¿Cuántas veces, durante un camino, os habéis detenido para admirar un paisaje, un valle que se abre de pronto después de horas de bosque, un campanario románico a contraluz o un cielo estrellado sin una sola luz alrededor? Son imágenes que nos toman por sorpresa y nos hacen sentir, durante un segundo, puntos pequeñísimos en el universo.
Los ingleses tienen una sola palabra para esa sensación, awe, que en español puede traducirse como “asombro”, “maravilla” o incluso “sobrecogimiento”. Durante siglos fue materia de poetas y místicos. Desde hace un par de décadas también es materia de laboratorio, y los resultados invitan a pensar que la capacidad de maravillarse es una de las razones profundas por las que nos sentimos mejor.
El “yo pequeño”, fotografiado
En 2020, un grupo dirigido por Virginia Sturm, de la Universidad de California en San Francisco, en colaboración con el psicólogo de la emoción Dacher Keltner, reclutó a sesenta adultos mayores y les pidió que dieran un paseo de quince minutos a la semana durante ocho semanas. A la mitad de ellos se les dio una única instrucción adicional: durante la caminata, buscad activamente momentos de asombro, mirad el mundo con los ojos de un niño que lo ve todo por primera vez. Los demás simplemente caminaban.
En cada salida, los participantes se hacían un selfi. Cuando los investigadores analizaron las fotografías, descubrieron algo que nadie había previsto: semana tras semana, quienes buscaban el asombro aparecían cada vez más pequeños en el encuadre, dejando entrar el paisaje, y sonreían cada vez más ampliamente.
Era el “yo pequeño” hecho visible, literalmente fotografiado. El grupo del asombro comunicaba más emociones prosociales, gratitud y compasión, y menos malestar cotidiano. El detalle decisivo es que el grupo de control había caminado incluso más. No era el ejercicio. Era el dejarse asombrar. Había bastado una indicación para cambiar la química de la experiencia. Y, por tanto, la experiencia misma.
Una medicina que dilata el tiempo y reduce la inflamación
El “yo pequeño” es el corazón del mecanismo. El asombro funciona desplazando la atención desde el propio yo hacia algo vasto que lo contiene: una cordillera, una catedral, una noche estrellada, incluso una multitud en oración. En ese descentramiento, los problemas personales se empequeñecen junto con nosotros, y eso abre espacio a los demás. En una serie de experimentos, Paul Piff mostró que las personas inducidas a sentir asombro se volvían más generosas y más dispuestas a ayudar. La maravilla, contra lo que podría parecer, no encierra en uno mismo: abre.
El asombro actúa también sobre la percepción del tiempo. Algunos estudios indican que quien experimenta asombro siente que dispone de más tiempo, se vuelve menos impaciente, prefiere las experiencias a los objetos y declara una mayor satisfacción vital. El motivo es que el asombro nos arraiga en el presente, y en el presente el tiempo deja de escaparse. Es exactamente la sensación que conoce el peregrino: esa impresión de que una semana de Camino “vale” meses de vida ordinaria.
Existe incluso una huella en la sangre de esta actitud. Parece que las emociones positivas están asociadas a niveles más bajos de un marcador de inflamación vinculado a numerosas enfermedades crónicas. Y, entre todas las emociones positivas medidas, el asombro era el predictor más fuerte de esos niveles reducidos. Dicho sin énfasis: la maravilla, además de hacernos sentir mejor, parece correlacionarse con un cuerpo menos inflamado.
Por qué el camino lento es una fábrica de asombro
Si el asombro produce todo esto, entonces la peregrinación a pie es uno de los dispositivos más eficaces que la humanidad ha inventado para provocarlo, y por una razón que tiene que ver con la lentitud. Según el modelo de Keltner y Jonathan Haidt, el asombro nace de dos ingredientes: la vastedad, algo que excede nuestra escala habitual, y la necesidad de acomodación, algo que no encaja de inmediato en nuestros esquemas y nos obliga a ampliarlos.
La velocidad es enemiga de ambos. En coche, en avión o detrás de una pantalla, la vastedad pasa de largo antes de poder tocarnos. A pie, a cinco kilómetros por hora, el paisaje tiene tiempo de entrar. La subida ganada con la respiración corta vuelve el valle, visto desde arriba, incomparablemente más inmenso que si se contemplara desde una ventanilla. La lentitud forma parte de la peregrinación. Es la condición que permite que el asombro suceda.
Y aquí aparece una noticia que lo democratiza todo. El estudio de Sturm pedía quince minutos a la semana y una intención: mirar buscando algo que provoque asombro. El maravillarse no depende solo de la grandeza de aquello que se contempla, sino de la disposición con la que se mira. Puede entrenarse como un músculo y puede encontrarse en un rayo de sol entre las hojas tanto como ante una catedral. La peregrinación no tiene el monopolio de la maravilla. Pero enseña, mejor que casi cualquier otra experiencia, a reconocerla, porque elimina la prisa que en casa la vuelve invisible.
Queda una pregunta, y la dejo para quien camina y para quien no tiene tiempo de hacerlo. Si sentirnos pequeños ante algo vasto nos hace más sanos, más generosos y más ricos en tiempo, quizá nuestro malestar no proceda de habernos sentido poco importantes, sino de haber construido vidas en las que nunca nos detenemos el tiempo suficiente, ante nada, para poder sentirnos por fin pequeños.
Fuentes principales: V. E. Sturm y colaboradores, “Big Smile, Small Self: Awe Walks Promote Prosocial Positive Emotions in Older Adults”, Emotion, 2020; M. Rudd, K. D. Vohs y J. Aaker, “Awe Expands People’s Perception of Time, Alters Decision Making, and Enhances Well-Being”, Psychological Science 23(10), 2012; J. E. Stellar y colaboradores, “Positive Affect and Markers of Inflammation: Discrete Positive Emotions Predict Lower Levels of Inflammatory Cytokines”, Emotion 15(2), 2015; P. Piff y colaboradores, “Awe, the Small Self, and Prosocial Behavior”, Journal of Personality and Social Psychology, 2015; D. Keltner y J. Haidt, “Approaching Awe, a Moral, Spiritual, and Aesthetic Emotion”, Cognition & Emotion, 2003.

