El peregrino llega a Roncesvalles después de atravesar los Pirineos. Puede haber descendido entre hayas envueltas en niebla, bajo la lluvia o con el viento golpeando las laderas. Ante él aparecen los tejados y los muros de piedra de un lugar que parece hecho para recibir caminantes. Hoy encontrará un albergue, una credencial que sellar y señales que le indican por dónde continuar. Hace siglos habría encontrado, ante todo, hospitalidad.
Roncesvalles parece el comienzo natural del Camino Francés, pero históricamente es más bien lo contrario: era una llegada. Los peregrinos medievales no empezaban allí. Venían desde distintos lugares de Europa y, cuando alcanzaban Roncesvalles, acababan de superar uno de los mayores obstáculos del viaje: los Pirineos.
Para muchos caminantes actuales, sin embargo, este pequeño enclave navarro es el punto donde comienza un recorrido de alrededor de 750 kilómetros hasta Santiago de Compostela. Entre una cosa y otra hay casi mil años de historia.
Una puerta en los Pirineos
En realidad, nunca existió un único punto de partida del Camino Francés. El peregrino medieval comenzaba a caminar desde su propia casa y se incorporaba progresivamente a una red de rutas que conducían hacia Compostela.
La tradición recogida en el Liber Sancti Jacobi describía cuatro grandes vías procedentes de Francia. Tres —las asociadas a Tours, Vézelay y Le Puy— convergían hacia el paso pirenaico de Cize y Roncesvalles. La cuarta, procedente del sur de Francia, atravesaba las montañas por Somport y continuaba por Jaca. Los dos grandes corredores terminaban reuniéndose en Navarra, tradicionalmente en el entorno de Puente la Reina.
Somport fue, por tanto, una entrada histórica de enorme importancia y dio origen al actual Camino Aragonés. Pero Roncesvalles terminó ocupando un lugar especialmente destacado: hacia este paso se dirigían tres de aquellas cuatro grandes corrientes francesas y, además, aquí se desarrolló una poderosa institución dedicada a asistir a quienes acababan de cruzar la montaña.
A comienzos del siglo XII se organizó un hospital vinculado inicialmente al entorno de Ibañeta y posteriormente establecido en Roncesvalles. Conviene recordar que un hospital medieval no era simplemente un lugar donde se curaba a los enfermos. Su misión era proporcionar hospitalitas: refugio, comida y asistencia al viajero, al pobre y al peregrino. La actual Real Colegiata de Santa María conserva la memoria monumental de aquella función.
Cómo se construye un camino
El Camino Francés tampoco nació como una carretera proyectada desde Compostela hasta los Pirineos. Se fue formando poco a poco sobre caminos anteriores, pasos de montaña, calzadas, puentes y rutas comerciales.
Su origen último está relacionado con el surgimiento del santuario compostelano. A comienzos del siglo IX, la tradición sitúa en Galicia el descubrimiento de un antiguo sepulcro cuyos restos fueron identificados como los del apóstol Santiago. Desde un punto de vista histórico puede constatarse la formación del culto y del santuario; la identificación de la tumba con la del apóstol pertenece a la tradición religiosa.
Durante los siglos IX y X tuvieron especial importancia los itinerarios del norte de la Península. Pero las transformaciones políticas de los siglos siguientes favorecieron el corredor situado más al sur. En el siglo XI, el itinerario por Navarra, La Rioja y Castilla y León había adquirido ya una importancia predominante.
Entre los siglos XI y XIII surgieron o se desarrollaron ciudades, monasterios, hospitales y puentes vinculados al tránsito de viajeros. El Camino se convirtió así en mucho más que una ruta devocional. Por él circulaban personas, mercancías, conocimientos, estilos artísticos e historias. La peregrinación acabó dejando su huella sobre el propio territorio.
De las viejas rutas a las flechas amarillas
La historia del Camino, sin embargo, no fue una línea ascendente. Las peregrinaciones cambiaron durante los últimos siglos medievales y la Edad Moderna, afectadas por guerras, epidemias y profundas transformaciones políticas y religiosas. El itinerario nunca desapareció, pero perdió parte de la centralidad que había alcanzado en la Edad Media.
Su espectacular presencia contemporánea es también el resultado de una recuperación producida durante los siglos XIX y XX. Y uno de sus protagonistas fue un párroco de O Cebreiro llamado Elías Valiña.
En 1984, Valiña impulsó la señalización del Camino Francés desde el entorno pirenaico hasta Compostela mediante unas marcas que cualquier peregrino reconoce hoy instantáneamente: las flechas amarillas. Era una solución elemental, económica y extraordinariamente eficaz. Pintadas sobre muros, piedras y cruces de caminos, las flechas ayudaron a devolver continuidad sobre el terreno a una ruta que atravesaba cientos de kilómetros.
La historia de aquellas primeras flechas —y del hombre que recorrió el Camino para pintarlas— forma parte de la sorprendente reconstrucción contemporánea de una ruta medieval.
Poco después llegaron dos reconocimientos decisivos. En 1987 el Camino de Santiago se convirtió en el primer Itinerario Cultural del Consejo de Europa y en 1993 el Camino Francés español fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO.
De Roncesvalles a Santiago
Sobre el mapa, el Camino Francés puede parecer una simple línea que cruza el norte de España de este a oeste. Caminándolo, en cambio, se descubre como una sucesión de territorios muy diferentes.
