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Marcador del Camino de Santiago de Levante GR-239 Jorge Anastacio - Shutterstock

El Camino de Levante: mil años de historia entre el Mediterráneo y Santiago

No todos los Caminos de Santiago comienzan en los Pirineos, ni todos están llenos de peregrinos. Algunos nacen junto al Mediterráneo y avanzan hacia el interior de la Península, atravesando territorios donde las flechas amarillas aparecen con menos frecuencia y el silencio acompaña durante kilómetros al caminante.

Es el caso del Camino de Levante, una de las grandes rutas jacobeas menos conocidas. Desde Valencia, el itinerario se dirige hacia el oeste, cruza La Mancha, se aproxima a las sierras abulenses y continúa por las llanuras castellanas hasta Zamora. Allí enlaza con los caminos que conducen a Santiago de Compostela.

Son aproximadamente 1.200 kilómetros de viaje, una distancia considerable que permite descubrir paisajes muy diferentes y algunas de las ciudades históricas más interesantes de España. Pero también es un itinerario que invita a mirar el territorio de otra manera: como un entramado de caminos por los que durante siglos circularon viajeros, comerciantes, religiosos y peregrinos.

Porque la historia del Camino de Levante comenzó mucho antes de que alguien pintara sus primeras flechas amarillas.

Cuando los caminos no tenían nombre

La tradición sitúa en el siglo IX el descubrimiento del sepulcro atribuido al apóstol Santiago, acontecimiento que convirtió progresivamente a Compostela en uno de los grandes destinos de peregrinación de la Europa medieval.

Sin embargo, los viajeros de aquella época no disponían de una red de rutas jacobeas claramente delimitadas como la actual. Para llegar a su destino utilizaban los caminos existentes, compartidos con comerciantes, arrieros, mensajeros y toda clase de viajeros.

El Mediterráneo peninsular desempeñaba un papel destacado dentro de estas comunicaciones. Los puertos recibían personas y mercancías procedentes de diferentes regiones, mientras los caminos terrestres conectaban las ciudades costeras con Castilla y el interior.

Valencia participaba activamente de ese movimiento. Desde el siglo XIV están documentadas numerosas instituciones hospitalarias en la ciudad, reflejo de una tradición de acogida que también podía beneficiar a los peregrinos.

Uno de los testimonios culturales más sugerentes aparece en el Espill, obra del escritor valenciano Jaume Roig, compuesta a mediados del siglo XV, donde se menciona la peregrinación a “Sant Jaume de Ponent”. La referencia demuestra que el viaje a Compostela formaba parte del horizonte cultural valenciano.

Otro documento fundamental es el Reportorio de todos los caminos de España, publicado en 1546 por Pedro Juan Villuga. Aquella recopilación permite conocer la red de comunicaciones que unía ciudades y regiones peninsulares y sobre la que también podían desplazarse quienes viajaban por motivos religiosos.

Conviene, no obstante, establecer una distinción: la existencia de peregrinos medievales no significa que siguieran exactamente el itinerario señalizado hoy. El Camino de Levante contemporáneo es una reconstrucción apoyada en antiguos corredores de comunicación y testimonios históricos. Su recuperación comenzó en 1993, impulsada por la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de la Comunidad Valenciana. En 1998 apareció su primera topoguía.

Más que una senda medieval conservada intacta, es una antigua geografía de viajes recuperada para los caminantes actuales.

 

Valencia, Spain. Sign for the Camino de Santiago del Levante
Valencia, España. Señal del Camino de Santiago del Levante. Alberto.K01 / Shutterstock.com

De las huertas valencianas a los castillos de frontera

El recorrido comienza en Valencia, ciudad mediterránea donde la Catedral y la Lonja de la Seda recuerdan la importancia histórica de sus relaciones comerciales y culturales. Los primeros kilómetros atraviesan el paisaje de la huerta y las riberas valencianas, con sus campos cultivados, acequias y poblaciones que han mantenido una estrecha relación con el agua y la agricultura.

