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Castillo de Bran al atardecer. Transilvania, Rumania fogcatcher - Shutterstock

Del castillo de Drácula a Compostela: El Camino de Santiago en Rumanía

Hay caminos que comienzan en catedrales románicas, otros en puertos medievales, otros en antiguas calzadas romanas cubiertas de musgo. Y hay uno —menos conocido, más silencioso— que pasa junto a un castillo envuelto en leyenda: el de Bran, asociado desde hace más de un siglo al imaginario del conde Drácula.

La imagen desconcierta y, precisamente por eso, seduce. Un peregrino con mochila y vieira cruzando los Cárpatos, atravesando bosques profundos y aldeas donde el tiempo parece haberse detenido, avanzando hacia Santiago de Compostela desde el extremo oriental de Europa. No es una metáfora ni una provocación turística: es el Camino de Santiago en Rumanía.

Porque el Camino no es una única ruta que termina en Galicia. Es una red viva, extensa y compleja, tejida durante siglos por millones de pasos. Desde Escandinavia hasta el Mediterráneo, desde el Atlántico hasta Europa oriental, los caminos jacobeos forman hoy un paisaje cultural de más de 80.000 kilómetros. Un sistema en constante transformación, moldeado no solo por la historia, sino por quienes siguen caminándolo.

Rumanía ocupa el borde oriental de esa red. Durante siglos fue un territorio de paso, de frontera, de tránsito silencioso. Hoy, gracias al trabajo de un grupo de caminantes, investigadores y voluntarios, vuelve a ocupar un lugar visible en el mapa europeo del Camino. En el centro de ese proceso está la Asociația Prietenilor Camino de Santiago (Asociación de Amigos del Camino de Santiago, APCS Rumanía), una entidad que no solo señaliza rutas, sino que recupera memoria, activa comunidades y redefine qué significa peregrinar en el siglo XXI.

Hablamos con Gabriela Greu, vicepresidenta de la asociación, para comprender cómo se construye un Camino desde cero, qué resistencias y desafíos implica, y qué tipo de experiencia ofrece hoy peregrinar por una Rumanía todavía ajena a la masificación, pero profundamente europea.

 

The Way of St James in Romania ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago
El Camino de Santiago en Rumanía ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago

Un Camino que nace de la experiencia

Todo Camino comienza con una experiencia personal. No con un plan institucional ni con una estrategia turística, sino con alguien que camina, vuelve transformado y siente la necesidad de compartir lo vivido.

En el caso del Camino rumano, el origen fue exactamente ese: un pequeño grupo de personas que habían recorrido el Camino de Santiago y que, al regresar a su país, comprendieron que aquella experiencia no podía quedarse en el ámbito individual

Como explica Gabriela Greu, “todo empezó con un pequeño grupo de peregrinos que habían hecho personalmente el Camino de Santiago y querían compartir esa experiencia en Rumanía. En 2016, eso llevó a la fundación de la Asociación de Amigos del Camino de Santiago, la primera y única organización de este tipo en el país.”

Desde el inicio, la ambición fue clara y a largo plazo. No se trataba de crear un tramo simbólico ni una ruta anecdótica, sino de integrar Rumanía en el sistema europeo del Camino con todas sus implicaciones culturales, históricas y humanas.

Greu lo formula así: “Nuestra visión es reconectar Rumanía con la red europea de peregrinaciones desarrollando un Camino rumano de unos 2.300 kilómetros, contribuyendo así a los más de 80.000 kilómetros de rutas jacobeas en Europa.”

Pero para que un Camino sea reconocido como tal, no basta con la voluntad. Hace falta historia, coherencia territorial y un relato que lo sostenga.

 

Un Camino, muchos Caminos a Santiago: sendas históricas y nuevas rutas

Peregrinos medievales y huellas olvidadas

Uno de los grandes retos del proyecto fue demostrar que el Camino de Santiago no era una importación contemporánea, sino una práctica con raíces históricas reales en territorio rumano.

