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Junrei: el arte japonés de peregrinar

Señalización para peregrinos en el Shikoku Henro Brester Irina - Shutterstock
Señalización para peregrinos en el Shikoku Henro Brester Irina - Shutterstock

Antes de atravesar la puerta de un templo, el peregrino se detiene. Inclina ligeramente el cuerpo, cruza el umbral y se dirige al lugar de purificación. Después llegan el agua, el incienso, la vela, la oración y la ofrenda. Solo al final, una vez establecido el vínculo con el lugar, puede solicitar el sello que certifica su paso.

La secuencia parece sencilla, pero contiene una idea decisiva: peregrinar no consiste únicamente en desplazarse. También implica aprender a entrar, permanecer y marcharse.

En Japón, esta forma de viajar recibe con frecuencia el nombre de junrei. El término designa, en su sentido religioso clásico, una peregrinación por una sucesión de templos, santuarios o lugares sagrados. A diferencia de los itinerarios lineales que conducen hacia una única meta, muchas peregrinaciones japonesas adoptan la forma de circuito o de red. Cada escala importa por sí misma, pero también por su relación con las anteriores y las siguientes.

El viajero no se limita a alcanzar un destino final. Repite gestos, atraviesa paisajes y aprende a modificar su conducta. Esa repetición convierte el camino en disciplina interior.

Un junrei, muchos junrei

No existe un único junrei japonés. El término abarca una familia de prácticas de movilidad religiosa que enlazan templos, santuarios, montañas y comunidades de acogida.

El ejemplo más conocido es el henro de Shikoku, un circuito de 88 templos asociado a Kūkai, también llamado Kōbō Daishi, una de las grandes figuras del budismo japonés. El recorrido completo rodea la isla y puede superar los 1.200 kilómetros. Su lema más célebre es dōgyō ninin, “dos caminando juntos”: el peregrino avanza simbólicamente acompañado por el maestro.

Kumano Kōdō responde a otra lógica. No es un solo sendero, sino una red de caminos históricos que atraviesan los montes Kii y conducen a los grandes santuarios de Kumano. Durante siglos, el esfuerzo físico de caminar por bosques, pasos y aldeas se entendió como parte de un proceso de purificación y renovación.

Saigoku Sanjūsansho, por su parte, enlaza 33 templos dedicados a Kannon, figura vinculada a la compasión. Se considera la peregrinación de Kannon más antigua de Japón y dio origen a numerosas reproducciones regionales para quienes no podían recorrer el itinerario original.

Estas diferencias son importantes. No todo junrei es henro, ni todas las rutas poseen la misma organización. Shikoku insiste en el vínculo con Kōbō Daishi; Kumano integra con especial intensidad el paisaje y la purificación; Saigoku articula el viaje alrededor de Kannon y de los 33 templos. Sin embargo, todas comparten una idea: el lugar sagrado no está aislado. Forma parte de una secuencia que transforma al viajero mediante la los gestos y los encuentros.

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Las normas que no parecen normas

Las reglas tradicionales del junrei no nacieron como un reglamento turístico ni como un código jurídico uniforme. Surgieron de una combinación de ritual, cortesía, disciplina corporal y convivencia con las comunidades locales. Por eso, más que prohibiciones, forman una pedagogía.

En Shikoku, el orden clásico de la visita comienza con una reverencia ante la puerta del templo. Después, el peregrino se purifica en el lavabo, toca la campana —si está permitido— antes del culto, ofrece una vela, incienso y una pequeña limosna, y recita sutras en el edificio principal y en el pabellón dedicado a Kōbō Daishi. Solo entonces solicita el nōkyō, el sello caligrafiado que acredita la visita.

La asociación de los 88 templos insiste en que ese sello no es un recuerdo turístico. Tradicionalmente representa una relación devocional establecida mediante la oración o la entrega de un sutra. En Saigoku, el goshuin cumple una función semejante y no debería reducirse a una colección de estampaciones visualmente atractivas.

