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El libro Hobbit de J.R.R. Tolkien en un mercadillo. Ankara, Turquía Erman Gunes - Shutterstock

Bilbo Bolsón y el arte de aprender a caminar

Bilbo Bolsón no tenía ninguna intención de emprender una aventura. Vivía cómodamente en su agujero-hobbit, disfrutaba de una despensa bien surtida y consideraba que las aventuras eran acontecimientos desagradables que alteraban los horarios de las comidas. Sin embargo, una mañana, un mago llamado Gandalf apareció ante su puerta y puso en marcha una historia que cambiaría para siempre su manera de comprender el mundo (J.R.R. Tolkien, El Hobbbit).

Lo curioso es que Bilbo no descubriría su mayor tesoro en las profundidades de la Montaña Solitaria, sino a lo largo de los caminos que lo condujeron hasta ella. Porque, en la imaginación de J. R. R. Tolkien, el Camino nunca es simplemente la distancia que separa un lugar de otro. Es el espacio donde una persona descubre quién es y quién puede llegar a ser. Son muchas las frases e incluso los poemas en toda la obra de Tolkien dedicados al camino.

El primer paso: abandonar lo conocido

Cuando Tolkien publicó El hobbit en 1937, ofreció a sus lectores una historia que parecía responder a una estructura sencilla: un protagonista abandona su hogar, atraviesa territorios desconocidos, supera dificultades y finalmente regresa. El propio subtítulo original, There and Back Again —»Historia de una ida y de una vuelta»—, anuncia ese recorrido circular.

Pero bajo esa aparente sencillez se esconde una intuición profunda: ningún viaje verdaderamente importante permite regresar siendo exactamente la misma persona.

Bilbo representa, al principio, nuestra resistencia a abandonar lo familiar. Su casa no es únicamente una vivienda confortable; es todo un universo de costumbres, seguridades y pequeñas certezas. Las aventuras pertenecen a otros: él prefiere contemplarlas desde la tranquilidad de su sillón. Por eso resulta tan significativa su partida. Bilbo no comienza el Camino porque se sienta un héroe, si acaso una “vocecita incómoda”, el lado Tuk en su interior. Sale casi precipitadamente, arrastrado por acontecimientos que apenas comprende. No está preparado para las incomodidades que le esperan. Y, sin embargo, empieza a caminar.

En esa decisión se encuentra quizá la primera enseñanza de su historia: no siempre necesitamos conocer el destino para atrevernos a dar el primer paso.

 

 

Cuando el Camino ya no es un cuento

Los primeros días pronto demuestran a Bilbo que recorrer el mundo es muy diferente de escuchar historias junto al fuego. Hay lluvia, hambre, cansancio, noches incómodas y peligros inesperados. Los caminos de Tolkien no son simples líneas dibujadas sobre un mapa. Tienen barro, piedras, pendientes, oscuridad y distancias que parecen interminables.

Esta atención a la experiencia física del viaje no es casual. En 1911, Tolkien participó en una larga excursión a pie por los Alpes suizos. Décadas después recordó aquella aventura y reconoció que había inspirado el recorrido de Bilbo desde Rivendel hasta las Montañas Nubladas y su posterior descenso. El escritor conocía personalmente el peso de una mochila, la incertidumbre de los senderos montañosos y las dificultades de caminar durante jornadas enteras.

Quien ha realizado una larga caminata o una peregrinación reconoce fácilmente este descubrimiento. Al principio se imagina el paisaje, los encuentros o la satisfacción de alcanzar la meta. Después aparece la realidad del cuerpo: los pies cansados, la sed, el clima, la necesidad de encontrar refugio. El Camino recuerda entonces algo que la vida cotidiana permite olvidar: somos vulnerables y necesitamos aprender a convivir con nuestros límites.

Nadie camina verdaderamente solo

Aunque Bilbo abandona Bolsón Cerrado acompañado de Gandalf y trece enanos, su presencia parece responder más a una necesidad práctica que a una relación de amistad. Él mismo se pregunta en numerosas ocasiones qué está haciendo tan lejos de casa.

Pero el Camino modifica lentamente las relaciones. Compartir peligros, alimentos, decisiones y momentos de incertidumbre crea vínculos que difícilmente habrían nacido en otras circunstancias. El pequeño hobbit, inicialmente considerado una carga, termina convirtiéndose en alguien indispensable.

Además, Tolkien concede también una importancia extraordinaria a las paradas. Rivendel, la casa de Beorn y otros lugares de acogida muestran que viajar no significa permanecer continuamente en movimiento. El descanso, una mesa compartida, una conversación o el consejo de alguien que conoce el territorio forman parte del viaje tanto como los senderos recorridos.

