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La espada de La Valette: El acero que resistió al Imperio

A lo largo de la historia, algunas espadas han trascendido su condición de arma para convertirse en símbolo. La espada de Carlomagno, la de Juana de Arco, la de El Cid o la de San Jorge representan no solo la lucha física, sino también una idea: justicia, fe, libertad, resistencia. Estas hojas de acero han quedado inscritas en la memoria colectiva como emblemas de momentos fundacionales.

Entre ellas, hay una espada menos conocida fuera del ámbito mediterráneo, pero con un poder simbólico enorme: la espada de Jean Parisot de La Valette, Gran Maestre de la Orden de San Juan. Fue el arma que defendió Malta en 1565 durante el Gran Asedio. La gesta preservó el cristianismo en el Mediterráneo y Europa, moldeó la geopolítica de la Edad Moderna, contuvo las ambiciones otomanas y aseguró el futuro de la Orden en Malta.

Posteriormente, la capital de la isla, fundada por el Gran Maestre, recibió su nombre: La Valeta. Y su espada, o mejor dicho, sus espadas, se transformaron en reliquias. Porque no se conserva una sola: hay al menos dos piezas históricas ligadas a su nombre, cada una con un destino fascinante. ¿Dónde está hoy la espada de La Valette? ¿Y qué historia nos cuenta?

Un hombre, dos espadas

Jean de La Valette no era un hombre dado a la ostentación. Según las crónicas, era austero, disciplinado, profundamente piadoso y con una larga carrera militar. La espada que empuñó durante el asedio de 1565 era reflejo de su carácter: sobria, ligera, diseñada para el combate cuerpo a cuerpo. Se trata de una side sword del siglo XVI, con guarda recta, sin decoración aparente, pero con discretos grabados como un motivo de rosario en la hoja y una media luna —quizá alusión al enemigo otomano— cerca del centro de equilibrio.

The Great Siege of Malta: A collective pilgrimage of Faith and Resistance

Durante todo el asedio otomano, los malteses y los caballeros habían recurrido constantemente a la oración, encomendando su causa a la Santísima Virgen María. El Gran Maestre Jean Parisot de La Valette oró fervientemente ante el icono de Damaskinì, implorando su intercesión. Los defensores sentían que su supervivencia no dependía únicamente del esfuerzo humano, sino también de la ayuda divina.

Sus plegarias fueron escuchadas. El 8 de septiembre, festividad de la Natividad de María, las fuerzas otomanas abandonaron inesperadamente el asedio. Los malteses y sus aliados habían vencido. El Gran Maestre de La Valette, profundamente agradecido, depositó su espada y su sombrero en los escalones del altar de la Iglesia de Nuestra Señora de Damasco, dedicando la victoria a la Santísima Virgen. Este acto dio inicio a la trayectoria simbólica del objeto y lo arraigó en la memoria de la ciudad y de la nación.

Pero esta no es la única espada asociada a La Valette. Existe una segunda: mucho más lujosa, rica en simbolismo político y artístico, y con un recorrido histórico igualmente apasionante. Fue un regalo del rey Felipe II de España al Gran Maestre en reconocimiento por su heroísmo. Esta espada —ceremonial, no de combate— fue saqueada por las tropas de Napoleón y hoy se conserva en Francia, lejos de la isla a la que conmemora.

Sword and helm with black background: Photo by Daniel Cilia ©
Espada y yelmo sobre fondo negro: Foto de Daniel Cilia ©

La primera espada, la que se usó en el asedio

Durante siglos, la espada de combate atribuida a Jean de La Valette ha permanecido, silenciosa pero visible, en la pequeña capilla de Nuestra Señora de Damasco, en Birgu. Custodiada por generaciones de malteses, venerada como reliquia y símbolo de identidad, ha sido parte del paisaje cotidiano del Borgo.

