En octubre de 1838, durante una reunión cerca de Tauranga, en Te Ika-a-Māui, el pez de Māui, un joven se levantó ante dos pueblos que se preparaban para entrar en guerra y les pidió que no lo hicieran.
Tenía unos treinta y tres años. Su padre, Te Waharoa, jefe supremo de Ngāti Hauā, había muerto el mes anterior, y él había heredado una posición de autoridad construida en buena medida a través de la guerra. También había combatido: participó en una incursión de represalia cerca de Te Awamutu en 1825 y en campañas contra Te Arawa durante la década de 1830. Sabía perfectamente a qué estaba pidiendo que renunciaran.
Mientras hablaba, sostenía una Biblia. Había aprendido a leer apenas unos años antes. Todavía no estaba bautizado. Lo haría en junio del año siguiente, cuando adoptó el nombre de Wiremu Tāmihana, William Thompson. Más adelante, los Pākehā, los neozelandeses de origen europeo, lo llamarían el «hacedor de reyes». Pero Ngāti Hauā y Waikato-Tainui recuerdan algo más concreto: a un hombre que dedicó casi treinta años a intentar crear las condiciones necesarias para que su pueblo y los colonos pudieran habitar las mismas islas sin destruirse mutuamente, y que terminó siendo víctima de ese mismo empeño.
Te Tāpiri: un pueblo construido para demostrar una idea
Aquel mismo año, 1838, Tāmihana comenzó a construir un nuevo kāinga, un asentamiento maorí, en Te Tāpiri. La comunidad tenía sus propias normas. Se esperaba que sus habitantes vivieran conforme a los Diez Mandamientos. En menos de un año, unas trescientas personas se habían establecido allí, y se decía que la iglesia tenía capacidad para mil fieles.
Lo interesante de Te Tāpiri es que no era una misión religiosa. Tāmihana practicaba el cristianismo dentro de un marco cultural maorí, por iniciativa y autoridad propias, en una comunidad que él mismo gobernaba, sin estar bajo la dirección de ningún misionero. Impartía clases en la escuela del poblado, impulsó la agricultura entre las comunidades Ngāti Hauā y comercializaba los excedentes con los colonos Pākehā de Auckland.
Estaba convirtiendo una idea en un pueblo: los maoríes podían incorporar aquello que considerasen útil del nuevo mundo que llegaba a sus costas sin perder su propia identidad. La alfabetización, la agricultura, las leyes y el comercio podían convertirse en instituciones maoríes, en lugar de servir como instrumentos de asimilación.
En 1844 se dirigió al obispo Selwyn para pedirle un médico, porque su pueblo estaba muriendo a un ritmo que él no conseguía detener. Aquella petición revela cómo era la vida en Waikato durante la década de 1840 y la magnitud de los problemas a los que Tāmihana sabía que debía enfrentarse.
Peria
Después volvió a hacerlo, esta vez a mayor escala. En 1846, Tāmihana fundó Peria, un nuevo asentamiento cristiano cuyo nombre procedía de Berea, la ciudad bíblica mencionada en los Hechos de los Apóstoles (17,10). Con el tiempo se convertiría en un kāinga próspero y lleno de actividad, con oficina de correos, escuela y molino de trigo. Estaba gobernado por una rūnanga, un consejo.
Peria se encuentra a unos seis kilómetros de Matamata, una pequeña localidad neozelandesa conocida en todo el mundo como puerta de entrada a Hobbiton, el pueblo ficticio que Peter Jackson llevó a la pantalla en las películas de El Señor de los Anillos y El hobbit. El famoso escenario cinematográfico se encuentra en una granja cercana, a unos quince minutos en coche del centro de la localidad.
Mientras los visitantes recorren los alrededores para descubrir el mundo imaginario de Tolkien, pocos saben que, a las afueras de Matamata, Wiremu Tāmihana construyó un pueblo muy diferente. Su propósito era demostrar que las tradiciones maoríes, la fe cristiana y una sociedad en transformación podían convivir.
Conviene detenerse en las instituciones que tenía Peria, porque probablemente no coinciden con la imagen que muchas personas tienen de un asentamiento maorí de la década de 1850. Un gobierno local en funcionamiento. Un servicio postal. Instalaciones de molienda industrial. Una escuela.
