Durante siglos, el Monte Tabor ha atraído tanto a peregrinos como a viajeros profanos. Es una de esas montañas que no impresionan por su altura —apenas 575 metros sobre el mar—, sino por el modo en que parece concentrar el cielo. Desde los primeros cronistas medievales hasta los románticos del siglo XIX, todos los que lo contemplaron sintieron que el Tabor ofrecía algo más que una vista: ofrecía una revelación.
El Monte Tabor se alza como una isla solitaria en la vasta llanura de Esdrelón, al noreste de Israel. Su silueta redondeada y armónica destaca en el horizonte como una cúpula natural. No forma parte de ninguna cordillera, y por eso su presencia es tan magnética: parece un monte elegido, separado del resto del mundo.
Las laderas están cubiertas de encinas, lentiscos y tomillos. En primavera florecen lirios blancos y anémonas rojas, y el aire tiene un perfume seco, resinoso. Desde la cima, la vista abarca toda Galilea: al norte, el Hermón nevado; al oeste, el Carmelo; al este, el valle del Jordán. No hay mejor lugar para entender la geografía bíblica: el paisaje entero parece una página abierta de historia sagrada.
Quien sube al Tabor al amanecer comprende por qué las montañas son metáforas del espíritu. La bruma se disuelve con la primera luz, las sombras se retiran, y uno siente que la tierra se abre hacia el cielo. Por eso, incluso para el viajero laico, el Tabor sigue siendo un escenario de revelación.
Del Baal cananeo al Cristo transfigurado

Mucho antes de que el Tabor fuera cristiano, fue sagrado para los cananeos. En la Edad del Bronce, allí se rendía culto a Baal, señor de la tormenta y la fertilidad. Era un dios del trueno, del ciclo agrícola, del cielo que fecunda la tierra. Los fenicios llevaron ese culto hasta la isla de Rodas, donde levantaron un templo a Zeus Atabyrion —nombre que deriva directamente de Atabyrion, o Tabor—. Aquella asociación entre montaña, divinidad y fertilidad convirtió al Tabor en un axis mundi mediterráneo, un punto donde el cielo tocaba la tierra.
Más tarde, el profeta Oseas denunciaría estos altares (Os 5,1), y la montaña pasó a integrarse en la geografía del monoteísmo. En el Antiguo Testamento, el Tabor aparece en los cánticos de Débora: allí se convoca al ejército israelita que derrotará a Sísara. También los Salmos lo mencionan junto al Hermón como símbolo de la grandeza de Dios.
Con el cristianismo, el Tabor adquiere su significado más universal: es el Monte de la Transfiguración. Los Evangelios no lo nombran explícitamente, pero desde el siglo IV los teólogos Orígenes y Cirilo de Jerusalén lo identificaron con el “monte alto” donde Jesús resplandeció ante Pedro, Santiago y Juan. En esa escena, Cristo conversa con Moisés y Elías, y una nube luminosa envuelve a los tres discípulos. La tradición lo interpreta como una epifanía de la divinidad: el momento en que la luz interior de Cristo se manifiesta ante los hombres.
De este modo, la montaña de Baal —el dios de la tormenta— se convierte en la montaña de la luz, donde el relámpago pagano se transfigura en resplandor espiritual. La continuidad es sorprendente: la idea de un monte donde se revela la fuerza del cielo atraviesa tres milenios de historia religiosa.
En el islam, el Tabor —Jabal al-Tur— también es conocido y respetado. En sus faldas habitan desde hace siglos comunidades drusas y musulmanas que comparten espacio con los monasterios cristianos. Así, en pleno corazón de Galilea, el monte sigue siendo un territorio de encuentro entre las tres religiones del Libro.
Guerras, ruinas y reconstrucciones
El Tabor no solo fue escenario de revelaciones: también de guerras. Su posición aislada y su visibilidad lo convirtieron en una fortaleza natural.

