En 1988, el arqueólogo alemán Günter Dreyer trabajaba en Abydos, una de las grandes necrópolis del Alto Egipto, cuando las excavaciones de una tumba más antigua que los faraones y las pirámides, comenzaron a revelar algo extraordinario.
La sepultura, conocida como U-j y asociada al llamado rey Escorpión I, pertenecía a un gobernante que había vivido hacia el 3150 a. C. Entre los objetos destinados a acompañarlo en la muerte aparecieron centenares de vasijas de vino: alrededor de 700 recipientes, con capacidad para unos 4.500 litros. Pero había una sorpresa más: aquel vino no era egipcio.
Los análisis de la cerámica apuntaban hacia el sur del Levante, particularmente el valle del Jordán y regiones próximas. Los residuos químicos confirmaron la presencia de productos derivados de la uva, junto con resinas y otras sustancias vegetales. Hace más de cinco mil años, por tanto, alguien había organizado el transporte de miles de litros de vino a través de cientos de kilómetros para depositarlos en la tumba de un gobernante del Nilo.

Una bebida para esta vida y para la otra
Para comprender el alcance de este descubrimiento, hay que olvidar por un momento nuestra manera de mirar una copa de vino. En el Egipto faraónico, el vino podía ser alimento, producto de prestigio, ofrenda y objeto cargado de significado religioso. A diferencia de la cerveza, mucho más extendida entre la población, estuvo especialmente relacionado con la corte, las clases acomodadas, los templos y el mundo funerario.
Su color también podía adquirir significados simbólicos. El vino tinto se relacionó con la sangre, Osiris, la regeneración y la posibilidad de una nueva vida después de la muerte. En ese contexto, encontrar miles de litros de vino en una tumba real resulta menos extravagante de lo que parece: las provisiones funerarias formaban parte de una concepción de la muerte como tránsito y continuidad.
La cultura egipcia de las bebidas de uva, además, era más compleja de lo que durante mucho tiempo se pensó. Una palabra que aparece en los textos es shedeh, una bebida particularmente apreciada cuya naturaleza intrigó durante años a los investigadores.
Se llegó a discutir si se elaboraba con granadas o con uvas. La química proporcionó una respuesta parcial. El análisis de residuos de una vasija de la tumba de Tutankamón detectó marcadores de Vitis vinifera y de uvas tintas. Al menos aquel shedeh había sido producido a partir de uva tinta.
Primero llegó el vino; después, las viñas
Las tinajas de Escorpión revelan otra historia. Egipto no fue la cuna de la viticultura. La vid domesticada y los conocimientos necesarios para convertir sus frutos en vino llegaron probablemente desde el Levante durante el periodo Predinástico. Pero los egipcios aprendieron deprisa. Hacia el 3000 a. C. ya existía producción propia en el Delta del Nilo.
A partir de entonces, las imágenes conservadas en tumbas y otros monumentos permiten seguir casi paso a paso el proceso: vendimia, transporte de las uvas, pisado, prensado, fermentación, llenado de recipientes, sellado y almacenamiento. Y, además, también etiquetado.
En el palacio de Amenhotep III en Malqata se han recuperado alrededor de 1.400 inscripciones hieráticas realizadas sobre recipientes. Indicaban contenido, año, propiedad de procedencia y responsable de producción. Una etiqueta conservada en el Metropolitan Museum identifica, por ejemplo, un vino elaborado en el año 37 del reinado de Amenhotep III y procedente de una propiedad real del Delta occidental.

Las aproximadamente dos docenas de vasijas vinícolas halladas en la tumba de Tutankamón también llevaban información sobre añada y procedencia; casi todas incorporaban además el nombre del principal viticultor o responsable.
Sería anacrónico hablar de una denominación de origen como las actuales. Pero la lógica nos resulta sorprendentemente familiar: cosecha, propiedad y productor. Hace más de tres mil años, Egipto ya consideraba relevante saber de dónde procedía un vino.
Los análisis de las ánforas de Tutankamón han permitido descubrir algo más. Frente a la antigua idea de que el vino faraónico era fundamentalmente tinto, la investigación arqueométrica ha demostrado la existencia de vinos tintos y blancos durante la XVIII Dinastía.
Cuando el vino comenzó a viajar en dirección contraria
Siglos después, la historia iniciada con aquellas importaciones levantinas dio un giro. Egipto se convirtió en exportador. Uno de los grandes escenarios de esa transformación fue Mareotis, en torno al actual lago Mariout, cerca de Alejandría. La viticultura de la región no comenzó con la llegada de Alejandro Magno: existen evidencias anteriores. Lo que sucedió durante las épocas ptolemaica, romana y bizantina fue una expansión extraordinaria de una actividad que ya existía.
El paisaje llegó a reunir viñedos, lagares, talleres cerámicos, almacenes y puertos. Las ánforas permiten seguir el viaje del producto: recipientes egipcios destinados al vino han aparecido en lugares tan alejados como Pompeya, Ostia, Chipre y Anatolia. La dirección del viaje se había invertido. El país que milenios antes recibía vino desde el Levante enviaba ahora el suyo por el Mediterráneo.
Ni siquiera la conquista árabe supuso un final inmediato. Durante los primeros siglos del Egipto islámico continuó la elaboración, particularmente entre comunidades cristianas y judías. Hubo posteriormente prohibiciones y destrucciones de viñedos —especialmente durante determinados periodos, como el gobierno del califa fatimí al-Hakim a comienzos del siglo XI—, pero resulta más exacto hablar de una larga transformación y contracción que de una desaparición repentina.