John Gorst, comisionado civil de Waikato y funcionario de la Corona cuya misión consistía, en buena medida, en debilitar la autoridad política maorí, quedó impresionado por el respeto a la ley entre los Ngāti Hauā. Lo atribuyó al «carácter y la influencia personal de Wiremu Tāmihana y de los jefes que lo rodean y apoyan».
Es una observación extraordinaria si tenemos en cuenta que procede de un hombre enviado precisamente para desmantelar aquel movimiento.
Peria fue la expresión más completa de la visión de Tāmihana y explica por qué merece ser recordado como un constructor. Su obra consistía en crear lugares donde las personas podían reunirse, comerciar, aprender y resolver sus diferencias sin recurrir a las armas.

El rey
A finales de la década de 1850, la venta de tierras estaba fragmentando la autoridad maorí en toda la isla. Tāmihana desempeñó entonces un papel fundamental en la formación del Kīngitanga, el Movimiento del Rey, y en la elección de Pōtatau Te Wherowhero como primer rey maorí.
Cuando Te Wherowhero fue confirmado en mayo de 1859, fue Tāmihana quien colocó una Biblia sobre su cabeza. Aquel gesto le valió el sobrenombre que le dieron los Pākehā: el hacedor de reyes.
Su intención era explícita, aunque desde entonces haya sido tergiversada repetidamente. Tāmihana pretendía que el rey maorí mantuviera una relación de alianza con la reina Victoria, en lugar de oponerse a ella. Como él mismo explicó, del mismo modo que las naciones europeas tenían sus propios soberanos, los maoríes también debían poder elegir uno.
Se convirtió en el diplomático y portavoz del movimiento y fundó un periódico en lengua maorí, Te Hokioi. Gorst respondió poniendo en marcha una publicación rival, Te Pihoihoi Mokemoke, destinada a ridiculizar al Movimiento del Rey.
La escena resume bien el clima de aquellos años: dos imprentas en Waikato enfrentadas a través de sus publicaciones. En marzo de 1861, Tāmihana viajó a Taranaki y consiguió negociar una tregua con Donald McLean, secretario de Asuntos Indígenas. En aquel momento era el mediador por la paz más eficaz del país.
La carretera
Y aquí es donde se encuentran las dos formas de construir. Mientras Tāmihana levantaba pueblos, la Corona construía algo muy diferente. Se estaban abriendo nuevas carreteras desde Auckland hasta Mangatāwhiri —la Great South Road— y hacia el interior desde Raglan, concebidas para facilitar el movimiento de tropas y suministros en caso de guerra.
En 1862, el gobernador Grey estableció un cuerpo de abastecimiento para las tropas que trabajaban en la carretera y ordenó incorporar barcos de vapor para reforzar el sistema logístico.
Aquellas infraestructuras respondían a un objetivo concreto. El historiador James Belich ha descrito la política pública de paz de Grey como una preparación indirecta para una guerra destinada a acabar con el Movimiento del Rey. La carretera era la manifestación visible de esos preparativos. Avanzaba kilómetro a kilómetro hacia Mangatāwhiri, el límite territorial que había establecido el Kīngitanga.
El 9 de julio de 1863, Grey lanzó un ultimátum a todos los maoríes que vivían entre Auckland y Waikato: debían jurar lealtad a la reina y entregar sus armas o serían considerados rebeldes. El 12 de julio, las tropas británicas cruzaron el arroyo Mangatāwhiri. La invasión de Waikato había comenzado. Y había llegado por carretera.
Lo que vino después
Durante toda la invasión, Tāmihana intentó negociar con las fuerzas gubernamentales, pero sus esfuerzos apenas tuvieron resultados. Dentro del Kīngitanga existían otras posiciones. Rewi Maniapoto defendía la resistencia armada; Tāmihana apostaba por la negociación. La invasión terminó por convertir aquel debate en una cuestión puramente teórica.
Rangiriri, Rangiaowhia, Ōrākau: los nombres de las batallas y episodios de la campaña de Waikato son hoy conocidos por todos los escolares de Aotearoa, Nueva Zelanda, aunque durante mucho tiempo apenas formaron parte de la memoria colectiva.
