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Por qué algunos paisajes nos calman y otros nos inquietan

Mujer solitaria caminando por la marea baja en la playa en Portugal, en el Camino Portugués a Santiago Soloviova Liudmyla - Shutterstock
Mujer solitaria caminando por la marea baja en la playa en Portugal, en el Camino Portugués a Santiago Soloviova Liudmyla - Shutterstock

No todos los horizontes producen el mismo efecto. Algunos nos ensanchan la respiración; otros nos aprietan el pecho. Y no es solo una cuestión de gustos.

Hay una luz que cae sobre el Camino Primitivo, en Galicia, hacia las cinco de la tarde de octubre, difícil de describir sin sonar exagerado. Una luz verde y dorada, filtrada entre robles y castaños centenarios, que transforma los senderos aún húmedos por la lluvia de la mañana en algo parecido a una pintura flamenca: esa cualidad luminosa, casi irreal, que Vermeer perseguía dentro de un estudio y que aquí aparece simplemente como el mundo tal y como es.

Quien camina dentro de esa luz suele dejar de hablar. No por acuerdo, ni por cortesía, ni porque alguien lo haya pedido. Simplemente ocurre. Como si las palabras se volvieran demasiado ruidosas para permanecer cerca de algo tan frágil. Como si abrir la boca pudiera romper algo precioso.

¿Poesía? No exactamente.

En 1984, un investigador llamado Roger Ulrich publicó en la revista Science un estudio que cambiaría para siempre la manera de diseñar hospitales y, poco a poco, muchos otros espacios públicos. Ulrich analizó las historias clínicas de pacientes operados de vesícula en un hospital de Pensilvania. Los dividió en dos grupos según una sola variable: la ventana de la habitación. Unos veían un pequeño grupo de árboles. Los otros, una pared de ladrillo.

Todo lo demás —diagnóstico, cirujano, medicación y protocolo postoperatorio— era idéntico.

 

Regenerative pilgrimage: Traveling to care

Los resultados fueron contundentes: los pacientes con vistas a los árboles abandonaban el hospital casi un día antes, necesitaban menos analgésicos, registraban menos incidencias en las notas de enfermería y sufrían menos complicaciones postoperatorias. Un muro de ladrillo o un pequeño bosque: misma habitación, mismo tratamiento, resultados distintos.

Era la primera demostración experimental sólida de algo que la humanidad intuía desde hace siglos: el entorno no es un decorado neutral. Participa activamente en nuestra fisiología.

Desde entonces, la investigación sobre cómo los paisajes afectan a la mente y al cuerpo ha crecido enormemente. Hoy sabemos que los entornos naturales con agua visible, vegetación variada y horizontes abiertos tienden a reducir los niveles de cortisol, la presión arterial y la frecuencia cardiaca en personas sometidas a estrés. También sabemos que los paisajes saturados de estímulos artificiales producen el efecto contrario.

Pero lo más interesante no es la oposición simplista entre “naturaleza buena” y “ciudad mala”. Lo realmente revelador es el matiz. No todos los paisajes naturales generan la misma respuesta. No todos los paisajes “bonitos” hacen lo mismo con nosotros.

 

The silence of nature as an experience of inner healing

Las grandes llanuras —el Altiplano boliviano a 3.800 metros de altitud, las estepas de Kazajistán o las pampas argentinas— despiertan en muchos viajeros una sensación difícil de clasificar. No es exactamente calma. Tampoco ansiedad. Se parece más a una especie de vértigo existencial sereno: la sensación de ser pequeños de una manera absoluta.

No pequeños frente a una montaña o un edificio, sino pequeños frente al horizonte mismo, que se despliega en todas direcciones hasta que la curvatura de la Tierra parece insinuarse. Los pueblos que han habitado estas planicies durante milenios suelen describirlas como lugares sagrados. No porque haya templos ni porque un dios concreto viva allí, sino porque diluyen el ego de una forma que ninguna arquitectura humana consigue reproducir.

Las montañas inmensas, los acantilados sobre el mar, los volcanes activos o los bosques antiguos donde apenas entra la luz producen otra emoción distinta: aquello que los filósofos del siglo XVIII llamaban lo sublime y que la psicología contemporánea estudia bajo el concepto de awe, una mezcla de asombro, sobrecogimiento y pequeñez.

No es simple admiración. Es la sensación de estar ante algo que desborda nuestra capacidad habitual de comprensión.

El investigador Dacher Keltner, de la Universidad de Berkeley, ha dedicado años al estudio de esta emoción. Sus trabajos muestran que las experiencias de awe vuelven temporalmente a las personas más generosas, más cooperativas y menos obsesionadas consigo mismas. También alteran la percepción del tiempo y ayudan a situar la propia vida en una perspectiva más amplia.

 

Forest bathing and pilgrimage: When the forest becomes a sanctuary

El paisaje que nos supera —en la medida justa— modifica nuestro comportamiento.

Las grandes rutas de peregrinación del mundo parecen organizadas, aunque quizá “organizadas” no sea la palabra adecuada para algo moldeado por siglos de caminata colectiva, como una sucesión de paisajes capaces de provocar estados emocionales diferentes, casi como movimientos de una sinfonía.

El Camino Francés hacia Santiago atraviesa primero la Meseta castellana: cientos de kilómetros de trigo, viento y cielo abierto donde apenas existe refugio y donde el peregrino no tiene otra opción que convivir consigo mismo. Después llegan los paisajes más íntimos y cambiantes de Galicia, con sus lluvias repentinas, sus bosques de eucaliptos y sus robledales húmedos.

Son dos geografías completamente distintas y exigen dos formas diferentes de atención. La Meseta expande. Galicia envuelve. Quien ha recorrido ambas lentamente —dándoles tiempo para actuar— llega a Santiago con algo distinto. Algo que difícilmente experimenta quien aterriza en avión y camina solo los últimos cien kilómetros.

En los años setenta, el geógrafo Yi-Fu Tuan introdujo el concepto de topofilia: el vínculo afectivo que los seres humanos desarrollamos con determinados lugares. No es mero sentimentalismo. Tiene raíces evolutivas profundas.

Nuestros antepasados necesitaban evaluar rápidamente si un entorno era seguro o peligroso, rico en recursos o hostil. Esas valoraciones siguen ocurriendo hoy, codificadas en la amígdala, el sistema límbico y otras estructuras cerebrales primitivas, mucho antes de que intervenga la razón consciente. El paisaje nos juzga antes de que nosotros lo juzguemos a él.

La próxima vez que te sientas inexplicablemente en paz en un lugar desconocido, o incómodamente inquieto en un paisaje que sobre el papel debería parecerte hermoso, quizá convenga considerar otra posibilidad: que tu sistema nervioso esté interpretando algo real. Algo que tus ojos no llegan a formular, pero que tu cuerpo sí percibe. El territorio habla. Simplemente hemos olvidado cómo escucharlo.

Referencias

Ulrich, R.S. (1984). View through a window may influence recovery from surgery. Science, 224. Science article

Keltner, D. & Haidt, J. (2003). Approaching awe, a moral, spiritual, and aesthetic emotion. Cognition & Emotion. PubMed reference

Entrada también disponible en: English Italiano

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