Esta es una de las dimensiones más humanas del Camino. El viajero necesita hospitalidad, pero también aprende a recibirla. Descubre que su autonomía tiene límites y que, en ocasiones, continuar depende de la generosidad de un desconocido.

Perderse para descubrirse

Uno de los episodios más reveladores de El hobbit ocurre cuando Bilbo queda separado de sus compañeros en las profundidades de las Montañas Nubladas. Allí, lejos de la seguridad del grupo, encuentra a Gollum y debe recurrir a su ingenio para sobrevivir.

Más adelante, en el Bosque Negro, volverá a enfrentarse a situaciones en las que nadie puede decidir por él. Su intervención frente a las arañas y su capacidad para liberar a los enanos muestran cuánto ha cambiado aquel hobbit que temía perderse una comida.

Pero Tolkien no identifica la madurez únicamente con la valentía o la habilidad para resolver problemas. El cambio más profundo aparece cuando Bilbo desarrolla un criterio moral propio. Durante el conflicto provocado por el tesoro de la Montaña Solitaria, decide entregar la Piedra del Arca para facilitar una negociación y evitar un enfrentamiento. Sabe que su decisión puede costarle la amistad de Thorin, pero termina descubriendo que la verdadera grandeza puede consistir en renunciar a aquello que otros desean poseer.

Sigue siendo Bilbo: pequeño, aficionado a la buena comida y profundamente vinculado a su hogar. Lo que ha cambiado es su manera de situarse ante el mundo.

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Regresar no es volver atrás

Cuando Bilbo regresa finalmente a Bolsón Cerrado, encuentra una escena casi cómica: sus pertenencias están siendo subastadas porque sus vecinos lo consideran desaparecido. Después de atravesar montañas, escapar de criaturas peligrosas y enfrentarse a un dragón, debe resolver un problema bastante más doméstico: recuperar sus propios muebles.

Tolkien introduce así una ironía extraordinaria. El héroe vuelve a casa, pero el mundo cotidiano no lo recibe como esperaba. Además, su reputación de hobbit respetable ha quedado seriamente dañada. Sin embargo, Bilbo ya no concede a esas opiniones la importancia que tenían antes. Ha descubierto otros paisajes, otras formas de vida y otras maneras de comprender el valor de las personas. Su casa sigue siendo querida, pero ya no representa los límites de su universo.

Ese es uno de los grandes descubrimientos de cualquier viaje transformador. Regresar no consiste simplemente en recorrer el mismo itinerario en dirección contraria. El lugar de partida puede permanecer casi idéntico, mientras que nuestra mirada ha cambiado por completo.

El Camino que nunca termina

Muchos años después, en El Señor de los Anillos, encontramos a un Bilbo envejecido, cuya relación con los caminos resulta sorprendentemente distinta. Aquel hobbit que había considerado las aventuras una molestia siente ahora el deseo de marcharse nuevamente. Durante su fiesta de cumpleaños abandona la Comarca y emprende otro viaje, esta vez por decisión propia. Ya no necesita que Gandalf y una compañía de enanos lo arrastren fuera de Bolsón Cerrado.

El cambio es revelador: Bilbo ha dejado de ser alguien que huye de las aventuras para convertirse en alguien que busca nuevos horizontes. Pero su legado más importante no es solamente su propia experiencia. También es una manera de comprender el Camino que transmite a Frodo.

La aventura de Frodo será distinta de la de Bilbo. Su viaje hacia Mordor tendrá un peso más doloroso y consecuencias mucho más profundas. Sin embargo, ambos comparten una misma experiencia fundamental: salir de la seguridad del hogar transforma para siempre la relación con el mundo.

La canción de Bilbo sobre el camino que sigue y sigue expresa precisamente esa continuidad. Hay senderos que parecen extenderse más allá de cualquier destino individual, como si cada viajero participara durante un tiempo en una historia mucho mayor que la suya.

El verdadero tesoro del viajero

Al comienzo de El hobbit, Bilbo Bolsón cree que una vida feliz consiste en permanecer a salvo de acontecimientos inesperados. Al final de su historia, comprende que la seguridad y la plenitud no son necesariamente lo mismo. Ha conocido el miedo, la fatiga, la amistad, la pérdida y la incertidumbre. También ha descubierto la alegría del encuentro, la satisfacción de superar dificultades y la libertad de mirar el mundo sin depender continuamente de la opinión ajena.

Tolkien no nos dice que sea necesario abandonar definitivamente el hogar para encontrar una vida más auténtica. Nos muestra que podemos aprender a amarlo de otra manera después de haber conocido lo grande que es el mundo.

The “hobbit path” to Clonmacnoise

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