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Santa Isabel, Reina de Portugal ("a Rainha Santa Isabel"), en peregrinación a Santiago de Compostela Por António de Holanda - Dominio Público

La última legua de la “reina santa”

A una legua de Santiago, cuando la iglesia apareció finalmente en el horizonte una mañana de verano de 1325, Isabel de Portugal bajó de su montura. Había recorrido cientos de kilómetros, acompañada por una comitiva y con los medios propios de quien había sido reina durante más de cuarenta años. Pero aquel último tramo quiso hacerlo a pie.

La fuente medieval que relata la peregrinación no da nombre al lugar. La tradición lo identifica habitualmente con O Milladoiro, uno de los puntos desde los que los caminantes podían contemplar por primera vez Compostela. Allí, según el relato, Isabel desmontó y avanzó hacia el santuario “con gran devoción”. La identificación geográfica es probable, aunque no demostrable; el gesto, en cambio, pertenece al núcleo más antiguo de la historia.

La escena resulta aún más significativa cuando se sabe quién era la mujer que descendía del caballo. Isabel no era una figura decorativa en la Corte: durante décadas había negociado entre reyes, intervenido en conflictos dinásticos y tratado de reconciliar a familiares convertidos en adversarios. La memoria posterior terminaría convirtiéndola en una figura casi emblemática de la diplomacia internacional.

Una princesa destinada a unir reinos

Reina
Santa Isabel, reina de linaje portugués, de la genealogía del príncipe Fernando de Portugal, 1530.

Isabel había nacido en 1271 en la familia real aragonesa. La tradición sitúa su nacimiento en Zaragoza, aunque ya autores antiguos discutieron si pudo producirse en Barcelona. Era hija de Pedro III de Aragón y pertenecía a una red dinástica que la conectaba con algunas de las principales monarquías europeas.

En 1282, siendo todavía una niña, se celebró en Barcelona su boda por poderes con D. Dinis, rey de Portugal. Poco después emprendió el viaje hacia su nuevo reino. El matrimonio incorporaba a Isabel a una compleja geografía de alianzas entre Portugal, Castilla y Aragón, precisamente los escenarios en los que más tarde desarrollaría buena parte de su actividad mediadora.

No hay que reducir esa mediación a una especie de diplomacia contemporánea. Las reinas medievales actuaban mediante redes familiares, correspondencia, encuentros personales, patronazgo, autoridad moral y capacidad de acceso a los hombres que ejercían formalmente el poder. El parentesco era una herramienta política, e Isabel supo utilizarla.

En 1298 acompañó a D. Dinis hasta la frontera castellana, donde debía encontrarse con su hija Constanza, casada con Fernando IV de Castilla. También participó en un contexto de negociación en el que estaban implicados el rey castellano y Fernando de la Cerda, enfrentados por la sucesión.

Pocos años después volvió a aparecer en una negociación de mayor alcance. En 1304, las relaciones entre Castilla y Aragón exigieron un delicado acuerdo territorial. Jaime II de Aragón, hermano de Isabel, exigió su presencia para poder llegar a un acuerdo. Ella pertenecía a las dos orillas de aquella negociación: había nacido infanta aragonesa y era reina de Portugal.

Esa capacidad de moverse entre casas reales explica parte de la reputación que acompañaría a Isabel durante siglos. Pero la prueba más dramática de su papel mediador no se desarrollaría entre reinos distintos. Ocurrió dentro de su propia familia.

Entre el marido y el hijo

Los últimos años del reinado de D. Dinis estuvieron marcados por el enfrentamiento con su heredero, el futuro Alfonso IV.

La disputa tenía ingredientes personales y políticos. El príncipe desconfiaba del peso adquirido por su hermanastro Alfonso Sánchez, hijo ilegítimo del rey y beneficiario de su favor. Alrededor de ambos se agruparon intereses, partidarios y resentimientos hasta convertir una tensión familiar en una guerra civil.

 

"Saint Elizabeth of Aragon in the Alvalade battlefield", by Roque Gameiro, in Quadros da História de Portugal ("Pictures of the History of Portugal", 1917).
«Santa Isabel de Aragón en el campo de batalla de Alvalade», de Roque Gameiro, en Quadros da História de Portugal («Cuadros de la Historia de Portugal», 1917).

Para Isabel, los dos bandos tenían rostro. Uno era su marido. El otro, su hijo. Su posición fue inevitablemente incómoda. La reina trató de mantener abiertos los canales entre ambos, ayudó en ocasiones al príncipe y, al mismo tiempo, procuró evitar que el conflicto terminara destruyendo la autoridad del rey, a pesar de que su esposo no la trató bien.

Pero la situación alcanzó su momento más peligroso a finales de 1323. El príncipe Alfonso avanzó con sus partidarios hacia Lisboa. Los dos ejércitos estuvieron cerca de enfrentarse. La tradición histórica conserva entonces la imagen que terminaría definiendo a Isabel: la reina situada físicamente entre padre e hijo, desplazándose de uno a otro, reprochando al príncipe la ruptura de acuerdos anteriores y tratando de contener la ira del rey.

La posteridad magnificó inevitablemente la escena. En torno a Isabel se desarrolló una tradición hagiográfica que convirtió muchas de sus intervenciones en ejemplos ideales de concordia.

Apenas once meses después de aquella paz murió D. Dinis. Fue el 7 de enero de 1325.