La motivación, explica Greu, nació del deseo de compartir la experiencia del Camino y de incluir Rumanía en el mapa europeo jacobeo. Pero ese deseo encontró pronto un respaldo académico sólido.

“Las investigaciones realizadas por miembros de la asociación —especialmente por nuestro presidente, el profesor doctor Ion Nicolae, geógrafo de la Universidad de Bucarest— identificaron indicios históricos de que peregrinos medievales atravesaban territorios rumanos camino de Santiago de Compostela.”

Ese hallazgo fue decisivo. Permitió no solo legitimar el proyecto, sino también delinear un itinerario coherente, basado en rutas históricas de tránsito, enclaves religiosos, ciudades medievales y corredores naturales que durante siglos conectaron el este y el oeste de Europa.

 

Members of the Way of St James in Romania ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago
Los fundadores de la Asociación del Camino Rumano, y Manuel Rodríguez de España, como invitado especial, cuando se lanzó oficialmente la asociación. ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago

De este modo, el Camino de Rumanía no se plantea como una excepción exótica, sino como una pieza que faltaba en el gran mosaico europeo.

En palabras de Greu, “enriquece el patrimonio peregrino europeo añadiendo diversidad cultural y nuevos paisajes. Ofrece a los peregrinos la oportunidad de descubrir tradiciones rumanas y crea un puente entre Europa del Este y del Oeste a través de una práctica medieval compartida: la peregrinación.”

Construir un Camino: lento, burocrático, humano

Hoy, el Camino rumano existe, pero está todavía en proceso de construcción. Y como todo Camino auténtico, avanza despacio. Hasta ahora, alrededor de 600 kilómetros han sido señalizados. Un trabajo que combina exploración sobre el terreno, diálogo con autoridades locales y una logística sostenida casi exclusivamente por voluntariado.

Greu describe el proceso con claridad: “Hasta ahora hemos marcado alrededor de 600 kilómetros usando conchas y flechas amarillas, y en algunas zonas paneles metálicos. El proceso implica explorar el trazado, obtener permisos de las autoridades locales y coordinar a los voluntarios.”

El principal obstáculo no es el paisaje ni la falta de rutas, sino la burocracia. “El avance es lento por los trámites administrativos, pero vamos paso a paso.” A ello se suma un reto cultural profundo: introducir la idea del peregrinaje de larga distancia en un país mayoritariamente ortodoxo, donde la figura de Santiago no forma parte del imaginario religioso cotidiano.

“Otro reto es introducir la cultura de la peregrinación de larga distancia —a pie, en bicicleta o a caballo— en un país mayoritariamente ortodoxo, donde Santiago no es muy conocido.” Coordinar voluntarios en regiones extensas, garantizar continuidad y sostener el proyecto a largo plazo son desafíos constantes. Pero el Camino empieza, poco a poco, a ser asumido por el territorio.

Comunidades que hacen suyo el Camino

Uno de los aspectos más significativos del proyecto es la implicación de las comunidades locales. El Camino no se impone: se negocia, se explica, se comparte.

Algunos municipios han decidido asumir directamente la señalización de tramos con recursos propios. Voluntarios, miembros de la asociación e incluso grupos scouts han participado activamente en el marcaje. Como señala Greu, “esto refuerza la identidad local y la implicación comunitaria.”

Y es precisamente esa apropiación lenta y orgánica la que está dando forma a un Camino que no responde a un modelo turístico estandarizado, sino a una lógica territorial viva.

 

Members of the Way of St James in Romania ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago
Miembros del Camino de Santiago en Rumanía ©Asociația Prietenilor Camino de Santiago

Patrimonio, silencio y el castillo de Drácula

Peregrinar por Rumanía significa atravesar una concentración inesperada de patrimonio natural y cultural. Sitios UNESCO, ciudades medievales, monasterios, aldeas tradicionales y paisajes montañosos configuran una experiencia profundamente distinta a la de los grandes ejes jacobeos occidentales.

