En los años 20, Mejorada del Campo, un municipio del este de Madrid, era un lugar principalmente agrícola. Las huertas, en las confluencias de los ríos Jarama y Henares, hacían del lugar un excelente terreno para la producción de tomates y otras hortalizas. Un lugar con una actividad rural común, propia de la época.
En este contexto, el 20 de septiembre de 1925 (hace 100 años) nacería Justo Gallego, un visionario que pondría a esta localidad madrileña en el centro del mundo del arte. ¿La razón? Una catedral, “La catedral de Justo”, realizada únicamente utilizando material de desecho del polígono industrial cercano. A pesar de su nombre, este templo no es propiamente un lugar de culto, ya que nunca fue reconocido ni consagrado por el obispo de la diócesis.
Justo Gallego puede ser denominado labrador, albañil o arquitecto; algunos lo llamarían “el loco de la Catedral” y otros pensarán que fue un genio. Lo que Justo quiso ser, y finalmente lo consiguió, es monje y seguir la regla de San Benito: Ora et Labora.

«Un templo para Dios»
Y no fue fácil. Nada fácil. Justo decide unirse, nada más terminar la Guerra Civil, a la Comunidad Monástica de Santa María de Huerta. Allí comienza su sueño de ser monje, pero la historia se complica. A los 36 años enferma de tuberculosis. Los monjes, un buen día, se reúnen y, con motivo de la enfermedad infecciosa, le invitan a abandonar la comunidad por el bien del monasterio. Justo no se resiste y vuelve a su localidad natal.
Allí, tras heredar un terreno, le hace una promesa a la Virgen: “Si me curo, haré un templo para Dios”. Al final de ese mismo año comienza a mejorar, nivela el terreno y el día de la Virgen del Pilar, el 12 de octubre de 1961, colocaría la primera piedra. Consagrará así su vida a ese nuevo ideal y se convertiría en un monje que dedicará su vida al estudio, el trabajo y la oración. Empezaría a construir por inspiración y con el conocimiento que fue adquiriendo, leyendo libros en latín sobre arquitectura románica y castillos medievales.
El estilo arquitectónico romano (para él, el más fino), la Basílica de San Pedro en Roma y la arquitectura neoclásica serían su inspiración, a las que iría añadiendo particularidades propias que no se encuentran en ningún otro edificio del mundo.

Justo Gallego no tenía experiencia arquitectónica previa y los comienzos fueron complicados. El estudio y una original visión le darán su impronta fundamental: la utilización de materiales reciclados. Va desarrollando impresionantes técnicas de construcción únicas y comienza a tener ayudas de familiares y amigos.
A partir de los años 80 la Catedral comienza a emerger, va cogiendo forma y la ayuda se multiplica. Neumáticos de goma, botes de desechos químicos llegados de China o donaciones de las fábricas cercanas de Mejorada del Campo son el material que poco a poco va conformando una totalidad novedosa, asombrosa y sorprendente.
El foco se va poniendo en la Catedral de Justo, y Justo Gallego empieza a ser conocido. Se le invita a participar en una exposición en el MoMA de Nueva York y la marca comercial Aquarius se fija en él para una campaña publicitaria que le hizo ser reconocido internacionalmente. La Catedral aparece en The New York Times, las televisiones de todo el mundo se hacen eco de esta “bendita locura” y organizaciones internacionales comienzan a ayudarle. En 2019 el Canal 4 del Reino Unido le dedicará un programa entero en máxima audiencia.
Transición y legado
En 2021, y para que la Catedral pueda seguir manteniéndose, Justo Gallego dona el edificio al Padre Ángel y a Mensajeros de la Paz, una conocida ONG española. Poco después fallecería dejando un legado inimaginable. Un legado que, gracias al Padre Ángel, se ha convertido en un centro de espiritualidad (con Capilla de la Virgen de Covadonga, Mezquita, Sinagoga y lugar interreligioso) y un centro social (donde se llevan proyectos de Hogares y se ofrece banco de alimentos a más de 20 familias de la localidad).
Aunque popularmente se la denomine “catedral”, no lo es en sentido canónico, pues nunca fue consagrada por la Iglesia. Justo Gallego quiso crear una “ciudad de Dios” en la ciudad de los hombres y para ello dotó al edificio de numerosos elementos: 4.700 metros cuadrados de construcción, 35 metros de altura y 50 metros de largo, 2 claustros, 1 cripta y 1 baptisterio; 28 cúpulas, 12 torreones y más de 1.200 vidrieras.

Un lugar asombroso
El visitante queda maravillado por las dimensiones del edificio, por el tesón de Justo, por la perseverancia de un hombre y por la originalidad de cada elemento que contiene. La Catedral está toda redondeada con un sistema de hierros-muelles que hacen muy originales todos los espacios. “Tras las esquinas anda el demonio”, decía Justo, y él no quería que el diablo estuviera en su catedral, así que las evitaba. Las vidrieras, sus originales tres Reyes Magos y cada una de sus singulares salas hacen recobrar el asombro, preguntarse por la utilidad o no de las cosas e incluso plantearse el sentido de la vida. Una visita que puede hacer cambiar la propia percepción del mundo.
Quizá antes de entrar habría que poner un cartel que dijera: “Prohibida entrar la razón, aquí sólo se entra con la capacidad de asombro”, porque todo lo que allí ocurre es una locura, una bendita locura.
Como decía Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura: “Las mejores ideas no vienen de la razón sino de una lúcida y visionaria locura”. La Catedral de Justo es uno de esos lugares que nos permite reconciliarnos con la verdadera dimensión de lo humano y de lo divino. Un espacio en el que emerge de manera clara la espiritualidad.

