Henri Poincaré, uno de los grandes matemáticos del siglo XIX, llevaba semanas luchando con un problema que se resistía a resolverse. Entonces se detuvo. Salió de excursión en diligencia, con la mente en otra parte, y en el instante en que apoyó el pie en el estribo, la solución le llegó entera, sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí. Contó aquel episodio para explicar algo que toda mente creativa conoce y que la cultura laboral contemporánea se empeña en ignorar: a veces un problema solo se resuelve cuando se deja de afrontarlo directamente.
Suena como una excusa para perezosos. Sin embargo, es uno de los fenómenos mejor documentados de la psicología cognitiva, y tiene incluso un nombre: incubación. Comprender sus reglas exactas vale más que mil técnicas de productividad, porque invierte la idea de que, ante un nudo, la respuesta sea siempre apretar los dientes e insistir.
El primero en ordenarlo fue un inglés, Graham Wallas, que en 1926 describió la creación de una idea en cuatro fases. Primero, la preparación: el estudio intenso del problema. Después, la incubación, cuando se deja de lado y la mente consciente se ocupa de otra cosa. Luego, la iluminación, el instante en que la solución aflora, ese ajá que parece venir de la nada. Por último, la verificación, cuando se comprueba que la intuición se sostiene.
Wallas había observado que los inventores y científicos de su tiempo atravesaban casi todos la misma secuencia, y que la tercera fase, el destello, llegaba sistemáticamente después de la segunda, la pausa. Durante casi un siglo, aquella siguió siendo una teoría sugerente en busca de pruebas. Las pruebas llegaron.
La prueba de que la pausa funciona, con condiciones
En 2009, dos investigadores, Ut Na Sio y Thomas Ormerod, revisaron décadas de experimentos sobre el tema en un metaanálisis publicado en Psychological Bulletin. Su conclusión: el efecto de incubación existe de verdad. Alejarse de un problema durante un tiempo aumenta, de media, la probabilidad de resolverlo frente a quienes continúan mirándolo fijamente. Pero el dato realmente valioso está en las condiciones, porque la incubación no es una varita mágica y solo funciona si respeta dos reglas.
La primera tiene casi algo de justicia poética: cuanto más tiempo has trabajado en el problema antes de soltarlo, mayor es el beneficio de la pausa. No se puede incubar aquello sobre lo que antes no se ha dado vueltas. La diligencia de Poincaré funcionó porque llegó después de semanas de dar vueltas. Desconectar sin haberse implicado antes no incuba nada: es, sencillamente, no haber empezado.
La segunda regla tiene que ver con lo que haces durante la pausa. El metaanálisis muestra que llenar la incubación con una tarea de alta exigencia cognitiva, otro problema complejo, debilita el efecto. Para trabajar en segundo plano sobre el nudo abandonado, la mente necesita que la superficie esté ocupada por algo ligero. Y por eso caminar es una actividad de incubación casi perfecta: mantiene el cuerpo ocupado y la mente libre, lo bastante entretenida como para no volver a apretar el problema, pero no tanto como para robar los recursos necesarios para deshacerlo por debajo.
Caminar genera ideas, pero de un tipo concreto
Aquí entra un segundo estudio, que se hizo célebre. En Stanford, Marily Oppezzo y Daniel Schwartz midieron la creatividad de 176 personas mientras estaban sentadas y mientras caminaban. El resultado: caminar aumentaba la producción de ideas creativas una media del 60 % frente a permanecer sentado, y el efecto continuaba durante un tiempo incluso después de volver a sentarse.
Pero conviene atender a un matiz que muchos entusiastas de la cita olvidan, y que vuelve el dato todavía más interesante. Caminar potenciaba el pensamiento divergente, es decir, la capacidad de generar muchas ideas, alternativas y asociaciones inesperadas. No mejoraba, en cambio, el pensamiento convergente, el que sirve para encontrar la única respuesta correcta a un acertijo cerrado. “No estamos diciendo que caminar os convierta en Miguel Ángel”, precisó Oppezzo. “Pero puede ayudar en las fases iniciales de la creatividad”. El sendero, en suma, es una máquina para abrir posibilidades, no para cerrarlas.
Al juntar ambos trabajos se obtiene un mapa sorprendentemente práctico de la mente que resuelve. La fase de asedio, aquella en la que uno se enreda con el problema, es necesaria y debe hacerse sentado, concentrado, hasta llegar al bloqueo. Después hace falta la pausa, y la mejor pausa es un movimiento ligero que libere la mente: caminar. Durante ese movimiento nacen las ideas divergentes, los caminos nuevos. Y cuando uno vuelve a sentarse, a menudo la solución convergente ya está ahí, porque el trabajo subterráneo se ha producido mientras la conciencia miraba el paisaje.
La peregrinación como incubación larga
Todo esto arroja una luz distinta sobre una experiencia que muchos peregrinos viven sin saber nombrarla. A menudo se parte con una pregunta sin resolver, un nudo vital, una decisión que en casa, sentado, no terminaba de aclararse. A lo largo del Camino no se afronta directamente: se deja macerar mientras los pies hacen su trabajo y los ojos se llenan de campos. Y entonces, una tarde cualquiera, hacia el kilómetro veinte, la respuesta aflora sin drama, como la solución de Poincaré en el estribo. No porque el sendero contenga sabiduría, sino porque recrea, durante semanas, las condiciones exactas que describe la ciencia: un problema sobre el que antes uno se ha desgastado, una mente ocupada de forma ligera, un cuerpo que camina y hace florecer el pensamiento divergente.
Pero hay una advertencia necesaria contra la mitología de “desconectar y ya está”. La incubación no premia la huida, sino la pausa después del esfuerzo. Quien parte al Camino esperando que la ruta decida por él, sin haber afrontado antes el problema, solo encontrará piernas cansadas. La sabiduría del sendero no es una alternativa al pensamiento. Es su segundo tiempo.
Queda una pregunta, y la dejo para cualquiera que viva clavado a una mesa convencido de que las respuestas solo se conquistan quedándose quieto a buscarlas. Si las mejores ideas llegan cuando el cuerpo se mueve y la mente deja de apretar, ¿cuánto de nuestro genio inutilizado está simplemente esperando a que nos levantemos y salgamos a caminar?
Fuentes principales: U. N. Sio y T. C. Ormerod, “Does Incubation Enhance Problem Solving? A Meta-Analytic Review”, Psychological Bulletin 135(1), 2009; M. Oppezzo y D. L. Schwartz, “Give Your Ideas Some Legs: The Positive Effect of Walking on Creative Thinking”, Journal of Experimental Psychology: Learning, Memory, and Cognition 40(4), 2014; H. Poincaré, relato autobiográfico sobre el descubrimiento de las funciones fuchsianas (1908).
The emotions of pilgrimage: A map for understanding ourselves

