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Campanas, viento, pasos y lo que hacen a la mente

El viento de las crestas montañosas, de las mesetas y de los puertos de montaña es algo completamente distinto emerald_media - Shutterstock
El viento de las crestas montañosas, de las mesetas y de los puertos de montaña es algo completamente distinto emerald_media - Shutterstock

Mucho antes de comprender por qué, el cuerpo ya sabe que ciertos sonidos le hacen bien. Lo sabe desde mucho antes de que existieran las palabras para explicarlo.

Hay un sonido que muchos peregrinos del Camino de Santiago señalan como el momento en que comprendieron que realmente habían llegado. No es la vista de la catedral, aunque sea extraordinaria. No es la plaza del Obradoiro, aunque sea una de las más hermosas de Europa. Son las campanas. Las grandes campanas de bronce antiguo, las que repican en las grandes festividades y se escuchan a kilómetros de distancia. Primero llegan como una vibración que se siente más en el pecho que en los oídos; después se convierten en un sonido pleno que llena el aire.

El cuerpo lo reconoce antes de que la mente lo identifique. Algo se afloja. Los hombros descienden unos centímetros. La respiración se abre. Es una respuesta fisiológica ante un estímulo sonoro muy concreto.

Paisaje sonoro

En la década de 1970, el compositor y teórico R. Murray Schafer introdujo el concepto de paisaje sonoro (soundscape) para describir el conjunto de sonidos que caracterizan y definen un entorno. Su intuición fundamental era que los sonidos de un lugar no constituyen un simple fondo neutral que pueda ignorarse: forman parte esencial de la experiencia de ese lugar. Si cambia el paisaje sonoro, cambia el lugar. Y si cambia el lugar, cambian también las personas que lo habitan.

Las catedrales románicas, con sus bóvedas elevadas y sus gruesos muros de piedra, no producen la misma acústica que las basílicas barrocas o las iglesias modernas. Estas diferencias no son casuales. Los arquitectos medievales construían sabiendo cómo se comportaría el sonido dentro del espacio y diseñaban en consecuencia.

El eco prolongado de algunos coros benedictinos, la forma en que una sola voz se multiplica bajo un ábside románico o el silencio amortiguado de ciertas capillas de granito estaban pensados para generar una experiencia concreta en quien cruzaba sus puertas.

Los propios pasos

Pero quizá lo más hermoso de los sonidos del camino no sean las campanas de las catedrales. Son los pasos. Los propios pasos sobre el sendero.

Prueba a escucharlos de verdad alguna vez, en lugar de cubrirlos con la música de unos auriculares. Sobre un camino de tierra compacta, cada pisada produce un sonido grave y lleno que cambia ligeramente según el terreno: más seco sobre la arcilla endurecida, más suave sobre la tierra húmeda, diferente sobre el empedrado o la hierba alta.

Poco a poco, ese sonido se sincroniza con la respiración —inspirar durante dos pasos, espirar durante otros dos— y, tras horas de marcha, también con el ritmo cardíaco.

Los monjes benedictinos que organizaban su jornada en torno a la regla ora et labora —reza y trabaja— comprendieron que caminar rítmicamente entre el claustro, la iglesia y los campos producía algo muy parecido a la oración. No porque recitaran fórmulas mientras caminaban, aunque a menudo lo hicieran, sino porque el ritmo sostenido del paso genera un estado de atención tranquila y prolongada que recuerda a los estados meditativos descritos por tradiciones contemplativas de todo el mundo.

Los investigadores que estudian la relación entre música y cerebro han documentado ampliamente un fenómeno conocido como entrainment o sincronización rítmica: la tendencia del sistema nervioso a acompasarse con ritmos regulares procedentes del exterior.

Los tambores de ciertas ceremonias chamánicas, los gongs tibetanos o los cantos gregorianos, con su ritmo lento y constante, producen cambios medibles en la actividad cerebral de quienes los escuchan. Caminar de forma rítmica genera un efecto similar, pero utilizando los propios pasos como fuente sonora. Es una forma de autorregulación en la que el cuerpo crea el ritmo que necesita para armonizarse.

El viento

El viento merecería un capítulo aparte. No el viento urbano que se cuela entre los edificios y vuelca contenedores. Ese es simplemente ruido. El viento de las crestas montañosas, de las mesetas y de los puertos de montaña es algo completamente distinto. Tiene textura, dirección, temperatura y lo que los antiguos marineros llamaban carácter.

Los pastores trashumantes de los Apeninos conocían los vientos por su nombre y sabían, incluso antes de sentirlos, qué tiempo se aproximaba observando el comportamiento de los rebaños. Los peregrinos medievales que cruzaban las rutas alpinas sabían que determinado viento anunciaba nieve antes del mediodía y actuaban en consecuencia.

Ese tipo de conocimiento —sensorial, corporal y no verbal— solo se adquiere permaneciendo mucho tiempo al aire libre. Solo aparece cuando uno aprende a detenerse lo suficiente para escuchar, en lugar de limitarse a desplazarse.

Algo parecido ocurre con los mantras tibetanos recitados durante la kora del monte Kailash. En particular, el Om Mani Padme Hum, repetido durante horas por los peregrinos mientras caminan, genera vibraciones laríngeas que estimulan mecánicamente el nervio vago.

Este nervio es una de las principales vías del sistema parasimpático, relacionado con la calma, el descanso, la digestión y la disminución de las respuestas de alarma. Se trata, en cierto modo, de una farmacología sonora que no necesita ingredientes externos: solo voz, ritmo e intención.

Hacia el final de una larga peregrinación, algo cambia en la forma de escuchar el mundo. Se empiezan a percibir detalles que durante los primeros días pasaban completamente desapercibidos: la diferencia sonora entre un sendero seco y uno húmedo; el cambio de tono del viento cuando aumenta la altitud; la manera en que un bosque suena distinto por la mañana y por la tarde; el silencio específico —denso, activo— que precede a la lluvia.

No es que esos sonidos no estuvieran allí antes. Siempre estuvieron. Lo que ocurre es que el camino ha eliminado suficiente ruido de fondo —interior y exterior— como para permitirnos escucharlos por fin.

Referencias

  • Schafer, R.M. (1977). The Soundscape: Our Sonic Environment and the Tuning of the World. Destiny Books.
  • Levitin, D.J. (2006). This Is Your Brain on Music. Dutton. 

The silence of nature as an experience of inner healing

Entrada también disponible en: English Italiano

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