Esta distinción resulta especialmente relevante hoy, cuando los sellos de templos se han convertido en objetos populares entre visitantes y coleccionistas. La norma tradicional recuerda que la prueba del viaje no puede sustituir a la experiencia. Fotografiar, sellar o registrar una visita no equivale a haber prestado atención.

La indumentaria posee un significado similar. En Shikoku, el peregrino tradicional viste de blanco, lleva estola, sombrero de junco, rosario y bastón. El blanco representa pureza, pero antiguamente también podía evocar el sudario: quien emprendía el largo circuito debía aceptar la posibilidad de no regresar.

El bastón, o kongōzue, no es un simple apoyo. Simboliza al propio Kōbō Daishi y debe tratarse con respeto. La vieja costumbre de no apoyarlo sobre los puentes recuerda una leyenda según la cual el maestro pasó una noche bajo uno de ellos. El objeto enseña, por tanto, que caminar no es una empresa completamente individual.

Una ética más que una coreografía

Sería un error reducir el junrei a la ejecución correcta de gestos. Las normas externas tienen sentido porque expresan una actitud.

La reverencia enseña a no entrar de manera indiferente. La purificación coloca la disposición interior antes de la petición. El silencio impide que la propia presencia domine el lugar. La ofrenda recuerda que no todo consiste en recibir. La limpieza muestra que el peregrino es responsable de aquello que deja tras de sí.

En Shikoku, los llamados Diez Buenos Preceptos se presentan todavía como guía moral. Incluyen no matar, no robar, no mentir, evitar el lenguaje dañino, controlar la avidez y no dejarse dominar por la ira. No funcionan como un sistema policial, sino como una medida de la transformación personal.

El camino pone continuamente a prueba esa ética. El cansancio, la lluvia, los retrasos y la convivencia pueden convertir la peregrinación en un ejercicio de irritación. La disciplina consiste en observar cómo se responde a esas dificultades.

De poco serviría completar cientos de kilómetros si el peregrino termina tratando con impaciencia a quienes lo atienden, deja basura o bloquea el paso para conseguir una fotografía. La verdadera medida del viaje no está en la distancia, sino en la conducta.

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Recibir sin exigir: el sentido del osettai

Una de las tradiciones más singulares de Shikoku es el osettai, la ayuda ofrecida espontáneamente al peregrino. Puede consistir en comida, bebida, alojamiento, indicaciones o un pequeño obsequio.

No se trata de una propina ni de un servicio contratado. Tampoco es algo que el caminante pueda reclamar. La ayuda nace de la comunidad y se recibe con gratitud.

El osettai crea una relación que va más allá del intercambio económico. Quien ofrece participa simbólicamente en la peregrinación; quien recibe debe hacerlo sin apropiarse de la generosidad ajena. Agradecer, no abusar y evitar comparar los regalos forman parte de la ética del camino.

Esta tradición conserva una lección de gran actualidad. El peregrino contemporáneo depende de una red de personas que mantienen sendas, gestionan alojamientos, limpian templos y actualizan señalizaciones. La idea romántica del viajero completamente autosuficiente oculta ese trabajo colectivo.

El lema “dos caminando juntos” puede entenderse también de esta manera: nadie camina solo, aunque recorra la ruta en solitario.

Cómo vivir hoy unas normas antiguas

La continuidad del junrei no depende de reproducir exactamente la apariencia del pasado. Las rutas aceptan hoy formas muy diferentes de participación.

No es obligatorio vestir el conjunto tradicional. Muchos peregrinos utilizan ropa técnica y añaden únicamente un chaleco blanco, una estola o el bastón. Lo importante es evitar que esos elementos se conviertan en disfraz. Llevarlos supone aceptar el comportamiento asociado a ellos.

Tampoco es necesario realizar todo el recorrido a pie. Shikoku puede completarse caminando, en bicicleta, coche o autobús. Saigoku se apoya a menudo en el ferrocarril, y existen circuitos urbanos que combinan templos y transporte público. Caminar conserva un valor simbólico especial, pero utilizar medios modernos no elimina automáticamente la experiencia.

