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Qué le ocurre al cerebro cuando caminamos en la naturaleza

Caminar en la naturaleza es uno de los antídotos más efectivos contra la rumiación. DimaBerlin - Shutterstock
Caminar en la naturaleza es uno de los antídotos más efectivos contra la rumiación. DimaBerlin - Shutterstock

Intenta recordar la última vez que te sentiste verdaderamente libre. Lo más probable es que no estuvieras quieto. Estabas en movimiento, en algún lugar, y algo poco habitual sucedía en tu cabeza: el zumbido habitual de las preocupaciones se había aquietado y, durante un rato, pensabas con una claridad que nunca llega en casa ni en la oficina, frente a una mesa. Es un fenómeno que hoy puede observarse dentro del cráneo, y explica por qué tantas personas regresan de una peregrinación repitiendo la frase más usada y más sincera del vocabulario del peregrino: “me encontré a mí mismo”.

La palabra clave, sorprendentemente, no es libertad. Es rumiación: ese modo circular y obstinado de pensar en el que la mente vuelve una y otra vez a los mismos pensamientos negativos, al mismo agravio, al mismo error, sin llegar nunca a deshacer el nudo. Es uno de los principales factores de riesgo para la depresión y la ansiedad. Y caminar en la naturaleza, según muestran los estudios, es uno de sus antídotos más eficaces.

Noventa minutos que apagan un circuito

En 2015, un equipo de investigadores de Stanford dirigido por Gregory Bratman llevó a cabo un experimento interesante. Tomaron a personas sanas y las enviaron a caminar durante noventa minutos: la mitad por un entorno natural, la otra mitad junto a una carretera urbana muy transitada. Antes y después midieron dos cosas: cuánto rumiaban los participantes, mediante cuestionario, y la actividad de una región cerebral concreta, la corteza prefrontal subgenual, un área que se activa cuando nos volvemos dolorosamente hacia nuestro interior. Quienes habían caminado en la naturaleza regresaron con menos rumiación y menor actividad en esa región. Quienes habían caminado por la ciudad no mostraron cambios (Bratman et al., PNAS, 2015).

La naturaleza y la duración del ejercicio físico fueron idénticas en ambos grupos. Lo que marcó la diferencia fue un único elemento: quienes caminaron entre vegetación pudieron relajarse de verdad, aflojar la presión de la rumiación, ponerla en pausa. Y esa es precisamente la condición en la que un camino rural sumerge al peregrino durante horas, día tras día. El Camino no es una metáfora de la liberación. Es, literalmente, una intervención neurológica prolongada sobre un cerebro que se estaba atormentando a sí mismo.

La atención que se recarga

Hay un segundo mecanismo, complementario. Los psicólogos Rachel y Stephen Kaplan describieron en la década de 1980 lo que llamaron teoría de la restauración de la atención. La vida urbana y profesional nos impone una atención “dirigida”: esforzada, exigente, obligada a ignorar distracciones y a permanecer concentrada de forma continua. Es un recurso que se agota, como un músculo. La naturaleza convoca otro tipo de atención: una atención “suave”, capturada sin esfuerzo por un río, el viento entre los árboles o el perfil de una colina. Mientras esa atención suave trabaja, la facultad de atención dirigida descansa y se recarga. Después de horas caminando, la mente no queda vacía. Queda despejada.

Estos dos procesos explican juntos una experiencia que casi todos los peregrinos describen. En los primeros días, la cabeza sigue llena: plazos, conversaciones pendientes, resentimientos. Luego, hacia el tercer o cuarto día, algo cede. El ruido interior baja, y en el espacio que se abre empiezan a aflorar pensamientos más profundos: decisiones aplazadas durante años, una claridad sobre uno mismo que la vida ordinaria mantenía reprimida. No es que el camino traiga respuestas. Es que el camino —al reducir la rumiación y recargar la atención— libera la mente lo suficiente para que por fin emerjan las respuestas que ya estaban ahí.

 

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La distancia que nos devuelve a nosotros mismos

Existe incluso una forma de libertad que tiene que ver con el punto de vista. La psicología habla de autodistanciamiento: cuando conseguimos mirar nuestros problemas desde cierta distancia, como si le ocurrieran a otra persona, los procesamos mejor y sufrimos menos por ellos. Caminar pone físicamente distancia entre nosotros y nuestra vida: cada kilómetro nos aleja un poco más de la casa, la oficina, las personas con quienes el conflicto quedó atascado. Y esa distancia espacial se convierte, por dentro, en distancia psicológica. Desde lejos, el asunto que en casa parecía enorme recupera sus proporciones; no por ninguna magia del lugar, sino por la geometría de la mente.

Los romanos lo expresaron en dos palabras: solvitur ambulando, “se resuelve caminando”, y lo decían en el sentido más literal: ciertas cosas solo se entienden cuando el cuerpo está en movimiento. Tenían razón sin poder demostrarlo. Hoy podemos hacerlo. Y conviene señalar que nada de esto exige recorrer el Camino de Santiago: según los datos de Bratman, noventa minutos en un parque bastan ya para mover la aguja. La peregrinación no inventa el mecanismo. Lo concentra y lo prolonga hasta volverlo transformador.

La tecnología mental más antigua

No es casualidad que la filosofía haya caminado siempre. Aristóteles enseñaba paseando, y sus discípulos fueron llamados “peripatéticos” —los que caminan alrededor— por esa razón. Jean-Jacques Rousseau confesó que no podía pensar estando quieto, y confió sus últimos escritos a las Ensoñaciones del paseante solitario. Friedrich Nietzsche, que caminaba durante horas por las alturas de Sils-Maria, llegó a desconfiar de toda idea concebida sentado.

Durante siglos, esta fue la intuición de artistas y pensadores: una superstición productiva sin explicación. La neurociencia no ha hecho más que poner nombre a los circuitos que aquellas personas sentían encenderse: lo que ellas llamaban la inspiración del paso, hoy lo medimos como descenso de la rumiación y recarga de la atención. La libertad de caminar no es un descubrimiento del bienestar contemporáneo. Es una de las tecnologías más antiguas de la mente, redescubierta cada vez por quienes tienen la fortuna —o la necesidad— de ponerse de nuevo en marcha.

Una precisión, sin embargo, merece honestidad. “Encontrarse a uno mismo” no significa convertirse en otra persona. Significa, más a menudo, dejar de ser temporalmente esa versión acosada de uno mismo que produce la rumiación, y regresar a la que estaba debajo. La libertad del camino no añade nada. Resta. Resta el ruido, y lo que queda ya éramos nosotros.

Queda una pregunta, y la dejo a quienes caminan y a quienes todavía no caminan. Si encontrarnos a nosotros mismos requiere solo bajar el volumen de nuestros pensamientos, y bajar ese volumen requiere únicamente mover el cuerpo entre vegetación, ¿por qué hemos construido vidas en las que estamos cada vez más sentados, quietos, bajo techo, frente a pantallas que suben ese volumen en lugar de apagarlo?

Fuentes: G. N. Bratman, J. P. Hamilton, K. S. Hahn, G. C. Daily y J. J. Gross, “Nature Experience Reduces Rumination and Subgenual Prefrontal Cortex Activation”, PNAS 112(28), 2015; R. Kaplan y S. Kaplan, The Experience of Nature: A Psychological Perspective, 1989, teoría de la restauración de la atención; literatura sobre autodistanciamiento y regulación emocional, E. Kross y O. Ayduk.

 

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