En agosto, la montaña parece moverse. Miles de personas ascienden hacia el monasterio de la Virgen de Dronka, en las afueras de Asiut, llenando un paisaje que, durante buena parte del año, está dominado por el silencio de la roca y el desierto. Hay carreteras, aparcamientos, edificios para peregrinos, iglesias, alojamientos y grandes explanadas. Pero en medio de todo ese complejo monumental existe un lugar hacia el que acaba convergiendo la atención: una cueva.
Según la tradición copta de Asiut, María, José y Jesús llegaron hasta aquí durante la huida a Egipto. Tras la estancia en al-Muharraq y la visión en la que José habría recibido el anuncio de que podía regresar a su tierra, la familia habría continuado todavía hacia el sur, hasta la región de Asiut, antes de iniciar finalmente el viaje de regreso.
Esa prolongación del itinerario hasta Dronka forma parte de la tradición eclesial local y no está documentada con la misma antigüedad que otras etapas de la ruta. Pero es precisamente esa memoria la que ha convertido la montaña en uno de los grandes centros contemporáneos de peregrinación mariana del Alto Egipto.
La imagen resulta poderosa: una tradición nacida alrededor del recuerdo de una familia que buscaba refugio ha terminado creando un lugar capaz de recibir multitudes.
Una ciudad de peregrinación sobre el valle del Nilo
Dronka —también escrito Durunka, Drunka o Dayr Durunka— se encuentra unos ocho o diez kilómetros al sur-suroeste de Asiut, sobre la montaña occidental que delimita el valle del Nilo.
La geografía forma parte de la experiencia. Abajo quedan la ciudad, los pueblos y la franja intensamente cultivada que acompaña al río. Después, casi abruptamente, comienza la montaña seca. En sus paredes se abren cuevas y antiguas tumbas excavadas en la roca. Allí, escalonado sobre el escarpe, se levanta el actual santuario de la Virgen.
Llamarlo simplemente “monasterio” puede inducir a error. Dronka funciona hoy como una auténtica ciudad de peregrinación: reúne iglesias, edificios de alojamiento, espacios para retiros, grandes plazas, servicios para visitantes, accesos por carretera y estructuras destinadas a recibir grupos numerosos.
Buena parte de esta transformación se produjo durante el siglo XX. En 1955 se construyó una nueva iglesia de la Virgen y se mejoró considerablemente la carretera de acceso. Desde entonces, el complejo ha seguido creciendo hasta adquirir su escala actual.
La expansión continúa incluso ahora. El 3 de octubre de 2025, el papa copto Tawadros II celebró la consagración de los altares y de los iconos de la renovada iglesia de la cueva. Y en agosto de 2026 el gran ciclo anual de peregrinaciones seguía congregando a enormes cantidades de fieles.
El viajero que llega buscando la memoria de una familia fugitiva del siglo I encuentra, por tanto, una infraestructura religiosa plenamente contemporánea.

Todo conduce a una cueva
La escala del santuario puede resultar engañosa porque el corazón simbólico de Dronka continúa siendo un espacio pequeño.
La tradición local identifica una de las cuevas de la montaña como el lugar donde la Sagrada Familia habría descansado durante su paso por Asiut. Hoy no es una cavidad desnuda ni un enclave arqueológico conservado como pudo existir en época romana. Está integrada en una iglesia rupestre y forma parte de un espacio de culto vivo, transformado durante generaciones.
Eso ayuda a comprender la relación de los peregrinos con el lugar. La cueva funciona como una especie de reliquia geográfica: no se venera únicamente una imagen, un objeto o un recuerdo asociado a María y Jesús, sino un espacio que la comunidad considera marcado por su presencia. Montaña, roca y cavidad se convierten así en parte de la narración religiosa.
Y esa relación con las cuevas posee, además, una historia mucho más antigua de lo que podría parecer.
Antes del cristianismo
La historia de Dronka no comienza con la Sagrada Familia. Mucho antes de que existiera el cristianismo, la montaña occidental de Asiut era ya un gran paisaje funerario. Durante el Egipto faraónico se excavaron aquí tumbas, capillas e inscripciones que todavía permiten reconstruir algunos de sus usos religiosos.
Uno de los ejemplos más interesantes es la tumba-capilla de Amenhotep (no confundir con el faraón del mismo nombre), un alto funcionario de la Dinastía XIX que fue escriba real, sacerdote lector y estuvo relacionado con el culto de la diosa Sekhmet y con funciones médicas.
La tumba contenía relieves e inscripciones jeroglíficas, algunos de cuyos fragmentos se conservan actualmente en museos. Pero hay un detalle todavía más sugerente: en épocas posteriores, visitantes dejaron grafitos en la tumba y acudieron allí buscando curación vinculada al ka, la fuerza vital, del médico Amenhotep.
Cuando las tumbas se convirtieron en ermitas
Con la expansión del cristianismo en Egipto, el paisaje rupestre adquirió nuevos usos. Algunas antiguas tumbas fueron reutilizadas por cristianos como viviendas o eremitorios. Las cuevas ofrecían aislamiento y protección, dos elementos especialmente apropiados para las formas ascéticas que proliferaron en Egipto durante la Antigüedad tardía.
Los estudios arqueológicos han documentado tumbas faraónicas transformadas en espacios cristianos, iglesias excavadas en la roca y antiguos asentamientos relacionados con comunidades monásticas. La investigación reciente analiza Dronka junto con otros enclaves de la montaña occidental de Asiut, como Rifa y al-Ganadla, precisamente como parte de este paisaje copto rupestre.
En otras palabras, aunque la presencia concreta de la Sagrada Familia no pueda demostrarse arqueológicamente, la antigüedad cristiana de la montaña sí está bien documentada. Y su identificación como última gran etapa del viaje adquirió especial fuerza institucional durante el siglo XX, especialmente desde los años cincuenta bajo el obispo Anba Mikhail.