La cuestión está en la atención. Un vehículo permite llegar más deprisa, pero puede convertir el viaje en una sucesión acelerada de aparcamientos y sellos. El desafío consiste en impedir que la velocidad borre la capacidad de detenerse.

 

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Quien no conozca los sutras tampoco queda excluido. Puede realizar una reverencia, guardar silencio o formular una intención personal. No es necesario fingir una fe que no se posee. Sí es necesario reconocer que el templo tiene un significado anterior a la llegada del visitante.

La tecnología también puede integrarse con naturalidad. Los mapas digitales, las reservas y los avisos de cierres facilitan la peregrinación. En Kumano, los servicios oficiales ofrecen transporte de equipaje, perfiles de dificultad y actualizaciones sobre desprendimientos. Estos recursos no contradicen la tradición: permiten recorrer el paisaje con mayor seguridad.

El problema comienza cuando el teléfono ocupa el centro de la experiencia. Si cada templo se convierte en una fotografía y cada etapa en un dato de rendimiento, el instrumento termina imponiendo su lógica al camino.

Nuevas reglas para una antigua cortesía

Las peregrinaciones actuales están sometidas a normas que sus primeros caminantes nunca conocieron. Hay horarios para recibir sellos, reservas obligatorias, restricciones de acampada, prohibiciones de encender fuego y cierres temporales por tifones o deslizamientos.

En Kumano, la condición de Patrimonio Mundial ha reforzado la protección del paisaje. No se permite acampar libremente en determinados tramos, abandonar basura, salirse de la ruta o dañar la flora y la fauna. En Shikoku, las asociaciones publican desvíos por obras y lluvias. En Saigoku, los cambios de transporte o los horarios de cada templo condicionan la planificación.

Estas reglas pueden parecer puramente administrativas, pero prolongan una antigua obligación: no convertir la propia peregrinación en un problema para los demás.

Reservar alojamiento evita llegar de improviso a comunidades con recursos limitados. Respetar un desvío protege tanto al caminante como a los equipos de mantenimiento. Llevarse la basura expresa la misma modestia que la reverencia ante la puerta.

La regulación moderna ha cambiado el lenguaje de la norma, no necesariamente su espíritu. Lo que antes se expresaba mediante rituales y costumbres aparece ahora también en mapas, ordenanzas y protocolos de seguridad.

 

 

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Peregrinar sin ser budista

El junrei contemporáneo admite motivaciones muy diversas. Hay quienes caminan para recordar a una persona fallecida, pedir por la salud, afrontar una crisis, conocer el patrimonio o alejarse temporalmente de la rutina.

No todos los peregrinos se consideran creyentes. Algunas personas comienzan el camino por interés cultural o deportivo y descubren después una experiencia más profunda. Otras mantienen una mirada secular durante todo el recorrido. La diferencia decisiva no está en la etiqueta de “peregrino” o “turista”. Está en la forma de comportarse.

Un visitante sin fe puede actuar con enorme respeto. Un peregrino declarado puede reducir la ruta a una competición. La autenticidad no depende tanto de afirmar una identidad como de escuchar, aprender los gestos básicos y aceptar que el lugar no existe para satisfacer al viajero.

Aprender a no pasar de largo

El junrei ha sobrevivido porque sus formas pueden cambiar sin que desaparezca su núcleo. La vestimenta puede simplificarse, el mapa puede trasladarse al teléfono y el tren puede sustituir algunos días de marcha. Lo que no debería perderse es la disciplina de la atención.

Peregrinar en Japón significa entrar sin imponerse, recibir sin exigir, caminar sin dejar una carga y comprender que el sello no vale más que el encuentro. Al final, la enseñanza más profunda del junrei no pertenece exclusivamente al budismo ni a Japón. Habla de una forma de estar en el mundo: detenerse ante lo que otros consideran sagrado, agradecer la ayuda recibida y reconocer que ningún camino nos pertenece por completo.

El peregrino contemporáneo no necesita imitar exactamente a quienes recorrieron esas rutas hace siglos. Necesita aprender, como ellos, a no atravesar lugares, personas y paisajes como si nada de aquello tuviera significado.

 

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Entrada también disponible en: English Italiano

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