Llega un momento en la vida en el que uno se levanta por la mañana, mira el calendario y tiene la clara sensación de que el año está prácticamente terminado, aunque todavía no haya llegado a su ecuador. Las reuniones se multiplican, las notificaciones invaden hasta el último resquicio de silencio y persiste la sensación de estar corriendo sobre una cinta cuyo ritmo controla otra persona.
Según algunos neurocientíficos, esta experiencia responde a una distorsión subjetiva del tiempo: cuanto más fragmentada está nuestra vida por las interrupciones digitales y las rutinas automáticas, más tiende a comprimirse la memoria episódica y más rápido parece transcurrir el tiempo. La paradoja es evidente: estamos más conectados que nunca y, sin embargo, sentimos que cada vez disponemos de menos tiempo. Al llegar a los sesenta, esta percepción puede hacerse especialmente intensa. Y es precisamente entonces cuando, para muchas personas, aparece un camino.
Caminar para pensar
Antes de convertirse en una práctica espiritual con sus propios códigos, caminar era una forma de procesar la experiencia humana. Aristóteles lo sabía y enseñaba mientras paseaba. Rousseau también lo intuyó. Hoy, distintas investigaciones respaldan esa relación y han observado que caminar puede aumentar significativamente el pensamiento creativo y reducir algunos indicadores biológicos del estrés.
Pero la peregrinación añade algo al simple paseo: una dirección. Caminar hacia una meta, incluso cuando esa meta tiene un significado simbólico, activa una disposición mental diferente de la rumiación. El movimiento adquiere una intención concreta, que involucra al cuerpo y libera a la mente de la necesidad constante de producir resultados.
A los sesenta años, después de décadas adaptándose a los ritmos de los demás, caminar siguiendo una dirección elegida por uno mismo se convierte en un acto casi político.
Una nueva generación de peregrinos
Durante los últimos diez años, el Camino de Santiago ha experimentado una discreta transformación demográfica. Más de la mitad de los peregrinos que llegan actualmente a Compostela declaran motivaciones no religiosas o una combinación de razones espirituales, culturales y personales. El grupo de edad comprendido entre los sesenta y los setenta años es uno de los que más ha crecido durante los últimos cinco años.
El fenómeno se extiende más allá de la península ibérica. El Kumano Kodo, en Japón, una red de rutas reconocida por la UNESCO que atraviesa los milenarios bosques de cedros sugi de la península de Kii, registra también un aumento de caminantes occidentales de edad avanzada. El Cammino di Francesco, que desciende desde La Verna hasta Asís atravesando los Apeninos de Umbría, atrae cada año a una proporción creciente de personas que no se consideran creyentes, pero que buscan, según expresan muchos de los testimonios recogidos a lo largo de la ruta, «algo a lo que todavía no saben poner nombre».
Esa búsqueda, sin embargo, responde a una experiencia muy concreta. La peregrinación secular exige presencia, quizá el lujo más escaso en una época marcada por la dispersión de la atención. Recorrer cien kilómetros requiere tiempo real, atención sostenida y un cuerpo en movimiento. En ese proceso, el cuerpo se convierte en maestro y, paradójicamente, a los sesenta años uno puede estar por fin preparado para escucharlo.
Recuperar el tiempo propio
Existe también una dimensión económica del turismo de peregrinación que merece la pena considerar, porque revela hasta qué punto este fenómeno ha dejado de ser una actividad minoritaria. El segmento del turismo espiritual y de bienestar está creciendo a un ritmo que las grandes cadenas hoteleras han comenzado a estudiar con atención. Los peregrinos realizan estancias más largas, gastan de manera más consciente y, con frecuencia, regresan.
Pero la verdadera economía de la peregrinación es interior y no aparece reflejada en ningún balance. Tiene que ver con lo que algunos sociólogos denominan Eigenzeit, el tiempo propio, en contraposición al tiempo que organizan y determinan los demás.
A los sesenta años, después de cuatro décadas en las que el tiempo ha pertenecido a las empresas, a los hijos o a las exigencias del mercado, la peregrinación ofrece algo que ningún complejo turístico puede reproducir: la posibilidad de recuperar el propio ritmo biológico.
El ser humano camina aproximadamente a cinco kilómetros por hora. Durante milenios, esa fue la velocidad a la que se recorría el mundo, hasta que terminó convirtiéndose en una excepción. Volver a ella supone una recalibración de nuestra experiencia cotidiana y, como sucede con cualquier reajuste profundo, modifica la manera de percibir todo lo demás.
Cuando el tiempo vuelve a llenarse de detalles
Quienes regresan de una larga peregrinación suelen describir una experiencia semejante: el tiempo vuelve a llenarse de detalles. El color de las piedras a las siete de la mañana, el olor de la lluvia sobre un campo de trigo o ese momento en el que, después de tres horas caminando, el pensamiento del teléfono móvil desaparece por sí solo.
La investigación neurocientífica relaciona experiencias de este tipo con la actividad de la llamada red neuronal por defecto, un conjunto de regiones cerebrales implicadas en la reflexión sobre la propia identidad, la memoria autobiográfica y la construcción del sentido del yo. La actividad de esta red varía según el contexto y puede verse favorecida por momentos de introspección, como los que propicia el movimiento rítmico en entornos desconocidos, lejos de las exigencias constantes de la vida digital.
A los sesenta años, recuperar esa conexión con uno mismo puede convertirse en una de las tareas más importantes que quedan por delante. Después de una vida organizada alrededor de obligaciones, compromisos y expectativas ajenas, caminar ofrece la posibilidad de volver a experimentar el tiempo como algo propio, de reconocer el ritmo del cuerpo y de descubrir que todavía es posible elegir hacia dónde dirigir los pasos.
La verdadera pregunta, entonces, es esta: ¿cuántos años más estamos dispuestos a vivir al ritmo que marcan los demás?
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