En Nueva Zelanda existe un camino de peregrinación que no se mide en kilómetros ni se reconoce por las flechas que orientan a los viajeros. Su historia comenzó hace casi dos siglos, junto a las aguas del Hokianga, pero adquirió una forma inesperada en 2021, cuando una imagen de María emprendió un viaje por todo el país. Atravesó comunidades rurales, iglesias, escuelas y lugares de encuentro maoríes, llevando consigo una singular combinación de símbolos europeos e indígenas.
En la mayoría de las peregrinaciones son las personas quienes se desplazan hacia una imagen venerada. Aquí sucedió algo distinto: durante aproximadamente un año, fue la imagen la que viajó al encuentro de las comunidades.
Así nació la etapa contemporánea de Te Ara a Maria, una iniciativa que recupera una antigua tradición católica y la convierte en una invitación a descubrir las distintas memorias de Aotearoa, nombre maorí de Nueva Zelanda.
Una historia que comenzó en 1838
Para comprender esta peregrinación hay que viajar hasta el extremo septentrional de la Isla Norte, donde los paisajes verdes del Hokianga se encuentran con las aguas de una extensa bahía. Allí llegó, el 10 de enero de 1838, el obispo francés Jean-Baptiste François Pompallier, vinculado a la Sociedad de María. Tres días después celebró una misa en Totara Point y dedicó la misión católica neozelandesa a María Asunta al Cielo.

Aquel acontecimiento marcó el comienzo de la presencia misionera católica organizada de manera estable en el país, aunque existían contactos anteriores con el catolicismo.
La llegada de Pompallier formaba parte de un proceso histórico mucho más amplio. Durante aquellas décadas, las misiones cristianas europeas se extendían por territorios habitados desde hacía siglos por pueblos maoríes, cuyas tradiciones, sistemas de organización y concepciones espirituales precedían a la colonización.
En febrero de 1840, Pompallier participó en las conversaciones relacionadas con el Tratado de Waitangi, uno de los documentos fundamentales de la historia neozelandesa. Su intervención se recuerda especialmente por la defensa de la libertad religiosa.
La historia de aquellos primeros misioneros, sin embargo, no puede separarse de las tensiones coloniales, las disputas por la tierra y las profundas transformaciones que experimentaron las comunidades indígenas. Esa complejidad sigue formando parte de la memoria religiosa y cultural del país.
Una tradición que renació durante la pandemia
Casi dos siglos después, una crisis sanitaria inesperada devolvió actualidad a aquella antigua dedicación.
Durante el confinamiento de 2020, diversos sectores de la comunidad católica neozelandesa solicitaron a sus obispos una consagración del país a María como expresión de esperanza y protección en tiempos de incertidumbre. Los responsables eclesiásticos recordaron entonces que ese gesto ya se había realizado en 1838. Decidieron, por tanto, renovarlo.
La iniciativa recibió el nombre de Te Ara a Maria — Mary’s Way, el camino de María. El 15 de agosto de 2021, festividad de la Asunción, se celebró en la iglesia de St Mary of the Angels, en Wellington, el acto principal de la renovación.
Pero lo más original estaba por comenzar. Para acompañar el proyecto se encargó una obra de arte mariano que recorrería las seis diócesis católicas de Nueva Zelanda. El viaje, denominado hīkoi wairua, peregrinación espiritual, condujo la imagen por parroquias, colegios y comunidades locales, incluidas algunas maoríes.
Las restricciones sanitarias llegaron a interrumpir temporalmente el recorrido, pero la obra continuó su viaje hasta regresar a Wellington en agosto de 2022. El día 14 de aquel mes, St Mary of the Angels fue dedicado formalmente como Santuario Nacional de María, Madre de Dios, Asunta al Cielo.
Una María vestida con símbolos maoríes
La protagonista visual de Te Ara a Maria es una obra del artista neozelandés Damien Walker, titulada Ko Hāta Maria, te Matua Wahine o te Atua, que representa a María con el Niño. A primera vista, conserva rasgos reconocibles de la iconografía cristiana. Pero una observación más detenida revela un lenguaje artístico profundamente relacionado con Aotearoa.
María aparece envuelta en un korowai, manto tradicional maorí. La composición incorpora motivos como el koru, una forma espiral inspirada en el brote de helecho, frecuentemente asociada a ideas de crecimiento y renovación. También aparecen referencias a los kaitiaki, figuras vinculadas a la protección y custodia, y a elementos de la cultura material indígena. El Niño lleva una capa de plumas de kiwi y sostiene un libro relacionado simbólicamente con la historia de la primera misión católica.
La obra constituye así una interpretación contemporánea que busca establecer un diálogo entre dos tradiciones culturales. Su elaboración contó con asesoramiento maorí, aunque eso no significa que represente una visión compartida por todas las comunidades indígenas del país.
Precisamente ahí reside parte de su interés. Más allá de su función devocional, la imagen plantea preguntas sobre la relación entre religión, identidad cultural y memoria colonial. ¿Cómo se transforma una tradición cuando encuentra un nuevo territorio? ¿Qué ocurre cuando símbolos procedentes de mundos distintos comparten una misma representación? Son preguntas que convierten esta pintura en algo más que el centro de una peregrinación.
Un camino que no tiene una única ruta
A diferencia del Camino de Santiago o de otros grandes itinerarios internacionales, Te Ara a Maria no posee un trazado continuo y señalizado, una distancia oficial o una sucesión obligatoria de etapas. El recorrido nacional de 2021 y 2022 fue el viaje de una imagen transportada entre comunidades, no una marcha a pie de un extremo al otro del país.
La peregrinación actual funciona de otra manera. Tiene su centro en Wellington, donde permanece la obra, y propone descubrir diversos lugares religiosos, históricos y culturales de la región.
El punto de partida natural es St Mary of the Angels, una iglesia de arquitectura neogótica situada en pleno centro urbano. Entre edificios contemporáneos y calles comerciales, su interior ofrece un marcado contraste con el ritmo cotidiano de la capital.

