El peregrino se descalza, deja atrás la luz cegadora del desierto y entra en la iglesia de la Virgen, en el monasterio Deir al-Surian. Estamos en Wadi el-Natrun (Egipto), el antiguo Escete de los primeros monjes cristianos. Los ojos necesitan unos instantes para acostumbrarse a la penumbra del templo, que revela antiguos frescos e iconos.
Al fondo de la iglesia, en la parte más sagrada, una gran estructura de madera marca una frontera. En su centro, seis estrechas hojas articuladas forman una puerta cubierta de figuras, cruces, círculos y extrañas geometrías.
Forma parte del iconostasio, la barrera que en las iglesias cristianas orientales separa el espacio donde se reúne la comunidad del santuario en el que se encuentra el altar. No es simplemente un elemento decorativo. Señala un límite ritual entre dos espacios y regula el acceso y, en determinados momentos, también la visión del santuario. En Deir al-Surian, esa frontera adquirió hace más de mil años una forma extraordinaria: una monumental puerta de madera e incrustaciones de marfil, de aproximadamente 2,80 metros de altura, conocida hoy como la Puerta de las Profecías.
Un abuna, un religioso copto, se detiene ante ella. Lo que va a contar transforma inmediatamente aquellas geometrías en una narración.
Según la tradición que conserva el monasterio, la puerta representa nada menos que la historia del cristianismo: su nacimiento, sus momentos de esplendor, las amenazas que ha afrontado, sus divisiones y, finalmente, aquello que todavía está por suceder. Para comprenderla hay que leerla de arriba abajo.
Una historia escondida entre cruces
Se trata de un conjunto de seis columnas y siete filas, divididas en cuarterones. La primera fila es diferente de todas las demás. Aquí no encontramos únicamente geometrías, sino personajes.

En el centro están María y Cristo Emmanuel. A ambos lados se distribuyen figuras vinculadas a dos de los grandes centros del cristianismo oriental: Dióscoro y Marcos remiten a Alejandría; Ignacio y Severo, a Antioquía. No parece una elección casual. La propia disposición de los personajes habla de los dos mundos que se encontraron durante siglos en este monasterio egipcio: el copto y el siríaco.
El abuna lo explica de una manera sencilla: son dos Iglesias hermanas, unidas por una misma fe.
En la segunda fila, grandes cruces entrelazadas evocan, en la interpretación tradicional, el cristianismo de los primeros tiempos: una Iglesia todavía unida y una fe vigorosa.
En la tercera, aparecen seis nuevas combinaciones de cruces y círculos, relacionadas en el relato con la expansión del cristianismo por las seis grandes sedes episcopales del mundo antiguo y con el cambio iniciado en tiempos del emperador Constantino, cuando las persecuciones dieron paso a la tolerancia religiosa y posteriormente a la cristianización del Imperio.

En la cuarta, las formas vuelven a cambiar: Una bella cruz rodeada de lo que parecen lunas crecientes. Para la tradición transmitida actualmente junto a la puerta, representan la llegada del islam a Egipto en el siglo VII y el comienzo de una nueva etapa histórica en la que musulmanes y cristianos compartirían el mismo país.
En el quinto panel aparece uno de los motivos que más sorprenden al visitante moderno: esvásticas.
No, no tiene nada que ver con la Alemania nazi. Este motivo geométrico tiene una historia de milenios, y aparece en numerosas culturas paganas orientales. Lo verdaderamente singular es encontrarlo aquí, integrado en una decoración cristiana del siglo X. En la explicación tradicional del monasterio, estas formas de cruz deformada evocan las herejías, las desviaciones doctrinales y las fuerzas que amenazan a la Iglesia.

El sexto panel muestra una composición sin forma reconocible, caótica. Las cruces se multiplican y pierden la claridad de las primeras composiciones. El abuna ve en ellas las divisiones posteriores del cristianismo, la aparición de diferentes Iglesias y denominaciones y el debilitamiento de una unidad original.
Y en el séptimo y último panel, aparece una cruz brillante. La tradición la relaciona con las palabras del Evangelio de Mateo sobre el signo del Hijo del Hombre que aparecerá en el cielo. Sería la última escena: el regreso de Cristo, el juicio y el final de la historia. De ahí el nombre que recibe actualmente la puerta.
¿Una profecía escrita hace mil años?
Si aquellos dibujos fueron realizados en el siglo X, ¿sus autores quisieron realmente representar acontecimientos que sucederían muchos siglos después? Aquí la historia se vuelve todavía más interesante.
La puerta es auténticamente medieval. Su antigüedad no ofrece grandes dudas. Pero la interpretación profética resulta mucho más difícil de documentar.