Cuando Dronka se llena
En torno al Ayuno de la Virgen, aproximadamente entre el 7 y el 21 o 22 de agosto, el complejo cambia completamente de escala. Llegan peregrinos de diferentes partes de Egipto. Se celebran liturgias, oraciones, cantos y reuniones multitudinarias. Los alojamientos se llenan y la montaña se transforma en un enorme espacio religioso y social.
Uno de los momentos centrales es la procesión de la Virgen. Los iconos salen desde la iglesia de la cueva acompañados por sacerdotes y diáconos, entre himnos e incienso, recorren el santuario y finalmente regresan al lugar del que partieron.
El gesto contiene buena parte del significado de Dronka. La tradición no se conserva únicamente contando una historia. Se representa con el cuerpo: caminando, llevando imágenes, cantando, encendiendo velas y entrando nuevamente en la cueva.
Las fiestas de Dronka tampoco se desarrollan exclusivamente dentro de los límites estrictos de la comunidad copta. Los mulids cristianos egipcios han sido tradicionalmente acontecimientos religiosos y sociales al mismo tiempo, y existen testimonios de musulmanes que acuden a estos espacios acompañando a amigos cristianos, participando en las celebraciones populares o buscando bendiciones. Durante la peregrinación, las fronteras entre devoción cristiana, fiesta popular, encuentro comunitario y patrimonio cultural se vuelven menos rígidas.
Esta dimensión fue reconocida internacionalmente en 2022, cuando la UNESCO inscribió las “Fiestas relacionadas con el Viaje de la Sagrada Familia en Egipto” en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Cómo visitar Dronka
Para un viajero internacional, la opción más práctica es utilizar Asiut como base. La ciudad se encuentra a unos 375 kilómetros al sur de El Cairo y está conectada con la capital por tren. Desde el centro de Asiut, el santuario se encuentra a unos 8-10 kilómetros y el último trayecto puede hacerse en taxi o coche con conductor.
Conviene reservar al menos medio día para Dronka. Una visita de dos o tres horas permite conocer los principales espacios, pero el interés del lugar está también en detenerse, contemplar el valle desde la montaña y observar cómo funciona un santuario copto vivo.

La elección de la fecha cambia completamente la experiencia. Agosto permite asistir a la gran peregrinación mariana, pero implica multitudes, controles de acceso y temperaturas muy elevadas. Quien busque comprender la arquitectura y la historia con más tranquilidad encontrará condiciones mucho más cómodas en otoño, invierno o comienzos de primavera.
El monasterio cuenta con alojamientos destinados a retiros, familias y jornadas espirituales, aunque no deben entenderse como un hotel convencional. Para un visitante que no participe en un retiro religioso, suele resultar más sencillo alojarse en Asiut.
Y hay una última consideración que cambia la manera de visitar el lugar: Dronka no es un monumento convertido en museo. Continúa siendo un santuario. La discreción en la vestimenta, el respeto a las celebraciones y la prudencia al fotografiar a los peregrinos —especialmente dentro de la iglesia-cueva— forman parte de la experiencia.
De refugio a lugar de encuentro
Dronka trasciende la memoria de los siglos. La arqueología nos habla de una montaña faraónica. Las tumbas y los eremitorios muestran cómo aquel paisaje fue reutilizado por comunidades cristianas. La tradición oral vincula este lugar con la Sagrada Familia. Y la documentación contemporánea explica cómo, durante el siglo XX, Dronka llegó a convertirse en uno de los grandes santuarios marianos del país.
Según la tradición, una familia perseguida llegó hasta esta montaña buscando refugio antes de emprender el regreso. Dos mil años después, la cueva sigue allí, pero a su alrededor ha crecido un lugar de encuentro.
Este contenido se ofrece en colaboración con la Autoridad de Turismo de Egipto.
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