Durante la Gran Revuelta Judía (66 d.C.), el historiador Flavio Josefo ordenó fortificarlo. Las tropas romanas sitiaron el monte y acabaron rindiéndolo tras cortar su acceso al agua. De aquella resistencia quedan ruinas en la cima, testimonio de un heroísmo antiguo.
En época bizantina, Santa Elena —la madre de Constantino— erigió una iglesia sobre los restos del templo pagano. Pronto se levantaron tres capillas, evocando las tres tiendas del Evangelio. En el siglo VI, el Anónimo de Piacenza ya las menciona como destino de peregrinación. Durante la Edad Media, los cruzados lo amurallaron y fundaron un monasterio benedictino; pero tras la derrota de Hattín, Saladino arrasó todo en 1187. Aún se intentó reconstruirlo, pero en 1263 el sultán Baybars lo destruyó por completo.
Siglos después, en 1631, el emir druso Fakhr al-Din permitió a los franciscanos regresar al monte. Levantaron una pequeña hospedería y comenzaron una restauración paciente, entre ruinas y maleza. Tres siglos más tarde, el arquitecto Antonio Barluzzi coronó su obra: la Basílica de la Transfiguración (1924), un edificio de piedra clara, románico y bizantino a la vez, con dos torres que simbolizan a Moisés y Elías. Bajo el altar, la cripta conserva el ábside de la antigua iglesia bizantina. La luz que entra por los vitrales del ábside central —una luz dorada, tenue y cálida— parece querer recordar al visitante que esta montaña siempre fue luminosa.
Incluso en tiempos modernos el Tabor fue escenario bélico: en 1799, las tropas de Napoleón Bonaparte se enfrentaron a los otomanos en sus faldas. Ganaron los franceses, pero la montaña permaneció impasible, testigo mudo de otra contienda más.
Los viajeros que miraron el Tabor

El Anónimo de Piacenza, en el siglo VI, escribió que en la cima del Tabor había tres iglesias, como las “tres tiendas” que Pedro quiso levantar durante la Transfiguración. Esa observación breve es una joya de la literatura de viajes antigua: nos habla de un tiempo en que los peregrinos subían la montaña no para fotografiar el paisaje, sino para experimentar su fuerza.
Mil años más tarde, el monte seguía ejerciendo el mismo magnetismo, aunque con otro lenguaje. En 1869, Mark Twain lo visitó durante su recorrido por Tierra Santa. Su descripción, en Los inocentes en el extranjero, mezcla ironía y admiración: “Abajo se extendía la llanura de Esdrelón, cuadriculada como un tablero de ajedrez; ruinas grises de todas las edades reposaban entre el polvo. No había reliquias sagradas ni huesos de santos, solo la melancolía de la historia.” Twain, sin proponérselo, captó la esencia del Tabor: un monte hecho de memorias superpuestas, donde lo sagrado y lo humano se confunden.
Otros viajeros, como Chateaubriand o Lamartine, escribieron sobre él con la emoción de quien contempla un símbolo del alma. Y en cierto modo, todos tenían razón: el Tabor no pertenece solo a una religión o a una época. Es una montaña que cambia de rostro según quién la mire.
El Monte Tabor hoy: experiencia de una montaña viva
Hoy, el visitante que asciende al Tabor encuentra dos monasterios —uno franciscano y otro ortodoxo—, jardines, ruinas cruzadas y un silencio que no es ausencia, sino presencia. Cada 6 de agosto, la fiesta de la Transfiguración reúne a cristianos de todo el mundo: la cima se llena de cánticos en arameo, árabe, italiano, español, ruso. Es un momento de comunión universal, donde la liturgia se mezcla con el amanecer.
Durante el resto del año, el monte vive tranquilo. Los pueblos de sus faldas —Daburiyya, Shibli-Umm al-Ghanam— son comunidades mixtas donde conviven musulmanes, judíos y cristianos. En otoño celebran la fiesta de la cosecha de la aceituna, y en verano el Festival de Jazz del Tabor, que atrae a músicos de todo el mundo. La música, la tierra y la oración se alternan con naturalidad, como si el monte aceptara todos los lenguajes de la belleza.
Subir al Tabor hoy requiere disposición a escuchar. Desde la Puerta del Viento hasta la basílica, el camino serpentea entre bosques y miradores. En lo alto, la vista se abre y el aire huele a piedra caliente y a incienso. Quien llega hasta arriba —sea peregrino o turista— siente lo mismo que Pedro en el Evangelio: “Maestro, qué bien se está aquí.”
Y en esa frase sencilla, pronunciada hace dos mil años, se condensa todo lo que el Tabor sigue enseñando: que a veces basta con detenerse, mirar y dejar que la luz nos transforme, aunque sea solo por un instante.
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