El sol apenas había salido cuando Egeria alcanzó la cima del Monte Nebo. Los clérigos que la acompañaban le señalaron el horizonte: allí estaba el valle del Jordán, allí Jericó, allí las colinas de la tierra que la Biblia llamaba Prometida. Durante años había leído aquellos nombres en las Escrituras; ahora estaba allí, contemplando el mismo paisaje.
En el siglo IV, cuando el Imperio romano todavía unía el Mediterráneo, una mujer nacida en el extremo occidental del mundo decidió emprender un viaje extraordinario. Se llamaba Egeria y, movida por una profunda fe y una curiosidad incansable, recorrió miles de kilómetros para ver con sus propios ojos los lugares que había conocido a través de la Biblia.
Durante varios años atravesó el Imperio de oeste a este, visitó Jerusalén, Egipto, Siria y Mesopotamia, subió al monte Sinaí y recorrió los paisajes vinculados a los patriarcas y profetas.
A lo largo del camino escribió cartas a un grupo de mujeres de su comunidad, a las que llamaba afectuosamente “dominae sorores”, señoras hermanas. En ellas relataba lo que veía, lo que escuchaba de los monjes y sacerdotes que custodiaban aquellos lugares y las emociones que experimentaba al rezar en escenarios que hasta entonces solo había imaginado a través de los textos sagrados.
Esas cartas, conservadas parcialmente en un manuscrito medieval, forman hoy el Itinerarium Egeriae, el primer gran diario de peregrinación cristiana que ha llegado hasta nosotros. Más que un simple relato de viaje, el texto es un testimonio vivo de cómo se experimentaban los paisajes bíblicos en la Antigüedad tardía y de cómo una viajera cristiana fue capaz de recorrer el mundo conocido para acercarse a ellos.

Una mujer del “extremo” del Imperio romano
Sabemos relativamente poco sobre la vida de Egeria, pero las pistas que ofrecen su propio relato y algunos testimonios posteriores permiten reconstruir parte de su historia. Un monje del siglo VII, Valerio del Bierzo, la describió como una mujer originaria “del extremo litoral del mar Océano occidental”, una referencia que ha llevado a los historiadores a situar su origen en la antigua provincia romana de Gallaecia, en el noroeste de Hispania, probablemente en territorio de la actual Galicia o León.
Todo indica que pertenecía a un ambiente acomodado y culto. En el siglo IV, emprender un viaje tan largo requería recursos económicos, contactos y protección, especialmente para una mujer. Egeria no parece haber sido una monja en el sentido institucional que adquirió siglos después, pero sí una cristiana profundamente comprometida con su fe, quizá vinculada a alguna comunidad religiosa femenina.
Su escritura revela también una personalidad singular. Utiliza un latín sencillo, cercano al lenguaje hablado, lleno de giros coloquiales que hacen que su voz resulte sorprendentemente viva y accesible. No escribe para la posteridad ni para eruditos, sino para compartir con sus amigas lo que está descubriendo.
Su relato no intenta impresionar con grandes descripciones. Lo que transmite es el asombro de quien llega por primera vez a un lugar largamente esperado.
Un viaje a través del mundo bíblico
Entre los años 381 y 384, Egeria emprendió una de las peregrinaciones más ambiciosas que conocemos en la Antigüedad tardía. Desde Hispania viajó hacia el Mediterráneo oriental y se adentró en los territorios que habían sido escenario de la historia bíblica. Su itinerario la llevó a Constantinopla, Jerusalén, Egipto, el monte Sinaí, Siria y las regiones cercanas al Éufrates.
Cada etapa del viaje estaba marcada por un mismo propósito: visitar los lugares mencionados en las Escrituras, leer allí los pasajes correspondientes y orar en el mismo paisaje donde, según la tradición, habían sucedido aquellos acontecimientos. De esta manera, la peregrinación se convertía en una experiencia en la que texto, memoria y geografía se entrelazaban.
Cuando llegó al río Éufrates, escribió con emoción que habían dado gracias a Dios por haber alcanzado aquel río “mencionado tantas veces en la Escritura”. Para ella, llegar hasta allí no era solo alcanzar un destino geográfico, sino entrar físicamente en la historia sagrada que había marcado su fe.
Para los peregrinos del siglo IV, viajar significaba leer la Biblia con los pies.
En otras etapas del viaje ascendió al monte Sinaí, visitó los lugares vinculados al patriarca Abraham y recorrió algunos de los desiertos donde habían vivido los primeros eremitas cristianos. A lo largo del camino encontraba monasterios, iglesias y pequeñas comunidades que custodiaban esos lugares y que recibían a los peregrinos explicándoles la tradición asociada a cada paisaje.
Muchos de los lugares que visitó estaban señalados por iglesias o santuarios construidos para recordar los episodios de la Escritura que se creía habían ocurrido allí. Por eso, numerosos pasajes del Itinerarium Egeriae han resultado fundamentales para historiadores y arqueólogos a la hora de identificar lugares y tradiciones que se habían perdido tras las invasiones persas y musulmanas. Entre ellas, la identificación del mismo Monte Nebo, por el franciscano S. Sawyer, 1700 años después.
Sylvester Saller: A Franciscan Excavating Memory on Mount Nebo
Un paso por las tierras del Jordán
Entre los muchos territorios que recorrió, Egeria visitó también la región situada al este del río Jordán, en lo que hoy conocemos como Jordania. Para los cristianos de su tiempo, esa tierra formaba parte esencial de la geografía bíblica.
Allí Moisés había contemplado la Tierra Prometida desde el Monte Nebo, el profeta Elías había vivido en retiro en el valle del Cherit y el río Jordán había sido escenario de episodios decisivos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.
Aunque su relato no se detiene extensamente en esos episodios, deja claro que aquel territorio formaba parte de la gran geografía espiritual que los peregrinos de la época recorrían para comprender mejor las Escrituras.
Una viajera que aún nos acompaña
Más de dieciséis siglos después de su viaje, el relato de Egeria sigue acompañando a quienes recorren los caminos del Mediterráneo oriental en busca de sus raíces espirituales. Su texto demuestra que la peregrinación cristiana no es una invención medieval, sino una práctica mucho más antigua.
Leer hoy su diario es abrir un mapa antiguo hecho de caminos, montañas y relatos. Siguiendo sus páginas descubrimos que, mucho antes de que existieran los grandes caminos de peregrinación europeos, una viajera partió de los confines occidentales del Imperio para recorrer miles de kilómetros con un propósito muy concreto: caminar dentro de las Escrituras.