A lo largo del tiempo, su historia ha sido objeto de debate y redescubrimiento. En la última década, esta espada ha experimentado un renovado interés, tanto académico como popular, gracias a nuevas investigaciones que refuerzan su autenticidad y nos permiten comprender mejor su importancia.

Uno de los protagonistas de esta revalorización es el historiador maltés Franco A. Davies, quien ha estudiado la espada desde 2012 junto con la Malta Historical Fencing Association. Sus hallazgos, publicados en libros, documentales y exposiciones, han contribuido a devolverle protagonismo a un objeto que, aunque nunca estuvo perdido, había sido relegado por el brillo de su contraparte ceremonial en el Louvre.

Durante mucho tiempo, la falta de documentación oficial hizo que algunos historiadores consideraran esta espada como una reliquia legendaria. Sin embargo, la situación ha cambiado radicalmente gracias a un hallazgo clave.

Our Lady of Damascus Chapel

Nuevas evidencias sobre la espada de Birgu

En 2024, George Agius, secretario de la Vittoriosa Historical & Cultural Society, encontró un documento inédito: el informe de una visita pastoral realizada en 1646 por el obispo Miguel Juan Balaguer de Camarasa. En él, se menciona expresamente la presencia de “una spada dell’illustrissimo Gran Maestro Valletta” en la capilla de Nuestra Señora de Damasco.

Este registro oficial, redactado apenas 81 años después del asedio, constituye una prueba de primer orden: atestigua que la espada estaba ya allí, en el mismo lugar donde hoy se conserva, y la vincula directamente con La Valette. A ello se suma la placa de mármol instalada en 1779 por el Gran Maestre Emmanuel de Rohan, que narra cómo el propio La Valette colgó allí su espada y su sombrero “con júbilo”, tras haber repelido la invasión otomana “con la protección de la Madre de Dios”.

Esta documentación, junto con una abundante colección de testimonios de viajeros, eruditos y cronistas desde el siglo XIX hasta hoy, consolida aún más el estatus de esta espada como objeto auténtico. Desde William Bartlett en 1851 hasta Elizabeth Schermerhorn en 1929, diversos autores dejaron constancia escrita y emocional del impacto de contemplar esta reliquia en el pequeño oratorio de San José, justo detrás de la iglesia de San Lorenzo.

Este redescubrimiento ha venido acompañado de iniciativas contemporáneas para acercar la espada al público: se han fabricado réplicas exactas (por ejemplo, las de Danelli Armouries en 2013 y Balefire Blades en 2024), algunas de las cuales pueden manipularse durante la visita. Así, los visitantes no solo pueden ver el original detrás del vidrio, sino también sentir su peso, su equilibrio y su sencillez. Un acto que devuelve a la espada su dimensión más humana, como símbolo de resistencia.

Gracias a estas investigaciones y esfuerzos divulgativos, la espada de Birgu ya no está “envuelta en misterio”, como se decía antes. Está anclada en la historia, en la devoción y en la memoria colectiva de Malta. Y su presencia, hoy más que nunca, nos recuerda que el legado de un pueblo no depende solo de vitrinas espectaculares o grandes museos, sino también de la fidelidad silenciosa con que se custodian sus símbolos más queridos.

Grand Master of Malta's dagger (Louvre)
Daga del Gran Maestre de Malta (Louvre)

La espada ceremonial: un regalo regio

La otra espada, la que Felipe II obsequió a La Valette, fue en realidad un conjunto ceremonial que incluía una daga a juego. Ambas piezas, según la tradición, habían pertenecido al propio monarca y fueron entregadas al Gran Maestre como muestra de agradecimiento por haber detenido el avance otomano. Era también un gesto diplomático: reforzaba la alianza entre la Monarquía Hispánica y la Orden de San Juan, defensora del Mediterráneo cristiano.

