La carreta se había detenido en seco. Los bueyes, por más que los arrieros los azuzaban, no daban un paso más. Los hombres sudaban, maldecían, empujaban: nada. La carga era ligera, apenas unas cajas con dos pequeñas imágenes de la Virgen que venían desde Brasil, rumbo a Santiago del Estero. Y sin embargo, en aquel paraje junto al río Luján, en la pampa infinita de 1630, los animales parecían clavados en la tierra. Bastó descargar una de las figuras, la de una Virgen de barro cocido de apenas 38 centímetros, para que la carreta se moviera otra vez con docilidad. Los presentes lo intepretaron sin dudar: esa imagen había elegido quedarse allí.
Aquella pequeña escultura representaba a la Inmaculada Concepción, modelada en terracota policromada, con delicados rasgos hispano-lusos propios de los talleres coloniales de São Paulo o Pernambuco. Era una de las dos tallas enviadas desde Brasil por un hacendado portugués para un oratorio en Sumampa (Santiago del Estero). La “hermana” de la Virgen de Luján llegó efectivamente a su destino y allí se la venera hoy como la Virgen de la Consolación de Sumampa. Pero la otra, la que se quedó en la pampa bonaerense, decidió escribir su propia historia.
Entre los testigos de aquel suceso estaba un hombre que no contaba para nadie, pero que desde ese día se volvería inseparable de la Virgen. Se llamaba Manuel, era esclavo, africano, sin más destino que obedecer. Pero en esa carreta comenzó su libertad.
El custodio inesperado
El dueño de la estancia, convencido de la fuerza del prodigio, decidió levantar un sencillo oratorio de barro y paja para guardar la pequeña imagen. ¿Y quién la cuidaría? Manuel. El esclavo quedó a cargo de la Virgen.

Durante años, esa imagen humilde quedó prácticamente olvidada por los dueños de la estancia. Quien nunca la abandonó fue Manuel. Mientras los patrones seguían con sus negocios, él mantenía encendida la lámpara, barría el oratorio, recibía a los pocos peregrinos y rezaba largamente junto a ella. En silencio, Manuel fue el primero en reconocerla como Señora, y con su constancia convirtió aquel rincón marginal en el germen del mayor santuario mariano de la Argentina.
Su fidelidad quedó sellada con un gesto insólito para la época: los herederos de su amo lo “vendieron” formalmente a la propia Virgen, liberándolo de la esclavitud humana para que fuese siervo exclusivo de María. Él mismo lo resumía con una frase sencilla y definitiva: “Esclavo de la Virgen nomás”.
La historia de Manuel Costa de los Ríos
Manuel había nacido hacia 1604 en Cabo Verde, en la costa occidental de África. De niño fue bautizado en la fe cristiana, pero pronto fue arrancado de su tierra y llevado como esclavo a Brasil. Desde Pernambuco llegó al puerto de Buenos Aires, incluido en un lote de personas vendidas como mercancía. Su destino final fue la estancia del capitán Bernabé González Filiano, en las orillas del río Luján, donde ocurrió el milagro de la carreta.
No sabía leer ni escribir, pero tenía una fe sencilla y una devoción obstinada. Los cronistas lo describen con barba larga, vestido de saco tosco, como un ermitaño. Pasaba horas en oración junto a la imagen, y con los escasos recursos que tenía improvisaba gestos de hospitalidad: ofrecía agua al caminante, consolaba al enfermo, repartía la poca comida que poseía. Para muchos de los primeros peregrinos, Manuel fue el rostro de la Virgen de Luján: la acogida humilde que les abría la puerta del pequeño oratorio.
De aquel esclavo africano olvidado en la colonia apenas quedaron documentos, pero su figura se agrandó en la memoria popular. Con su vida sencilla, tejió el primer lazo entre el pueblo y la Virgen..
Capillas, traslados y tensiones
El pequeño oratorio de barro donde Manuel cuidaba a la Virgen se volvió insuficiente. El lugar, expuesto a las crecidas del río y apartado del camino real, empezó a quedar aislado. Hasta que una mujer, Ana de Matos, decidió intervenir. En 1671 pidió llevar la imagen a su estancia, en el pago de Luján, más segura y con mejor acceso para los peregrinos.
La mudanza no fue sencilla. La tradición cuenta que la imagen desaparecía misteriosamente de su nuevo altar y volvía a aparecer junto a Manuel, como si la Virgen no quisiera separarse de su guardián. El pueblo lo interpretó como un signo: la Virgen y el esclavo eran inseparables.
Tres años más tarde, en 1674, Ana de Matos compró a Manuel para que acompañara a la Virgen en su hacienda. Allí se levantó una capilla más firme y espaciosa, primer núcleo del futuro santuario y de la ciudad de Luján. Desde entonces, Manuel volvió a hacer lo mismo de siempre: encender la lámpara, rezar, recibir peregrinos. Pero ahora, en un lugar donde la devoción podía crecer sin trabas, su servicio se convirtió en la base de una tradición que pronto se expandiría por toda la región.
Legado de un esclavo libre

Manuel murió en 1686, después de más de medio siglo al servicio de la Virgen. Poco antes, había dicho con serenidad que la Señora lo llevaría a la gloria un sábado, y así ocurrió. Sus restos fueron enterrados “a los pies de la Virgen”, allí donde todavía hoy se recuerda su figura.
Su historia apenas dejó rastros en los documentos oficiales, pero sobrevivió en la memoria popular. Para generaciones de peregrinos fue el primer servidor de la Virgen, el rostro humilde que los recibía en su santuario. Murales, cantos y representaciones lo evocan como “el negrito Manuel”, símbolo de fidelidad y sencillez.
En 2016, la Iglesia católica abrió su causa de beatificación: de esclavo olvidado a candidato a los altares. Al mismo tiempo, comunidades afroargentinas lo han recuperado como emblema de un pasado invisibilizado y como señal de dignidad ante la lacra de la esclavitud.
Hoy, al entrar en la Basílica de Luján o en la pequeña Casita de la Virgen que recuerda aquel primer oratorio, su nombre vuelve a aparecer. La devoción mariana más extendida de la Argentina no se entiende sin este hombre que, sin títulos ni poder, fue capaz de transformar la esclavitud en una forma de libertad.