El camino después de la guerra

Algunas biografías modernas afirman que Isabel partió hacia Santiago en junio de 1325. La fuente medieval más antigua no permite asegurar con tanta precisión el momento de la salida. Lo que sí establece es que el viaje se produjo antes de cumplirse un año de la muerte de D. Dinis y que la reina llegó a Compostela en julio, unos días antes de la festividad de Santiago.

La peregrinación tenía una finalidad expresamente vinculada a su memoria. Isabel acudía a orar por su esposo. Pero el viaje coincidía también con la reorganización de su propia existencia. Dejaba atrás su condición de reina consorte y se acercaba cada vez más al entorno de Santa Clara de Coimbra, donde adoptaría una forma de vida inspirada en la espiritualidad clarisa sin convertirse formalmente en monja.

Por eso el camino puede leerse también como una transición biográfica. La mujer que había recorrido fronteras para encontrarse con reyes volvía a viajar. Pero esta vez no llevaba una propuesta de paz para otros, sino para si misma.

Un destino que no quiso revelar

La biografía medieval introduce un detalle sorprendente: Isabel mantuvo inicialmente en secreto su destino. Durante varios días, sus acompañantes no sabían hacia dónde los conducía.

Es imposible determinar cuánto hay de recuerdo histórico y cuánto de construcción literaria en la escena. La principal fuente sobre el viaje, el Livro que fala da boa vida que fez a Rainha de Portugal, Dona Isabel, pertenece al género hagiográfico. Su interés no era describir carreteras ni contabilizar jornadas. Quería explicar quién había sido Isabel.

De ahí quizá el silencio sobre el itinerario. No disponemos de una lista documental de etapas. El recorrido más verosímil habría seguido el corredor del actual Camino Portugués central: desde Coimbra hacia Porto y, posteriormente, Barcelos, Ponte de Lima, Valença, Tui, Pontevedra, Padrón y Santiago. Era una vía apropiada para una comitiva que necesitaba caminos transitables, puentes, alojamientos, centros religiosos y lugares de abastecimiento.

Renunciar como una reina

Caminar la última legua tenía una evidente carga simbólica. Abandonar la montura era rebajarse físicamente, renunciar durante unos kilómetros a uno de los signos más visibles de la diferencia social.

Pero al llegar a Compostela se produjo otra escena que revela hasta qué punto la humildad medieval podía expresarse mediante el lenguaje del poder: Isabel realizó una ofrenda extraordinaria. Entre los bienes entregados figuraba una de sus mejores coronas. Las fuentes mencionan además ricos tejidos, vestiduras y otras limosnas. Una tradición biográfica añade un objeto particularmente elocuente: un paño decorado con los símbolos de Portugal y Aragón.

Pocos presentes podían resumir mejor su vida. Isabel buscaba la humildad del peregrino, pero incluso su desprendimiento estaba hecho con los materiales de una reina.

El bordón de peregrina

Al final de la peregrinación, la tradición atribuye al arzobispo Berenguel de Landoria la entrega de un bordón y una escarcela, los atributos que permitían reconocer visualmente a Isabel como peregrina de Santiago.

 

Gilded altar and silver burial ark of the Church of Queen Saint Isabel in the Monastery of Santa Clara-a-Nova - Coimbra, Portugal
Altar dorado y arca funeraria de plata de la Iglesia de la Reina Santa Isabel en el Monasterio de Santa Clara-a-Nova – Coimbra, Portugal

Hay que ser prudentes con el episodio: la visita de la reina no aparece en los Hechos de Berenguel, un silencio llamativo. Sin embargo, la identidad peregrina de Isabel quedó fijada muy pronto en su representación funeraria, donde aparece con atributos jacobeos.

Hay otro detalle: Cuando el sepulcro de Isabel fue abierto en Coimbra el 26 de marzo de 1612, durante el proceso relacionado con su canonización, sobre el ataúd aparecieron un bordón y una escarcela. El bastón, de madera parcialmente revestida de plata, está decorado con catorce vieiras y rematado por una empuñadura en forma de tau con jaspe rojizo. Originalmente habría alcanzado unos 143 centímetros.

Poco después se construyó para él un relicario. Todavía permanece vinculado a la Confraria da Rainha Santa Isabel en Santa Clara-a-Nova, Coimbra. El bordón se convirtió en el símbolo y reconocimiento de la grandeza de esta mujer reina y peregrina.

Entre dos mundos

La tradición atribuye una segunda peregrinación a Isabel, supuestamente realizada en 1335. La tradición la presenta entonces viajando de manera casi anónima, a pie y con apariencia de peregrina pobre. Es una historia sugestiva, pero documentalmente mucho más frágil: aparece en fuentes posteriores y no figura en la biografía más antigua. Por ello conviene considerarla una tradición plausible, no un hecho tan sólido como el viaje de 1325.

Isabel murió al año siguiente, el 4 de julio de 1336, en Estremoz. Su fama de mediadora ayuda a comprender por qué la peregrinación a Santiago posee tanta fuerza simbólica. Durante años, Isabel había recorrido el espacio que separaba a personas enfrentadas: entre Portugal y Castilla, entre Castilla y Aragón, entre su marido y su hijo. Su poder había consistido muchas veces en situarse en medio.

Y quizá por eso aquella legua hecha a pie sigue definiéndola siete siglos después: Isabel no dejó de ser reina cuando descendió del caballo. Pero empezó a ser recordada, para siempre, como peregrina.

 

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