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Caminar con el sol: Peregrinación, luz y el ritmo circadiano

Caminar sigue siendo una herramienta práctica para recalibrar el tiempo Izf - Shutterstock
Caminar sigue siendo una herramienta práctica para recalibrar el tiempo Izf - Shutterstock

Hoy se habla mucho de volver a los orígenes. De la importancia de un estilo de vida sano y sostenible. Pero ¿qué significa realmente? Es evidente que el modelo de vida frenético e hiperproductivo, en el que debemos rendir al máximo a cualquier hora del día, ha desajustado por completo nuestro reloj biológico interno. Ese mecanismo delicado que regula el sueño, las hormonas, el metabolismo y el estado de ánimo, y que fue diseñado para sincronizarse con el sol. En lugar de eso, lo obligamos a lidiar con la luz de una pantalla a las tres de la madrugada.

¿El resultado? Estamos cansados a las nueve de la mañana e hiperactivos cuando deberíamos dormir. Nos despertamos agotados. Nos acostamos demasiado tarde. Y, mientras tanto, nuestro cerebro se pregunta qué ha hecho mal para merecer todo esto.

La luz no es un extra

En 2021, un estudio monumental del UK Biobank analizó a más de 400.000 personas. Los resultados, publicados en el Journal of Affective Disorders, demostraron algo que nuestros bisabuelos ya intuían: cada hora adicional de exposición a la luz natural reduce el riesgo de depresión, mejora la calidad del sueño y estabiliza los ritmos circadianos.

La ciencia habla de la melatonina, la hormona que le dice a nuestro cuerpo cuándo es hora de dormir. La luz de la mañana adelanta su producción nocturna. La oscuridad la activa. El problema es que vivimos en una especie de crepúsculo permanente: demasiada poca luz de día y demasiada por la noche.

Nuestros ojos contienen fotorreceptores especializados – las células ganglionares intrínsecamente fotosensibles – que no sirven para ver, sino para sincronizar el reloj biológico. Son especialmente sensibles a la luz azul del cielo. Cuando privamos a nuestro cuerpo de esa luz, el cerebro pierde el sentido del tiempo.

Dos días en una tienda de campaña lo cambian todo

En 2017, el profesor Kenneth Wright, de la Universidad de Colorado, hizo algo muy sencillo: envió a un grupo de personas a acampar. Sin teléfonos. Sin lámparas. Solo el sol y el fuego.

El estudio, publicado en Current Biology, reveló que bastan 48 horas de exposición al ciclo natural de luz y oscuridad para adelantar casi una hora y media la producción de melatonina. En otras palabras: el cuerpo vuelve a saber cuándo es de noche.

En invierno, el efecto es aún más potente. Los participantes en el campamento invernal desplazaron su reloj biológico más de dos horas y media. Como señala Wright: «Vivir en nuestros entornos modernos retrasa significativamente los tiempos circadianos. Pero incluso un fin de semana de acampada puede resetearlo todo».

Los filósofos caminaban. No por casualidad. Nietzsche escribió que «todas las ideas verdaderamente grandes se conciben caminando». Tenía razón. Y no solo desde un punto de vista filosófico. Cuando escribía El caminante y su sombra, caminaba hasta ocho horas al día por las montañas suizas. Se detenía a tomar notas en pequeños cuadernos. Todo el libro – salvo unas pocas líneas – fue pensado y compuesto en movimiento.

La escritora Rebecca Solnit ha definido el caminar como «un estado en el que mente, cuerpo y mundo se alinean». Frédéric Gros, en su Filosofía del caminar, lo describe como una vía de escape de la propia idea de identidad.

Caminar como terapia de la luz

Caminar al aire libre durante el día hace dos cosas al mismo tiempo: expone los ojos a la luz natural (reiniciando el reloj circadiano) y pone el cuerpo en movimiento (lo que también influye en los ritmos biológicos). Los estudios confirman que el ejercicio físico combinado con la exposición a la luz produce un efecto sinérgico sobre la sincronización circadiana.

Para quienes no pueden irse de acampada, basta con un paseo matutino al amanecer para darle una auténtica «llamada de atención» al cerebro. Mejor aún: desayunar al sol.

Las primeras horas de la mañana son las más eficaces para realinear los ritmos circadianos. Es entonces cuando la luz ejerce su mayor efecto sobre el núcleo supraquiasmático, ese pequeño grupo de neuronas en el hipotálamo que actúa como director de orquesta de todo el cuerpo.

La paradoja moderna: demasiada luz, en el momento equivocado

Un estudio de 2023 con más de 88.000 participantes, publicado en medRxiv, encontró una asociación entre la exposición a la luz nocturna y un aumento del riesgo de mortalidad. La luz por la noche reduce la amplitud del ritmo circadiano. Y un ritmo circadiano débil se asocia con obesidad, diabetes, trastornos del estado de ánimo y deterioro cognitivo.

La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer ha clasificado el trabajo a turnos con alteración circadiana como «probable carcinógeno humano». No es una exageración. Hablamos de enfermeras, médicos, operarios, pilotos. Millones de personas que viven a contratiempo de su propio reloj biológico.

La prescripción más sencilla del mundo

Levantarse con la luz. Caminar durante el día. Apagar las pantallas por la noche. Parece banal. Pero la banalidad, como escribió Thoreau, suele ser «la forma más elevada de sabiduría».

El peregrinaje – ya sea hacia La Meca, Jerusalén o simplemente hacia el parque más cercano – siempre ha sido una forma de sanación. Hoy la ciencia nos explica por qué: no solo se beneficia el espíritu, también el hipotálamo. Y quizá, al final, ambas cosas no estén tan separadas.

Nietzsche tenía razón: «Solo las ideas conquistadas caminando tienen valor». Y, por lo visto, los ritmos circadianos también se dejan conquistar del mismo modo.

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