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El valor de perderse: Cuando el camino no está señalizado

Peregrino caminando en el Camino de Santiago, sobre un mar de nubes en medio de la naturaleza Gabriel Luengas - Shutterstock
Peregrino caminando en el Camino de Santiago, sobre un mar de nubes en medio de la naturaleza Gabriel Luengas - Shutterstock

Hay un instante preciso en el que el teléfono pierde la cobertura y la flecha desaparece de la pantalla. Lo que ocurre después, en el cuerpo y en la mente, resulta más interesante que cualquier destino.

Imaginemos a un peregrino del siglo XII recorriendo la Vía Francígena hacia Roma. No tiene aplicaciones. No tiene GPS. Ni siquiera dispone de un mapa demasiado fiable, porque los mapas medievales solían ser auténticas obras maestras de la imaginación geográfica: mares llenos de monstruos, montañas desplazadas cincuenta leguas de su lugar real y ríos dibujados según criterios casi decorativos. Tiene el sol, que más o menos indica el este por la mañana y el oeste al atardecer. Tiene las estrellas, si sabe leerlas. Tiene alguna indicación vaga dada por un monje encontrado días antes: “sigue el río hasta el vado y luego busca el campanario”. Y tiene la sensación física del terreno bajo los pies: si el sendero está compacto y marcado por otros caminantes, si hay señales de paso, si el camino parece habitado, probablemente avanza en la dirección correcta.

Esa sensación —leer el territorio con todo el cuerpo, con los ojos, los oídos, incluso con el olfato; interpretar cómo cae la luz sobre la vegetación y adivinar dónde puede haber agua— es algo que la mayoría hemos olvidado casi por completo. No se trata de una habilidad misteriosa. Es un sistema sensorial que la evolución perfeccionó durante cientos de miles de años y que el GPS volvió innecesario en apenas tres décadas.

 

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Podría parecer simple nostalgia: una idealización de tiempos en los que perderse en los bosques de la Europa medieval era algo bastante menos romántico de lo que imaginamos. Pero aquí hay algo más profundo. Perderse, en dosis seguras y controladas, produce un efecto muy concreto sobre la mente. Quien camina sin saber exactamente dónde está presta atención de otra manera. Tiene que observar. Formular hipótesis, contrastarlas con la realidad, corregirse si se equivoca. Tiene que decidir. El cerebro se activa de un modo que la navegación asistida no permite, y no solo en términos espaciales.

El antropólogo Arnold van Gennep, en su estudio de 1909 sobre los ritos de paso, identificó una estructura que aparece de manera sorprendentemente constante en culturas muy distintas: toda gran transformación atraviesa tres fases. La separación del estado anterior. La liminalidad —ese estado ambiguo de “ya no ser lo que se era, pero todavía no haberse convertido en otra cosa”—. Y finalmente el regreso transformado. Lo esencial, según Van Gennep, sucede precisamente en esa fase intermedia, incómoda e incierta. Ahí ocurre la verdadera transformación.

El walkabout de algunos pueblos aborígenes australianos es quizá uno de los ejemplos más radicales de este principio. Los jóvenes eran enviados solos al bush, sin mapas y a menudo sin un destino concreto, durante semanas o incluso meses. El objetivo no era llegar a un lugar, sino aprender a orientarse en el mundo —físicamente, pero sobre todo interiormente— sin las estructuras habituales que indican quién eres o hacia dónde debes ir. Muchas tradiciones iniciáticas comparten esta lógica: retirar referencias familiares y dejar al individuo solo frente al territorio y frente a sí mismo. La incertidumbre no es un efecto secundario del ritual. Es el propio instrumento del ritual.

 

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Todavía existen caminos históricos donde esta experiencia sigue siendo posible, no como una recreación artificial, sino como parte auténtica del recorrido. El Camino Primitivo —la ruta jacobea más antigua, iniciada por Alfonso II de Asturias en el año 829— conserva tramos donde las flechas amarillas desaparecen y el paisaje impone sus propias reglas. Los senderos benedictinos de los Apeninos atraviesan bosques y crestas donde todavía es necesario leer la luz y el terreno para orientarse. Las antiguas vías romeas cruzan pueblos en los que la única señal puede ser una marca descolorida pintada décadas atrás sobre un muro, más cercana a la interpretación que a la lectura automática.

Quienes han recorrido estos caminos suelen recordar los momentos de duda como los más intensos de toda la experiencia. No necesariamente por miedo, aunque a veces también, sino porque durante esos minutos en los que uno no sabe si girar a la derecha o seguir recto, toda la atención se concentra en el presente. No hay espacio para pensamientos repetitivos ni para las preocupaciones que giran en bucle en la vida cotidiana. Solo existe una pregunta inmediata: dónde estoy, qué veo, qué debo decidir. Es una forma de atención rara en la vida moderna, y en el camino aparece de manera espontánea, como un regalo inesperado de una señalización incompleta.

Existe además una palabra latina que merece ser recuperada: errare. Significa vagar, desviarse, perder el camino. De esa misma raíz procede también “error”. Pero en latín clásico errare no tenía necesariamente un sentido negativo: describía el movimiento de quien explora sin una ruta fija, de quien permite que sea el territorio quien sugiera la dirección. Los romanos intuían algo que hoy empezamos a redescubrir: perderse y equivocarse pertenecen a la misma familia de experiencias. Y ambas, en la medida adecuada, pueden convertirse en algo valioso.

El algoritmo del GPS nunca se equivoca. Precisamente por eso, tampoco enseña nada.

 

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