Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La casa, el viaje y el arte de interrumpir

El arte de descansar Yevhen Rehulian - Shutterstock
El arte de descansar Yevhen Rehulian - Shutterstock

Roma. En el marco del XI Congreso Internacional de Pastoral del Turismo, monseñor Giovanni Cesare Pagazzi, archivero y bibliotecario de la Santa Iglesia Romana, nos recibe con una pregunta inesperada para un alto prelado vaticano: “Hablemos de la casa, ese lugar donde cada uno de nosotros ha crecido”.

Nacido en Crema en 1965 y teólogo especializado en eclesiología y familia, Pagazzi es autor de varios ensayos, entre ellos Sentirsi a casa y In pace mi corico. Il sonno e la fede. Su pensamiento parte siempre de la experiencia concreta, de la antropología más que de la doctrina. Por eso, cuando habla de turismo, descanso y sentido del viaje, empieza por el origen: la casa.

El seno y el umbral

  • ¿Por qué empezar hablando de la casa para referirse al turismo?

Porque el ser humano nunca está sin un lugar. Nunca. Es una condición ontológica. La vida comienza en una casa muy especial: el cuerpo de nuestra madre. El vientre materno es nuestro primer hogar, y el nacimiento —si se piensa bien—, nuestro primer viaje. Un paso drástico de un entorno líquido y cálido a la luz, el aire y lo desconocido.

Y enseguida, tras esa primera migración, somos acogidos en un hogar físico. Allí aprendemos algo decisivo: la confianza. De niños, la repetición de un gesto —llamar a nuestra madre y que ella venga— nos enseña que no estamos abandonados, que el mundo responde.

La confianza nace en casa

La casa es el laboratorio de la confianza. Allí comprendemos que la realidad puede ser habitable. Un niño que ha aprendido la confianza en casa crece con una orientación vital: el mundo puede ser un lugar donde vivir, los otros pueden ser encontrados, no solo temidos.

Economía y ecología: las reglas del hogar

  • ¿Existe un vínculo entre esa experiencia doméstica y la forma en que nos movemos por el mundo?

Por supuesto. La palabra economía viene del griego oikos (casa) y nomos (ley), es decir, “las normas que hacen funcionar la casa”. Y ecología proviene de oikos y logos (relación). Por tanto, un comportamiento ecológico es aquel que respeta los vínculos de casa, los lazos que nos constituyen.

Cuando la economía olvida que su raíz es doméstica y común, se vuelve inhumana. Y cuando la ecología se reduce a proteger lo externo, pierde su sentido más profundo: cuidar los vínculos que nos unen.

La promesa de la casa: el mundo como morada

La casa de nuestra infancia nos hace una gran promesa: que el mundo entero puede convertirse en un hogar. Desde la cuna hasta el barrio, ampliamos poco a poco nuestro horizonte gracias a la confianza.

El turismo, explica Pagazzi, es una prolongación de ese movimiento. Salimos de casa porque creemos —consciente o inconscientemente— en esa promesa. “El verdadero papel del turismo —dice— es hacer que quien está fuera de casa pueda sentirse en casa”.

Cuando recibimos a un visitante, no vendemos un servicio: honramos la promesa original de que “el mundo puede ser una casa”. En cambio, cuando lo engañamos o lo tratamos como un mero cliente, traicionamos esa promesa.

El viaje como interrupción

Viajar interrumpe las rutinas: horarios, ritmos, costumbres. Ese desorden nos descoloca, y sin embargo, de ese desorden puede nacer la inspiración. La Biblia lo expresa: “Al principio existía el Caos”. Dios crea desde ese caos, no huye de él.

Santa Teresa del Niño Jesús lo ilustró cuando aconsejó a una hermana en crisis: “Permanece en el caos. No despiertes a Cristo, porque de ahí saldrá lo mejor”.
El viaje, dice Pagazzi, es eso: una interrupción del tiempo ordinario. Si sabemos acogerla, puede transformarnos.

El sábado y el “continuamente” demoníaco

El descanso sabático representa precisamente esa interrupción. Shabbat significa “cesar”. Dios ordena el sábado para liberar al pueblo del tiempo sin pausa, el tiempo de los esclavos.

En el Evangelio de Marcos (5,1-20), un hombre poseído actúa “continuamente, noche y día”. Ese continuamente es el signo de la alienación: hacer, producir, consumir sin pausa. “Cuando todo se hace continuamente —dice Pagazzi— hay algo que no funciona”.

El viaje rompe ese ciclo. En ese sentido, tiene un valor casi exorcista: interrumpe lo repetitivo y abre espacio a la libertad.

Contar los días, habitar el tiempo

Pero también el turismo puede volverse un nuevo “continuamente”. El viaje compulsivo, el turismo de masas, transforma el descanso en una nueva forma de esclavitud.

La diferencia está en la calidad del tiempo vivido. Si el viaje nos permite detenernos y contemplar, entonces es auténtico. Como dice el salmo: “Enséñanos a contar nuestros días, para que alcancemos sabiduría de corazón”.

Aceptar el límite del tiempo nos hace más humanos. Cada instante se vuelve precioso, cada lugar habitable, cada encuentro único.

La bendición del presente

Bien entendido, el turismo es una escuela de presencia y gratitud. Bendecir significa “decir bien”: reconocer la realidad como don, no como posesión.

“El verdadero viajero —dice Pagazzi— no acumula experiencias, se deja transformar por ellas. Somos huéspedes en la tierra, en la vida, en el tiempo. Cuando lo comprendemos, nos sentimos realmente en casa”.

Antes de despedirse, añade una reflexión final:

“En griego, la palabra xenos significa tanto ‘extranjero’ como ‘huésped’. Quizá ése sea el secreto del turismo y de la vida: aprender a ver en cada extranjero un huésped, y reconocernos nosotros mismos como huéspedes acogidos. Solo así el mundo entero se convierte en casa. Solo así honramos la promesa de nuestro primer hogar: que nunca estaremos solos, que siempre podremos volver, que siempre habrá una puerta abierta.”

 

Entrada también disponible en: English Italiano

Deje un comentario