Hasta ahora no se ha localizado una inscripción del siglo X, un manuscrito medieval o un comentario litúrgico antiguo que explique los siete registros como siete épocas de la historia cristiana. Tampoco sabemos cuándo comenzó a llamarse «Puerta de las Profecías». Ese nombre está plenamente vivo en la actualidad y es utilizado por la propia Iglesia copta, pero su nombre actual no demuestra que fuera la intención de sus artesanos hace mil años.

De ahí la importancia de valorar el peso de la tradición oral: estamos ante otra capa de la historia del objeto: una tradición interpretativa transmitida y desarrollada en algún momento que todavía no conocemos.
Para acercarnos a lo que sí sabemos de sus orígenes hay que regresar al año 914.
Un monasterio conectado con el mundo
Wadi el-Natrun puede sugerir aislamiento. Desierto, silencio, comunidades monásticas alejadas de las ciudades. Sin embargo, el monasterio de Deir al-Surian revela una realidad mucho más cosmopolita.
En torno al siglo X convivían allí tradiciones coptas y siríacas. Circulaban manuscritos y se utilizaban distintas lenguas. Egipto estaba conectado con Siria y Mesopotamia, y las influencias artísticas alcanzaban incluso ambientes relacionados con el Irak abasí.
En ese mundo vivió Moisés de Nísibis, abad del monasterio durante la primera mitad del siglo X y personaje fundamental para su transformación cultural. Bajo su dirección se realizaron importantes reformas y se enriqueció una biblioteca que terminaría convirtiéndose en uno de los grandes tesoros de Deir al-Surian.

Una inscripción siríaca asociada a las obras proporciona algo extraordinariamente preciso: una fecha, 15 de mayo de 914. Esa inscripción constituye la principal base para fechar las puertas del santuario.
Maderas que habían recorrido miles de kilómetros
La propia materia de la puerta cuenta otra historia. Cada una de sus seis hojas verticales mide aproximadamente 2,80 metros por 47 centímetros y se divide en siete campos: 42 paneles en total.
Durante su estudio y conservación se descubrió que algunas descripciones tradicionales necesitaban ser revisadas. Los paneles, presentados frecuentemente como ébano, fueron identificados como paduk, una madera del género Pterocarpus. Para la estructura principal se empleó cedro o ciprés, y la decoración incluía incrustaciones de marfil, muchas de las cuales se han perdido.
Esos materiales convierten el iconostasio en una especie de mapa. Las maderas no eran locales. Tampoco el marfil. Su presencia habla de rutas comerciales y culturales que conectaban el monasterio egipcio con territorios muy alejados.
Ni siquiera sabemos con certeza dónde fue fabricada la puerta. Algunos indicios sugieren que pudo realizarse fuera del monasterio y ensamblarse después allí: el bastidor no encajaba perfectamente en la abertura y fue necesario completar lateralmente el espacio; además, durante los trabajos de conservación aparecieron marcas de carpintero que parecen relacionadas con el montaje.
Hay incluso pequeños accidentes reveladores. Las inscripciones combinan siríaco, copto y griego, y una letra copta fue colocada invertida, como si quien la instaló no conociera bien aquel alfabeto. Todo ello permite imaginar un taller multicultural o situado fuera de Deir al-Surian, quizá relacionado con los amplios contactos orientales del monasterio. Pero no permite identificar con seguridad ni una ciudad ni unos artesanos concretos.
Y precisamente ahí reside buena parte de su fascinación.
Dos puertas en una
Más de mil años después, el peregrino continúa ante el iconostasio. Las figuras siguen ocupando la primera fila. Debajo permanecen las cruces, los círculos, las geometrías y aquellos símbolos cuyo significado original quizá se haya perdido. El abuna termina su explicación ante la última cruz.
Ahora podemos contemplar la puerta de dos maneras. Existe la puerta histórica: la que podemos fechar en 914, vinculada a Moisés de Nísibis y nacida en una comunidad en la que se encontraron las culturas copta y siríaca. Una obra construida con maderas llegadas de lejos, enriquecida con marfil y concebida para marcar el umbral del santuario.
Y existe la puerta narrada: aquella que generaciones posteriores han contemplado como una representación de toda la historia cristiana, desde los apóstoles hasta el final de los tiempos.
Eso añade una última paradoja a la Puerta de las Profecías. Un iconostasio está destinado a marcar la frontera entre lo visible y aquello que permanece oculto. Y después de más de mil años, esta puerta continúa haciendo exactamente eso. Podemos ver sus imágenes, pero lo que permanece detrás de ellas es su misterio.
Este contenido se ofrece en colaboración con la Egyptian Tourism Authority
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