En la tarde del 22 de septiembre de 1523, los frailes franciscanos de Jerusalén buscaban con gran preocupación a un peregrino vasco de nombre Ignacio de Loyola. Le mandaban al día siguiente de vuelta a casa por obligación —por orden estricta del Custodio de Tierra Santa— y temían que aquel joven impulsivo se hubiera escapado para quedarse clandestinamente en Tierra Santa.
El sol comenzaba a ponerse cuando lo vieron descender del Monte de los Olivos, solo. Polvoriento, el bastón en su mano, regresaba al convento como si volviera de una despedida íntima. En realidad, Ignacio venía de dar un último adiós a la capilla de la Ascensión, donde una roca conserva la huella del pie de Cristo.
No le bastó con una sola visita. Engañó durante la noche por segunda vez a los guardias ofreciendo su par de tijeras para que le permitieran volver a contemplar la huella del pie derecho con mayor atención. Aquella reliquia no era sólo una piedra: para él era una brújula espiritual.
En ese gesto temerario y tierno se plasmaba su corazón: un hombre que no quería partir sin dejar grabada en su memoria la dirección exacta en que ascendió el Señor. Según algunos estudiosos, buscaba discernir dónde Jesús miraba para, desde ahí, redefinir su propio camino vital.
El viaje de un caballero converso
Para entender la magnitud del deseo ardiente de aquel peregrino singular, es necesario volver atrás en el tiempo. Íñigo de Loyola era un joven caballero vasco de noble familia, hombre de armas y soldado temerario. Herido en Pamplona en 1521, experimentó un profundo cambio espiritual durante su recuperación.
Desde su conversión, igual que otros grandes santos cristianos antes que él, no tenía otra cosa en la cabeza que peregrinar a Tierra Santa, y quedarse allí el resto de su vida. Entonces, para poder ir a Jerusalén, era imprescindible obtener permiso del Papa, así que Ignacio debía antes ir a Roma.
Adoptó una apariencia humilde: túnica sencilla, bastón, agua en una calabaza (el “uniforme” de los peregrinos), sin dinero en el bolsillo, y dejó la casa familiar en Azpeitia para iniciar su largo viaje a pie hasta Barcelona, donde tenía previsto embarcar. Ese viaje fue realmente iniciático para él: entre otras cosas, dejó atrás la espada y el yelmo de caballero en Montserrat como símbolo de renuncia a su vida anterior. Hoy, ese itinerario se ha convertido en un importante camino de peregrinación, el Camino Ignaciano.
La travesía hasta Jerusalén: obstáculos, providencia y arraigo
La ruta no fue sencilla. Pasó momentos difíciles, enfermedades y privaciones. Se detuvo en Manresa, donde recibió la inspiración para elaborar sus famosos Ejercicios Espirituales. A su llegada a Barcelona, recibió ayuda de benefactores que patrocinaron su viaje hasta Roma, donde el Papa Adriano VI le otorgó el permiso apostólico para peregrinar con legitimidad.
Era aquella una época complicadísima, en la que Italia sufría una terrible oleada de peste. Ignacio esquivó cordones sanitarios, vivió varias semanas como mendigo en Venecia durmiendo bajo los pórticos de la plaza de San Marcos y fue acogido por un rico español que le ofreció alojamiento mientras esperaba zarpar. Gracias a la intervención de su benefactor, consiguió audiencia con el dux de Venecia, quien le concedió pasaje gratuito en una nave mercante rumbo a Oriente.
Aunque la conquista de Rodas por los otomanos generó pánico entre los cristianos —muchos huyeron a Europa—, Ignacio persistió. El 14 de julio partió desde Venecia, y tras escalas en Chipre y Famagusta, desembarcó finalmente en Jaffa el 31 de agosto de 1523. Aquella primera llegada fue motivo de acción de gracias: solo trece peregrinos —incluido él— lograron desembarcar en ese pequeño grupo. Fue uno de los últimos grupos que pudo llegar en medio de un clima político cada vez más hostil.
El camino que siguió Ignacio con sus compañeros desde el puerto de Jaffa a Jerusalén es hoy otro importante camino de peregrinación, el Camino a Jerusalén.
La peregrinación largamente anhelada
Durante su estancia en Tierra Santa, Ignacio y sus compañeros siguieron el itinerario tradicional de los peregrinos latinos: misa en Monte Sión, oración en el Cenáculo (la “Sala Alta”), vigilias nocturnas en el Santo Sepulcro, ascenso al Monte de los Olivos y oración junto a la roca de la Ascensión.
También llegaron a Betania, el Huerto de Getsemaní, el valle del Cedrón, Belén y el río Jordán —lugares íntimamente vinculados a la infancia, pasión y resurrección de Jesús—, donde Ignacio tendría intensas consolaciones espirituales que luego impregnarían sus Ejercicios. No pudo peregrinar, por razones de seguridad impuestas por las autoridades otomanas, a Nazaret ni al Lago de Genesaret.
Uno de los momentos más emotivos ocurrió en Belén, donde pasó la noche en la gruta del nacimiento. Ignacio meditó profundamente sobre la Encarnación, abriendo en su corazón una puerta que años después lo llevaría a desear celebrar su primera misa junto al pesebre —finalmente celebrada en Roma, en Santa María la Mayor, donde se conservan reliquias del pesebre, símbolo de la gruta de Belén que tanto anhelaba.
Volver o quedarse: el dilema definitivo
A pesar de las visitas contemplativas y la intensidad espiritual, su sueño de vivir en Tierra Santa se vio frustrado por quienes custodiaban esos lugares: su entusiasmo, ilusión y falta de prudencia hacían peligrosa su permanencia. El 22 de septiembre, el Custodio de Tierra Santa le habló con claridad: debía marcharse y no regresar jamás. Ignacio aceptó con dolor, pero su reacción no fue la rebeldía, sino la entrega interior: obedeció, renunció a su sueño propio y abrazó la voluntad divina manifestada por la Iglesia institucional.
Partió el 23 de septiembre escoltado por franciscanos hasta Jaffa, comenzando el viaje de regreso que lo llevó, meses después, de vuelta a Barcelona (marzo de 1524).
Allí recibió apoyo para iniciar estudios de gramática, latín y teología, comprendiendo que su misión requería preparación intelectual. Esa fue la semilla del futuro apóstol itinerante: un hombre que no se mantendría en Jerusalén, pero que sí viajaría por el mundo para servir en nombre de lo que había vivido.
Este episodio fundacional consolidó la identidad de Ignacio como “peregrino perpetuo”. En la Compañía de Jesús que fundó, el viaje exterior se volvió emblemático de la misión interna: disposición total, obediencia y disponibilidad a ser enviado donde el mundo pidiera presencia y servicio.
Jerusalén como patria espiritual
Cinco siglos después de aquel viaje, San Ignacio no regresó físicamente, pero su espíritu recorrió el mundo. En 2023, por el V centenario de su peregrinación, hubo celebraciones en Tierra Santa y recreaciones que siguieron simbólicamente su ruta desde Jaffa hasta Jerusalén.
En España, el Camino Ignaciano —de Loyola a Barcelona— permite hoy reavivar su experiencia de búsqueda interior, penitencia y servicio. No recrea su viaje a Oriente, pero sigue los pasos de su conversión y formación espiritual.
La escena de la última noche en Jerusalén condensa todo: un hombre que enfrentó el dolor de partir para abrazar un destino más ancho, una fidelidad que trasciende fronteras, una obediencia que construye libertad. Esa mirada final al lugar de la Ascensión se convirtió en punto de partida para la misión universal.