El Camino pasa por lugares como el Palacio Sturdza de Miclăușeni, la Iglesia Negra de Brașov, la antigua iglesia de Santiago en Câmpulung Muscel o la aldea de Șirnea, a los pies del macizo de Piatra Craiului.

Pero hay un enclave que destaca por su potencia simbólica: el Castillo de Bran. Asociado universalmente a la figura de Drácula, el castillo introduce un contraste casi literario: un Camino de peregrinación que atraviesa uno de los iconos más oscuros del imaginario europeo.

Lejos de ser una anécdota, ese cruce revela la complejidad cultural del territorio. Greu lo explica con precisión: “El Castillo de Bran conservó (hoy en el museo de la ciudad) una estatua de Santiago que perteneció a la reina María de Rumanía. Se cree que fue un regalo de un peregrino que regresaba de Santiago.”

Ese objeto —una estatua discreta, casi silenciosa— funciona como prueba material de una historia compartida. “Simboliza la presencia histórica de tradiciones peregrinas en Rumanía y su conexión con el Camino.”

La figura de Santiago reaparece en iglesias y capillas de todo el país. En Oradea, Brașov, Sibiu, Sebeș o Iași. Conchas de vieira encontradas en tumbas medievales sugieren el deseo de algunos peregrinos de ser enterrados con el símbolo jacobeo. Y en iglesias como la fortificada de Ghelinţa aparecen representaciones visuales de leyendas del Camino, como el milagro de Santo Domingo de la Calzada.

Un Camino aún en silencio

Hoy, el Camino de Rumanía ofrece algo cada vez más escaso en Europa: silencio, autenticidad y ausencia de masificación. Existen dos albergues oficiales —Casa Genoveva en Câmpulung Muscel y Casa Mărioara en Șirnea— además de pensiones y alojamientos privados. La red de acogida está en construcción, pero crece con coherencia.

Los peregrinos que ya han recorrido tramos del Camino destacan precisamente eso: “el silencio, la autenticidad y la belleza natural.” Durante el Año Jubilar, miembros de la asociación caminaron partes de la ruta como una Peregrinación de la Esperanza, conectando con comunidades, iglesias y autoridades locales. No como turistas, sino como caminantes que escuchan y se dejan transformar.

 

El Camino de Santiago, más europeo que nunca

Mirar hacia Europa, paso a paso

El futuro del Camino rumano pasa por seguir tejiendo conexiones. Señalizar más kilómetros, acceder a financiación europea, desarrollar proyectos educativos y atraer a jóvenes. “Nuestro objetivo es construir un marco educativo y cultural centrado en valores del Camino como la empatía y la solidaridad, en cooperación con otras organizaciones europeas.”

Los vínculos con países vecinos ya están en marcha. Con Hungría, para conectar Oradea con Budapest. Con Ucrania, para enlazar con el Camino Podolico. El Camino de Rumanía no quiere ser un final, sino un puente.

Para Gabriela Greu, el Camino no es solo un proyecto cultural. Es una transformación personal. “Caminar el Camino cambió mi vida. Se convirtió en una pasión y una misión.” Trabajar en esta ruta es, para ella, una forma de dejar huella: “crear algo significativo para futuros peregrinos y para el país y sus comunidades.”

Si tuviera que recomendar un tramo, no duda: el que une Câmpulung Muscel con Brașov. Un recorrido que comienza y termina en lugares vinculados a Santiago, atraviesa paisajes espectaculares y resume la diversidad del Camino rumano.

Del castillo de Drácula a Santiago de Compostela, el Camino en Rumanía propone una peregrinación distinta: menos transitada, más interior, profundamente europea. Un recordatorio de que el Camino no termina en Galicia. Empieza, una y otra vez, allí donde alguien decide volver a caminar. Ultreia.

 

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