Desde Roncesvalles, el camino desciende por los bosques navarros hacia Zubiri y Pamplona. Después asciende al Alto del Perdón antes de alcanzar Puente la Reina, uno de los lugares simbólicos del itinerario, y continúa por Estella y Los Arcos hasta entrar en La Rioja. Logroño, Nájera y Santo Domingo de la Calzada acompañan un paisaje dominado progresivamente por viñedos, campos de cereal y horizontes más abiertos.
Después llegan los Montes de Oca y Burgos. Al dejar atrás su catedral comienza uno de los paisajes más característicos del Camino: la Meseta. Hornillos, Castrojeriz, Frómista, Carrión de los Condes y Sahagún jalonan una sucesión de páramos y largas rectas donde la distancia parece adquirir otra dimensión.
León anuncia un nuevo cambio. El camino continúa hacia Hospital de Órbigo y Astorga antes de ascender a los Montes de León. Cerca de su punto más elevado se encuentra la Cruz de Ferro; después comienza un largo descenso hacia Ponferrada y los viñedos del Bierzo.
Desde Villafranca espera una de las grandes ascensiones de todo el recorrido: O Cebreiro, puerta de Galicia. A partir de allí desaparecen las inmensas horizontales castellanas y regresan los bosques, las aldeas, los pequeños ríos y una sucesión casi permanente de subidas y bajadas.
Triacastela, Sarria, Portomarín, Palas de Rei, Melide y Arzúa conducen finalmente hacia O Pedrouzo. Después llegan Lavacolla y el Monte do Gozo. Al otro lado espera Santiago.
Un patrimonio nacido del movimiento
Recorrer el Camino Francés significa atravesar uno de los grandes corredores monumentales de Europa, pero su patrimonio se entiende mejor si no se contempla como una simple sucesión de iglesias, puentes y ciudades.
Roncesvalles es un buen ejemplo: su relevancia no se explica solo por el paso pirenaico, sino también por la institución de acogida que allí se consolidó en la Edad Media. En Puente la Reina, el gran puente sobre el Arga muestra hasta qué punto una infraestructura pensada para facilitar el viaje podía acabar convertida en monumento. Algo semejante sucede en Santo Domingo de la Calzada, cuya identidad histórica quedó unida a la mejora del camino y a la atención de los peregrinos, o en San Juan de Ortega, donde santuario y hospitalidad se asociaron a uno de los tramos más exigentes del recorrido.
A lo largo de la ruta aparecen además algunos de los grandes hitos del arte medieval: la catedral de Burgos, San Martín de Frómista, Carrión de los Condes, Sahagún o el conjunto monumental de León. No son elementos aislados. Forman parte de un corredor por el que circularon también ideas, formas artísticas y conocimientos; la propia UNESCO subraya el papel del Camino en la difusión del románico y el gótico.
Pero el Camino Francés ha creado también una iconografía propia. Hay lugares que, más allá de su valor histórico, han terminado representando visualmente la experiencia jacobea. El puente de Puente la Reina, el Paso Honroso de Hospital de Órbigo, las catedrales de Burgos y León, las construcciones de O Cebreiro o la silueta de la Cruz de Ferro aparecen una y otra vez en fotografías y relatos de peregrinos.
Algo parecido ocurre con O Cebreiro. Su emplazamiento en altura, la pequeña iglesia y la arquitectura tradicional lo han convertido en una de las imágenes más reconocibles del Camino y, al mismo tiempo, en la puerta simbólica de Galicia. Desde allí el paisaje cambia: la amplitud castellana deja paso a montes, bosques y aldeas.
Caminarlo hoy
Completar el Camino Francés desde Roncesvalles supone recorrer aproximadamente 750 kilómetros, aunque no existe una cifra única: las mediciones cambian según las variantes elegidas y el criterio utilizado para calcular el trazado. Las fuentes empleadas para este artículo ofrecen recorridos próximos a los 740 y a los 756 kilómetros, una diferencia que aconseja tomar cualquier distancia total como aproximada.
Un recorrido completo puede organizarse en unas 32 jornadas a pie. Añadir varios días de descanso permite conocer las grandes ciudades y monumentos sin convertir cada visita en una carrera contra el reloj.
El Camino dispone hoy de una extensa red de albergues y alojamientos, restaurantes, comercios y otros servicios. Pero esa abundancia puede ser engañosa: todavía existen tramos relativamente largos sin lugares donde abastecerse.
También cambian mucho las dificultades. En Navarra hay que prestar atención a los descensos; en La Rioja y la Meseta, al calor y a la exposición; después de la Cruz de Ferro espera un prolongado descenso hacia el Bierzo; y la subida a O Cebreiro vuelve a recordar que el Camino Francés también atraviesa montañas.
No hace falta convertirlo en una expedición. Una preparación física razonable, calzado ya utilizado, una mochila ligera, agua suficiente y cierta flexibilidad para modificar las etapas suelen ser compañeros más útiles que una planificación obsesiva.
Porque quizá ahí resida la singularidad del Camino Francés. No es una reliquia medieval conservada intacta, sino una ruta que cada época ha recorrido de una manera diferente. Cambiaron los viajeros, las ciudades y los motivos del viaje; permanecieron el camino, la hospitalidad y Santiago en el horizonte.
Más de mil años después, las flechas amarillas siguen señalando hacia occidente y cada caminante vuelve a dar sentido, paso a paso, a una historia que nunca terminó de escribirse.
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