Una semana en el Camino puede parecer más larga —en el mejor sentido de la palabra— que tres meses de vida ordinaria. No es una ilusión. Es una de las experiencias más reales que una persona puede vivir.
Primer día del Camino de Santiago. Salida desde Saint-Jean-Pied-de-Port a las seis de la mañana, mochila a la espalda, mientras el pueblo todavía duerme salvo por los peregrinos que avanzan en silencio hacia el sendero que asciende a los Pirineos.
La etapa conduce hasta Roncesvalles: unos 25 kilómetros y cerca de 1.400 metros de desnivel. Es una de las jornadas más exigentes de todo el recorrido y muchos la afrontan en su primer día absoluto de caminata, con las piernas todavía acostumbradas a la silla de oficina y una mochila que pesa el triple de lo que imaginaron durante semanas de preparación en la bicicleta estática del gimnasio.
Algunos se detienen a mitad de camino, desbordados por el esfuerzo. Algunos lloran sin saber exactamente por qué. Otros ríen por la misma razón. Casi todos llegan finalmente a Roncesvalles —ese pequeño enclave medieval con su imponente colegiata y su albergue que huele a piedra antigua y botas mojadas— y dicen algo parecido: «Nunca había vivido un día tan largo». No largo en el sentido negativo. Largo porque ese día parecía contener más vida de la habitual.
El extraño reloj del cerebro
La paradoja del tiempo en la peregrinación es una de las experiencias que más se repiten entre quienes realizan un camino largo y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de explicar a quien nunca la ha vivido. ¿Cómo puede una semana caminando parecer más extensa que tres meses de vida normal, cuando la vida cotidiana es objetivamente más frenética, más llena de estímulos y aparentemente más intensa?
La respuesta tiene que ver con la forma en que el cerebro percibe el tiempo. No utiliza un reloj biológico fijo para medir la duración subjetiva de los acontecimientos. La mide contabilizando cuántas experiencias distintas, cuántas novedades y cuántas primeras veces encuentra durante un determinado período.
Una semana repleta de paisajes nunca vistos, dolores físicos experimentados por primera vez, personas desconocidas, decisiones nuevas y comidas degustadas en contextos inéditos queda registrada en la memoria como mucho más larga que una semana de oficina dedicada a tareas repetidas cientos de veces, con las mismas personas, en los mismos lugares y siguiendo las mismas rutinas.
El problema de la novedad
La paradoja de la vida moderna es precisamente esta. Estamos rodeados por una enorme cantidad de estímulos: pantallas, notificaciones, mensajes, contenidos e información constante. Sin embargo, la mayoría de esos estímulos contienen poca novedad real. Vemos muchísimo; pero vemos muchísimas versiones de las mismas cosas.
Sucede que el cerebro no contabiliza la cantidad de estímulos: Contabiliza su diversidad. Y en términos de experiencias verdaderamente nuevas —aquellas que exigen respuestas diferentes y no pueden resolverse mediante automatismos ya aprendidos— la vida cotidiana suele ser bastante más pobre de lo que parece.
En el Camino sucede justo lo contrario. Cada hora aporta algo nuevo. La manera en que cambia la luz sobre la piedra de una iglesia románica según avanza el día. La comprensión progresiva del ritmo ideal para caminar. El descubrimiento de qué músculos protestan exactamente al tercer día y cómo cambia esa protesta al séptimo. El cerebro observa, registra y archiva.
Por eso, cuando llega la noche y uno se pregunta cuánto tiempo ha pasado desde aquella salida de la mañana, la respuesta emocional suele ser siempre la misma: Una eternidad. Como si hubiera transcurrido una vida entera.
El futuro pierde protagonismo
Existe un segundo fenómeno, también ampliamente estudiado, relacionado con la forma en que los caminos largos modifican nuestra relación con el futuro.
En la vida ordinaria, una gran parte de nuestra atención mental está proyectada hacia adelante. Pensamos en lo que tenemos que hacer mañana, planificamos la semana siguiente, nos preocupamos por problemas que podrían surgir dentro de un mes… Esa orientación hacia el futuro es útil y necesaria, pero tiene un coste: nos roba presencia en el momento actual.
En una peregrinación larga, especialmente después de la primera semana, esa tendencia suele disminuir de forma natural. No porque el peregrino se convierta de repente en un sabio iluminado capaz de vivir exclusivamente en el presente. Sucede porque el futuro del camino es extraordinariamente simple: Hay que llegar al siguiente albergue. Nada más.
Las preocupaciones laborales, las decisiones pendientes y los conflictos sin resolver permanecen físicamente lejos, en otro lugar y casi en otra vida. Y esa distancia física acaba produciendo una distancia mental. Durante los primeros días puede incluso parecer irresponsable sentirse tan bien. Como si disfrutar fuera una forma de descuidar las obligaciones. Después, poco a poco, empieza a parecer simplemente saludable.
La intensidad de las últimas semanas
Quienes han recorrido peregrinaciones de un mes o más suelen describir las últimas semanas como las más intensas en términos de presencia. El cuerpo ya se ha adaptado y la mente ha dejado de resistirse.
Y lo que queda es una forma de atención al presente que, en la vida ordinaria, requiere años de práctica meditativa para aproximarse a ella. Se camina, se observa, se siente el calor del sol atravesando la mochila y calentando la espalda, se percibe el hambre llegando con puntualidad casi biológica, o se disfruta del placer absoluto y elemental de quitarse las botas al final de una etapa larga.
No son placeres filosóficos: son placeres físicos, inmediatos, imposibles de fingir.
El tiempo sagrado
El historiador de las religiones Mircea Eliade observó que las grandes tradiciones espirituales de la humanidad distinguían entre dos formas de tiempo. Por un lado, el tiempo profano de la vida cotidiana. Por otro, lo que llamó tiempo sagrado.
Con este concepto no se refería necesariamente a algo sobrenatural, sino a aquellos contextos rituales en los que el tiempo deja de percibirse como un recurso que debe administrarse, optimizarse o producir resultados, y pasa a convertirse en una experiencia que simplemente se habita.
El peregrino medieval que recorría el Camino de Santiago no estaba de vacaciones. Estaba viviendo dentro de un tiempo diferente, con reglas distintas y con una atención distinta. La diferencia que Eliade identificó en las culturas tradicionales es exactamente la misma que describen hoy muchos peregrinos cuando regresan a casa y tratan de explicar por qué siete días parecieron un mes.
Los días en el Camino se alargan porque realmente son más largos. No en número de horas: siguen teniendo veinticuatro. Pero contienen más cosas. Más descubrimientos. Más presencia. Más memoria. Más vida.
References
Wittmann, M. (2016). Felt Time: The Psychology of How We Perceive Time. MIT Press.
Eliade, M. (1957). Das Heilige und das Profane. Rowohlt. (Esp.: Lo sagrado y lo profano, Paidós, 2014.)