Desde allí, el viajero puede acercarse al monumento dedicado a los niños polacos que llegaron como refugiados durante la Segunda Guerra Mundial. Su recuerdo incorpora al itinerario una historia de exilio, acogida y reconstrucción personal. Otro lugar es el antiguo cementerio católico de Mount Street, testimonio de las primeras generaciones de habitantes europeos de Wellington.
En Karori se encuentra la extraordinaria Futuna Chapel, diseñada por el arquitecto John Scott e inaugurada en 1961. Considerada una de las obras destacadas del modernismo neozelandés, integra referencias arquitectónicas europeas y maoríes. Su valor trasciende ampliamente su función religiosa.
Hacia Island Bay, el recorrido conduce a Our Lady’s Home of Compassion, lugar especialmente vinculado a Suzanne Aubert, religiosa francesa que desarrolló una extensa labor social y asistencial en Nueva Zelanda. Su vida recuerda otra dimensión de la historia cristiana del país: la atención a personas enfermas, vulnerables y marginadas.
El itinerario puede ampliarse hacia el norte, hasta la histórica iglesia de St Joseph’s, en Pāuatahanui, y el gran monumento mariano de Paraparaumu, situado en una elevación desde la que se contempla parte del paisaje costero.
En conjunto, estos lugares muestran que Te Ara a Maria no es solamente una propuesta de devoción religiosa. También permite explorar arquitectura, migraciones, historia social y patrimonio, en un territorio donde las memorias europeas y maoríes conviven de maneras complejas.
Una peregrinación para mirar de otra manera
Quizá lo más singular de Te Ara a Maria sea que no propone conquistar una distancia ni alcanzar una meta después de días de caminata. Su recorrido depende de las preguntas y los intereses de cada visitante. Para algunos será una experiencia espiritual; para otros, una oportunidad de descubrir episodios poco conocidos de la historia de Nueva Zelanda o de contemplar obras de arte y arquitectura alejadas de los circuitos turísticos habituales.
El proyecto también refleja una transformación más amplia de las peregrinaciones contemporáneas, cada vez más abiertas a quienes se acercan a ellas por razones culturales, históricas o personales.
La imagen que recorrió el país permanece hoy en Wellington. Sin embargo, el viaje que inspiró continúa de otra manera: invitando a descubrir los lugares, comunidades y relatos que conforman la memoria de Aotearoa. No todas las peregrinaciones necesitan una larga senda para convertirse en un viaje significativo. Algunas comienzan simplemente cuando aprendemos a mirar un territorio con otros ojos.

Cómo recorrer hoy Te Ara a Maria
La principal particularidad de Te Ara a Maria es su flexibilidad. No existe una ruta oficial con etapas, distancias establecidas o credencial de peregrino. La organización propone siete lugares de interés que pueden visitarse en el orden elegido por cada viajero.
Para descubrirlos sin prisas, una opción razonable es dedicar dos días a Wellington y una jornada adicional a la costa de Kāpiti.
Primer día: el centro de Wellington y Karori
Comenzar en St Mary of the Angels, en el número 17 de Boulcott Street, donde se conserva la imagen de María. Continuar hacia el memorial de los niños polacos en Frank Kitts Park y subir hasta el histórico cementerio de Mount Street, en Kelburn. La jornada puede terminar en Futuna Chapel, en Karori, siempre que coincida con su apertura.
Esta última abre habitualmente el primer domingo de cada mes, de 11:00 a 15:00, y admite visitas concertadas.
Segundo día: Island Bay y el legado de Suzanne Aubert
Dedicar la mañana a Our Lady’s Home of Compassion, en el número 2 de Rhine Street. El conjunto ofrece una capilla, el lugar de descanso de Suzanne Aubert y espacios dedicados a su historia.
La capilla y el lugar de descanso publican apertura diaria, habitualmente de 8:00 a 16:00. Conviene comprobar los horarios de los demás espacios.
Tercer día opcional: Pāuatahanui y Paraparaumu
La extensión hacia el norte permite conocer la iglesia de St Joseph’s, construida en 1878, y el monumento de Nuestra Señora de Lourdes de Paraparaumu.
Es recomendable realizar esta jornada en vehículo. St Joseph’s es una propiedad privada sin acceso público general y requiere autorización previa para entrar. El monumento de Paraparaumu, de catorce metros de altura, se alcanza mediante una subida con desnivel.
Consejos para organizar el viaje
La mejor época para combinar patrimonio y paseos suele ser la primavera tardía, el verano o los comienzos del otoño austral. Quienes busquen participar en las celebraciones religiosas pueden elegir agosto, alrededor de la festividad de la Asunción, aunque deberán contar con el invierno neozelandés.
Wellington es conocida por sus fuertes vientos y sus cambios de tiempo, por lo que resulta recomendable llevar ropa impermeable, calzado cómodo y protección solar. La ciudad dispone de transporte público, incluido el autobús número 2, útil para desplazarse a Karori.
No consta una tarifa general de inscripción a Te Ara a Maria. Los gastos principales son los habituales de viaje, alojamiento y transporte; algunos espacios aceptan donativos voluntarios, conocidos como koha.
Antes de partir, lo más útil es consultar la web oficial de Te Ara a Maria, su selección de lugares para visitar y el planificador de transporte público de Wellington.
La ausencia de un trazado fijo no debe interpretarse como una limitación. Es, en cierto modo, la característica que mejor define esta peregrinación: cada visitante puede construir su propio camino por la historia y la memoria de Nueva Zelanda.
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