Después, el camino se aproxima a Xàtiva, dominada por su imponente castillo, y continúa hacia Moixent y La Font de la Figuera. El paisaje cambia progresivamente: las tierras bajas dejan paso a relieves interiores y corredores naturales que durante siglos facilitaron la comunicación entre el Mediterráneo y Castilla.

Almansa marca otro hito importante. Su castillo, levantado sobre un promontorio rocoso, es uno de los grandes símbolos monumentales del itinerario y evoca la importancia estratégica de estas tierras de paso. Más adelante, las grandes extensiones agrícolas anuncian la proximidad de Albacete. Antes, Chinchilla de Montearagón ofrece una de las imágenes más singulares del camino: una población histórica elevada sobre la llanura, con un castillo y un entramado urbano que conservan el recuerdo de otros tiempos.

La Mancha: caminar por un paisaje literario

A partir de Albacete, el Camino de Levante se adentra en uno de sus territorios más característicos: La Mancha. Aquí desaparecen los grandes desniveles, pero surge una dificultad diferente. Los caminos agrícolas pueden prolongarse durante kilómetros entre campos de cereal, viñedos y horizontes abiertos, con muy pocas sombras y pueblos relativamente distantes.

El paisaje, aparentemente sencillo, posee una poderosa dimensión cultural. Lugares como San Clemente, Las Pedroñeras y El Toboso evocan la Castilla rural, sus formas tradicionales de poblamiento y su larga relación con la agricultura.

El Toboso introduce inevitablemente al caminante en el universo de Cervantes. La patria literaria de Dulcinea vincula estas tierras con una de las obras más universales de la literatura española. Aunque don Quijote pertenece a la ficción, los caminos, ventas, pueblos y paisajes manchegos que alimentaron aquel imaginario formaban parte de una geografía real de viajes.

El Camino de Levante permite descubrir esa Mancha lejos de las carreteras principales, al ritmo pausado de quien recorre a pie sus inmensas distancias. El siguiente gran destino es Toledo, cuya silueta sobre el Tajo constituye uno de los momentos más memorables del itinerario. La ciudad reúne testimonios de diferentes culturas y tradiciones religiosas que convivieron y se sucedieron a lo largo de su historia. Sus iglesias, sinagogas, mezquitas históricas y calles medievales convierten la llegada en un auténtico viaje a través de los siglos.

 

The Camino de Levante by bicycle as it passes through La Mancha
El Camino de Levante en bicicleta a su paso por La Mancha

De Toledo a las ciudades monumentales de Castilla

Después de Toledo, el camino atraviesa Torrijos y Escalona y alcanza San Martín de Valdeiglesias, donde entra brevemente en la Comunidad de Madrid, sin pasar por la capital. La horizontalidad manchega comienza entonces a transformarse. Entre Cebreros y San Bartolomé de Pinares aparecen pendientes y terrenos serranos que anticipan la llegada a Ávila.

La ciudad amurallada ofrece uno de los grandes conjuntos monumentales del recorrido. Sus murallas, iglesias y edificios históricos recuerdan la importancia de las ciudades castellanas durante la Edad Media.

Desde Ávila, el Camino de Levante vuelve a las grandes llanuras, ahora por tierras de Arévalo, Medina del Campo y Toro. Es un territorio donde la arquitectura mudéjar, los castillos, las antiguas ferias y los paisajes agrícolas permiten comprender otros capítulos de la historia peninsular. Medina del Campo conserva la memoria de su pasado comercial, mientras Toro combina patrimonio monumental y una larga tradición vitivinícola.

Finalmente aparece Zamora, conocida por la riqueza de su arquitectura románica. A estas alturas, el peregrino habrá atravesado buena parte del interior peninsular, pero Santiago todavía se encuentra a varios centenares de kilómetros.

Una red de caminos que se encuentran

El Camino de Levante no es una ruta aislada. Forma parte de una amplia red de itinerarios jacobeos que conectan el Mediterráneo con el noroeste peninsular. El recorrido propiamente dicho comienza en Valencia, pero desde Alicante parte el Camino del Sureste, que comparte diversos tramos con él. Desde Murcia también es posible incorporarse a esa red, mientras que la Ruta de la Lana ofrece otro itinerario, pasando por Cuenca y Sigüenza hasta alcanzar Burgos y el Camino Francés.