Los combates terminaron cuando las tribus de Waikato se retiraron al territorio de Ngāti Maniapoto, que pasó a conocerse como el King Country, el País del Rey. Tras su retirada, la Corona confiscó sus tierras. Peria quedó abandonado después de la rendición de Tāmihana.
Murió el 27 de diciembre de 1866, con unos sesenta y un años. En 1867, el colono Josiah Firth convocó una reunión en Peria y descubrió un obelisco en su memoria: un monumento levantado en el lugar donde había existido un pueblo que ya había desaparecido.
En 1995, la Corona reconoció que la invasión de 1863 y las confiscaciones de tierras habían sido injustas y pidió perdón. Waikato-Tainui aceptó un acuerdo de compensación en dinero y tierras valorado en unos 171 millones de dólares neozelandeses, aproximadamente el uno por ciento del valor de lo que les había sido arrebatado. La propia reina Isabel II firmó la ley correspondiente.
Su legado, sin embargo, va mucho más allá de los libros de historia y los monumentos. Hoy, la vida de Wiremu Tāmihana se ha convertido en el eje de peregrinaciones por la región de Waikato que reúnen a líderes cristianos y ancianos maoríes para recorrer los lugares donde desarrolló su proyecto de paz y convivencia.
Organizadas por Pilgrimages Aotearoa, estas peregrinaciones siguen sus huellas por Waharoa, Matamata y Peria. En ellas participan el arzobispo Sir David Moxon y ancianos de Ngāti Hauā, que comparten relatos sobre su vida, su fe cristiana y las guerras que transformaron su tierra.
Los recorridos se realizan principalmente en vehículo, con paradas en lugares históricos y monumentos conmemorativos. Ofrecen la oportunidad de afrontar un pasado compartido y doloroso y reflexionar sobre las relaciones actuales entre maoríes y Pākehā. Está prevista una nueva peregrinación para 2027.
El encuentro y las condiciones que lo hacen posible
Al escribir desde Europa sobre una figura como esta, resulta tentador recurrir al lenguaje de la peregrinación: caminos de encuentro, rutas que acercan a los pueblos, caminar como forma de reconciliación. Es un lenguaje que esta publicación utiliza con frecuencia y en el que cree. Pero ese lenguaje no sirve para describir las carreteras construidas con el propósito de invadir Waikato. Y merece la pena explicar por qué. Las carreteras no son neutrales. Alguien las construye, para llegar a algún lugar y con una finalidad determinada.
El Camino Francés creció gracias a hospitales y puentes construidos para ayudar a los viajeros a sobrevivir a un trayecto que habían elegido recorrer. La Great South Road se construyó para que la artillería pudiera llegar a Waikato en buenas condiciones. Ambas son infraestructuras, pero responden a propósitos radicalmente distintos. La diferencia está en la intención de quienes las construyeron.
Lo que Tāmihana comprendió —y lo que sus pueblos intentaban demostrar— es que el verdadero encuentro entre comunidades requiere determinadas condiciones. Una escuela. Un consejo capaz de resolver conflictos. Un molino, una oficina de correos, un mercado. Un lugar donde dos pueblos puedan encontrarse sin que uno de ellos imponga unilateralmente las reglas.
Tāmihana construyó esos espacios dos veces, partiendo de cero, y funcionaron. El propio Gorst lo reconoció en un informe dirigido a un gobierno que ya estaba preparando su destrucción.
La historiadora Evelyn Stokes, cuya obra Wiremu Tamihana: Rangatira sigue siendo el estudio más completo sobre su vida y se apoya ampliamente en sus propias cartas, lo describió como un pacificador al que se había etiquetado de rebelde. Toda la tragedia de su historia queda resumida en esas palabras.
El New Zealand Herald, con motivo de su propio aniversario, lo eligió neozelandés del año 1863. Precisamente el año en que el ejército invadió su tierra. El hijo de Tāmihana, Tupu Atanatiu Taingakawa Te Waharoa, prolongó el papel de hacedor de reyes hasta el siglo XX. El Kīngitanga sigue existiendo. Los Ngāti Hauā continúan viviendo en Matamata. Y el obelisco sigue en pie en Peria.
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