El regreso de las viñas
La historia moderna comienza en 1882 con Nestor Gianaclis, un empresario griego establecido en Egipto que impulsó un nuevo proyecto vitivinícola en el Delta, al sur de Alejandría. Sus vinos alcanzarían su periodo de mayor prestigio durante las décadas de 1930 y 1940.
La industria atravesó después nacionalizaciones durante los años sesenta, producción estatal y nuevas privatizaciones. A finales de los noventa apareció otro de los protagonistas del panorama contemporáneo, Kouroum of the Nile. Actualmente, el sector continúa muy concentrado en torno a estos grandes productores.
Pero hacer vino en Egipto plantea un problema peculiar: allí no es difícil conseguir que una uva madure. Lo difícil es impedir que lo haga demasiado deprisa. Las temperaturas extremas pueden acelerar la maduración, reducir la acidez y perjudicar los aromas
La práctica ausencia de lluvia obliga además a recurrir a la irrigación. Por eso algunas uvas blancas pueden vendimiarse ya en junio y muchas otras durante julio, mientras el control de la temperatura durante la fermentación resulta esencial.
Muchas uvas, muy poco vino
La mayor paradoja aparece al observar las cifras actuales. Egipto posee alrededor de 86.000 hectáreas de viñedo y produjo en 2024 unos 1,8 millones de toneladas de uva de mesa, alrededor del 6 % de la producción mundial. Es, por tanto, un importante país vitícola. Pero es un país vinícola muy pequeño: solo una fracción mínima de sus uvas termina en una botella de vino.

Eso no significa que falten experimentos interesantes. Beausoleil d’Egypte Blanc, de Kouroum of the Nile, utiliza Banati, el nombre egipcio de la Sultanina o Thompson Seedless. Es una uva conocida internacionalmente sobre todo para consumo de mesa y para pasificación, pero que en Egipto también se vinifica. En este caso procede de la zona de Samaloot, en Minya.
Jardin du Nil muestra otra dirección. Su blanco combina Vermentino y Viognier, mientras que el tinto reúne Cabernet Sauvignon, Petit Verdot y Syrah. Son variedades internacionales utilizadas para buscar estilos contemporáneos bajo las condiciones extremas del clima egipcio. La oferta actual incluye además rosados, espumosos y vinos fortificados.
En 2023, vinos egipcios obtuvieron por primera vez medallas de bronce en el International Wine Challenge. El concurso también ha registrado añadas de Beausoleil d’Egypte Cabernet Sauvignon y Jardin du Nil. El dato no convierte a Egipto en una nueva potencia vinícola —la industria continúa siendo diminuta en términos internacionales—, pero muestra que el vino egipcio contemporáneo ya no puede reducirse simplemente a una curiosidad para turistas.
Por otro lado, no todo el vino producido hoy en Egipto procede necesariamente de uvas egipcias. Algunas gamas se elaboran allí con fruta importada. Château Byblos, por ejemplo, utiliza uvas procedentes del Líbano que después son vinificadas en Egipto.
De algún modo, el círculo vuelve a cerrarse. Hace más de cinco mil años, un gobernante fue enterrado en Abydos junto a centenares de tinajas de vino que habían llegado desde el Levante. Egipto aprendió después a cultivar sus propias vides, convirtió el vino en un producto cuidadosamente identificado, lo cargó de significados sociales y religiosos y acabó exportándolo por todo el Mediterráneo. La industria se transformó, menguó y fue reconstruida siglos después.
Quizá por eso aquellas tinajas descubiertas en Abydos resultan tan sugerentes. No son únicamente los restos de un banquete que nunca llegó a celebrarse. Son el primer capítulo conocido de una historia en la que, durante más de cinco mil años, el vino ha estado entrando, saliendo y regresando a Egipto.
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