No se trata exactamente de variantes de una misma ruta, sino de caminos históricos recuperados que se cruzan y confluyen en diferentes puntos. En el extremo occidental, Zamora y Granja de Moreruela constituyen una importante encrucijada. Desde allí, el Camino Sanabrés conduce hacia Galicia a través de Tábara, Puebla de Sanabria, A Gudiña y Ourense, antes de alcanzar Compostela.

Es también una nueva transformación del paisaje: las grandes llanuras castellanas dejan paso a las montañas, los bosques y las tierras más húmedas del noroeste.

 

Camino de Santiago en Ávila

Cómo recorrer hoy el Camino de Levante

Según la Federación Española de Asociaciones de Amigos del Camino de Santiago, el Camino de Levante tiene 843,84 kilómetros desde Valencia hasta Granja de Moreruela. A ellos se añaden aproximadamente 368 kilómetros del Camino Sanabrés hasta Santiago. Completar el recorrido supone alrededor de 48 a 50 jornadas de marcha para una persona habituada a caminar unos 25 kilómetros diarios, sin contar los descansos.

Sin embargo, la principal dificultad no reside en el desnivel, salvo determinados sectores serranos, sino en las largas distancias entre poblaciones, la escasez de servicios y la exposición al sol. Algunas etapas superan los 35 o incluso los 40 kilómetros. Por eso resulta imprescindible consultar previamente los alojamientos disponibles y adaptar las jornadas a las posibilidades de cada caminante.

Las épocas más recomendables son abril y mayo, así como finales de septiembre y comienzos de octubre. Durante el verano, el calor de La Mancha y de las mesetas castellanas puede convertir una jornada aparentemente sencilla en un esfuerzo considerable.

A diferencia del Camino Francés, el Levante no cuenta con una infraestructura tan continua de albergues y servicios. En algunas localidades existen alojamientos municipales o asociativos; en otras es necesario recurrir a pensiones y pequeños hoteles. Conviene confirmar su disponibilidad antes de llegar.

La señalización mediante flechas amarillas debe complementarse con mapas y recorridos GPS descargados previamente. La Federación de Asociaciones de Amigos del Camino, el Instituto Geográfico Nacional y las asociaciones locales ofrecen información cartográfica útil para preparar la ruta. También es recomendable llevar la credencial del peregrino, documento que permite registrar el recorrido mediante sellos y acreditar la peregrinación.

Para quienes no dispongan de tiempo suficiente, el camino puede dividirse en tramos y recorrerse durante diferentes viajes. Ciudades como Valencia, Xàtiva, Albacete, Toledo, Ávila, Medina del Campo y Zamora facilitan la organización de estas experiencias parciales.

El atractivo de los caminos silenciosos

El Camino de Levante no ofrece necesariamente la experiencia colectiva de otros itinerarios más frecuentados. Hay jornadas en las que el caminante puede avanzar durante horas sin encontrarse con otro peregrino.

Esa soledad exige preparación, pero también constituye una de sus mayores singularidades. Permite observar el territorio con una atención diferente: descubrir el trazado de una antigua vía de comunicación, detenerse ante un castillo, atravesar una plaza medieval o reconocer en el paisaje las huellas de generaciones de viajeros.

A lo largo del recorrido aparecen sucesivamente la cultura mediterránea, las antiguas tierras de frontera, la Mancha literaria, las ciudades monumentales castellanas y los paisajes del noroeste. Es una forma de conocer España a la velocidad del paso humano, lejos de las rutas más transitadas y de los grandes circuitos turísticos.

Quizá ahí resida el verdadero atractivo del Camino de Levante. Su historia no necesita imaginar una senda medieval que haya permanecido intacta durante mil años. Es mucho más interesante descubrir cómo los caminos de comerciantes, arrieros, viajeros y peregrinos fueron formando una red que las asociaciones contemporáneas han vuelto a recuperar.

Porque, antes de convertirse en rutas señalizadas, los caminos fueron sobre todo una manera de relacionar territorios y personas. Y el Camino de Levante recuerda que todavía es posible recorrer esa historia caminando hacia poniente.

 

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