La espada ceremonial no se diseñó para la batalla. Es un ejemplo de orfebrería renacentista de altísimo nivel. Su empuñadura está hecha de oro macizo, finamente cincelado, con decoraciones de roleos, racimos de frutas, esmaltes en vivos colores y figuras ornamentales en miniatura. En la hoja original (de acero damasquinado toledano) se grabó la frase latina: “PLUSQUAM VALOR VALETTE VALET” —“Valette vale más que el valor mismo”—, en honor al excepcional coraje de su poseedor.

Durante más de dos siglos, la espada y la daga fueron tratadas como reliquias por la Orden de Malta. Se portaban en procesiones solemnes, como la del 8 de septiembre, aniversario de la victoria. También se usaron en funerales de Grandes Maestres y ceremonias de investidura. Eran conocidas como “la Espada y Daga de la Religión”.

Pero en 1798, todo cambió. Napoleón Bonaparte invadió Malta y obligó a la Orden a capitular. Durante el saqueo del tesoro de los Caballeros, el joven general francés se apropió personalmente de la daga —se dice que la llevaba como talismán— y envió la espada a Francia. Las piezas pasaron a formar parte de la colección imperial, y tras la caída de Napoleón, quedaron en manos del Estado francés. Desde mediados del siglo XIX se conservan en el Museo del Louvre de París, aunque durante mucho tiempo pasaron desapercibidas entre otros objetos decorativos del Renacimiento.

Hoy, espada y daga están expuestas —aunque no siempre con gran visibilidad— en la sala 25 del ala Richelieu del Louvre. La espada suele mostrarse parcialmente envainada, debido a su fragilidad, mientras que la daga brilla con su rica ornamentación.

Valletta: Tracing the Footsteps of the 1565 Siege

Un legado dividido entre Malta y Francia

Por tanto, las dos espadas de La Valette se encuentran en dos países distintos. Por un lado, la espada de combate, junto con el sombrero original, está en Malta, en el Museo Parroquial de San Lorenzo, en Birgu. Es accesible al público y forma parte de una pequeña pero evocadora colección histórica vinculada a la Orden. Por otro lado, la espada ceremonial y la daga se exhiben en el Museo del Louvre, en París, como parte de la colección permanente del Departamento de Artes Decorativas.

En 2017, como parte de una exposición sobre el legado de La Valette organizada por Heritage Malta, la daga regresó brevemente a Malta, en calidad de préstamo excepcional. Fue un acontecimiento cultural de gran resonancia: por primera vez desde 1798, una parte del conjunto regresaba simbólicamente a casa. Sin embargo, la espada no pudo viajar: el Louvre alegó razones de conservación.

Desde entonces, han crecido las voces en Malta que abogan por una repatriación —temporal o definitiva— de la espada ceremonial. Argumentan que su valor histórico y simbólico es inseparable del contexto maltés, y que sería un acto de justicia devolverla al lugar donde fue entregada, venerada y celebrada. Francia, por su parte, considera que la espada es parte legítima de su patrimonio museístico.

Más que un arma

Ver hoy la espada de La Valette —ya sea en la penumbra reverente de una iglesia maltesa o en una sala del Louvre— es entrar en contacto con una historia mayor: la de un hombre que resistió lo imposible, la de una isla que se salvó, la de un legado que todavía divide y fascina.

Ambas espadas son dos caras del mismo relato. Una habla del barro de la trinchera y la otra del oro del homenaje. Una representa el deber cumplido, la otra, el reconocimiento imperial. Entre ellas no hay contradicción, sino continuidad: juntas narran el trayecto de la acción a la memoria, del campo de batalla a la victoria.

Para quien las visita, la experiencia no es solo estética o histórica. Es una invitación a reflexionar sobre cómo los objetos —cuando están cargados de historia— pueden sobrevivir al paso del tiempo, ser disputados, venerados, incluso manipulados, pero nunca despojados del todo de su poder simbólico. Así, la espada de La Valette sigue viva. No por su filo, sino por su capacidad de hacernos mirar hacia atrás con asombro y, seguramente desde Malta, con gratitud.

Este contenido se ofrece en colaboración con VisitMalta.

Entrada también disponible en: English Italiano

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