parte afectada debe calentarse gradualmente, idealmente con agua tibia, nunca hirviendo, evitando que vuelva a congelarse una vez calentada.
Prevenir sigue siendo la mejor estrategia
Ninguna de las indicaciones anteriores sustituye a la prevención, que para quien camina significa sobre todo informarse antes de salir. Consultar la previsión meteorológica del tramo concreto, no solo de la región en general, es fundamental en pasos como el de Roncesvalles o en tramos de alta montaña de la Vía Francígena a través de los Alpes.
Vestirse por capas, llevar siempre una prenda impermeable y una capa térmica de reserva incluso en estaciones aparentemente benignas, e informar a alguien del itinerario previsto para la jornada son prácticas que los manuales de seguridad en montaña recomiendan desde hace décadas y que siguen siendo, sencillamente, las más eficaces.
El equipo mínimo que puede cambiar el resultado de una jornada
Quien afronta tramos de alta montaña en itinerarios como el paso pirenaico entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles, o los puertos alpinos de la Vía Francígena, debería considerar algunos objetos no como opcionales, sino como equipo mínimo, incluso en estaciones aparentemente suaves. Un cambio brusco del tiempo siempre es posible: una chaqueta cortavientos e impermeable, guardada aparte y fácilmente accesible sin tener que vaciar toda la mochila; guantes y un gorro que cubra las orejas; una manta térmica de emergencia, ligerísima y poco voluminosa, capaz de marcar la diferencia en caso de espera prolongada de los servicios de rescate.
Si la visibilidad se reduce por nieve o niebla espesa, orientarse se vuelve más difícil de lo previsto incluso en senderos bien señalizados. Conviene mantener el contacto visual con los demás miembros del grupo, evitar separarse incluso durante tramos breves y contar con una aplicación de navegación descargada sin conexión antes de la salida. Son precauciones que requieren pocos minutos de preparación y que, en condiciones de baja visibilidad, pueden resultar determinantes.
Una lección que la montaña repite desde hace siglos
Hay una continuidad casi conmovedora entre los hospicios medievales construidos en los puertos alpinos y pirenaicos y los modernos refugios de emergencia señalados en las aplicaciones de senderismo: ambos nacen de la misma conciencia, la de que la montaña no perdona la falta de preparación, por sagrado que sea el propósito del viaje.
Quien camina hoy por esas crestas hereda no solo una ruta, sino también la inteligencia práctica de quienes la atravesaron antes, a menudo pagando con la vida errores que hoy, con un mínimo de atención, son perfectamente evitables.
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