Mientras la mayoría espera la llegada del año nuevo sin moverse, hay quienes eligen caminar.
En Paraguay, cada 31 de diciembre, Fátima recorre a pie los diez kilómetros que separan Cerrogy de la basílica de Caacupé. Lo hace desde hace treinta y seis años. Primero acompañada por sus padres; hoy, por sus hijos y nietos. Parte al atardecer y llega al amanecer del 1 de enero.
No hay celebración visible ni fuegos artificiales. Solo pasos, oscuridad y una intención clara: dar gracias por el año vivido y entrar en el nuevo en actitud de ofrenda.
Esta forma de recibir el año – en movimiento, en silencio – no es excepcional. Se repite, con variaciones culturales, en distintos lugares del mundo. Cambian los paisajes y los símbolos, pero el gesto es el mismo: caminar como acto de paso de un año a otro.
La caminata del año en Suecia
En Suecia existe una tradición antigua conocida como Årsgång, la “caminata del año”. Documentada desde el siglo XVII, consistía en salir a caminar a medianoche en Nochevieja para intuir lo que el futuro depararía.
Quienes la practicaban ayunaban durante el día y guardaban silencio. Al llegar la medianoche, daban tres vueltas alrededor de la casa en sentido contrario a las agujas del reloj y, después, se detenían a observar y escuchar. No buscaban señales espectaculares, sino indicios sutiles. El porvenir no se imponía: se aguardaba.
Frente al ruido, quietud. Frente al exceso, atención.
Buscando oro en Italia
En Pettorano sul Gizio, en los Abruzos italianos, circuló durante siglos la creencia de que, en el instante exacto de la medianoche del 31 de diciembre, el río Gizio se detenía y el agua recogida entonces se transformaba en oro.
El prodigio nunca ocurrió. Aun así, la gente acudía. Caminaba hasta el río, esperaba el momento y llenaba sus recipientes.
El valor del rito no estaba en el resultado material, sino en el trayecto compartido: caminar juntos en el frío, atravesar la noche, esperar unidos el cambio de año. El agua seguía siendo agua, pero el gesto fortalecía el vínculo comunitario y la conciencia de tránsito.
Caminar como promesa y memoria
José Luis recorrió el Camino de Santiago por su esposa. Ella deseaba hacerlo, pero falleció antes de poder emprenderlo. Él caminó llevando esa ausencia como intención.
Este tipo de decisión no requiere una fecha excepcional. Basta elegir el movimiento como forma de presencia. Sustituir el espectáculo por el camino, la celebración por la búsqueda, la espera pasiva por el gesto consciente.
En Rumanía, entre Navidad y Año Nuevo, los niños recorren las casas portando una estrella de papel. Cantan la historia de los Magos, que avanzaron siguiendo una señal luminosa. El relato fundacional es claro: el sentido se alcanza caminando.
Maletas vacías en Colombia
En Colombia, a medianoche del 31 de diciembre, muchas personas salen a la calle con una maleta vacía y dan una vuelta a su barrio.
El símbolo es directo: disponibilidad para partir, aceptación de lo desconocido, apertura al movimiento. La maleta está vacía porque el futuro aún no se ha llenado. El cuerpo, en cambio, ya ha iniciado el camino.
Cruzar el año nuevo
Quienes han caminado una peregrinación lo reconocen. Laura, al regresar del Camino de Santiago, lo expresaba así: “Siento que formo parte del tejido del mundo”. No hablaba de euforia, sino de una pertenencia serena.
Recibir el año caminando activa esa misma memoria corporal. Los pies marcan el tiempo. La respiración se acompasa. El paso sustituye a la cuenta atrás. El 1 de enero no se observa: se cruza.
Candace, desde Baltimore, se preparó para su Camino recorriendo semanalmente laberintos de oración. Cuando llegó a España comprendió que su peregrinación había comenzado mucho antes. La caminata no es solo el trayecto largo, sino la repetición consciente del gesto.
Un gesto transformador
No hacen falta largas distancias ni destinos emblemáticos. No es imprescindible ir a Santiago, ni a Medjugorje, ni a un santuario famoso. Basta con tres vueltas en silencio alrededor de la propia casa. Una breve caminata con una maleta vacía. Un recorrido nocturno hacia un lugar significativo.
La distancia es secundaria. El acto, esencial.
Mientras las ciudades celebran con ruido y luces, existe otra posibilidad: ponerse los zapatos, abrir la puerta y salir a caminar. No para llegar, sino para atravesar el cambio en movimiento.
Los fuegos artificiales se disuelven rápido. Al amanecer solo quedan restos materiales. Caminar deja otra clase de huella: en los músculos, en la respiración, en la memoria corporal. Se llega al nuevo año cansado, pero más ligero. Sin testigos, sin imágenes que compartir. Pero con la certeza de haber estado presente en el paso.
Transformación discreta
En Paraguay, miles de personas caminan hacia Caacupé. En Suecia, el Årsgång se recupera lentamente. En el Camino de Santiago crecen las peregrinaciones de Año Nuevo. En Medjugorje, muchos atraviesan la noche caminando y rezando.
No hay consignas ni organización central. Solo decisiones individuales que convergen en un mismo gesto ancestral. Cruzar el umbral caminando. Como se ha hecho siempre. Un paso detrás de otro.

