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Peregrino coreano en el Camino de Santiago Marcos Campos - Shutterstock

Así nació la fiebre coreana por el Camino de Santiago

Una mujer asiática camina sola por el norte de España. Lleva una mochila, avanza a un ritmo que no impone ningún horario y aprende a medir el tiempo de otra manera: por la distancia hasta el próximo pueblo, por el cansancio de las piernas, por la conversación inesperada con un desconocido. Esta imagen casi anecdótica tiene lugar entre 2004 y 2005, en el Camino Francés.

Esa mujer es Kim Nam Hee, escritora surcoreana prácticamente desconocida fuera de su país. No llegó al Camino de Santiago como representante de una institución turística ni como especialista en historia europea. Llegó como peregrina. Contó sus experiencias en 2006 como parte de una colección de diarios de viaje bajo el título El viaje de una mujer sola.

Lo que sucedió a partir de ahí fue revolucionario.

Las cifras ayudan a medir la magnitud del cambio. En 2004, la Oficina del Peregrino registró apenas 18 peregrinos procedentes de Corea del Sur. Quince años después, en 2019, la cifra había alcanzado los 8.224. El libro vendió, según fuentes internacionales, más de 50.000 ejemplares (y no ha sido, por ahora, traducido a otros idiomas).

 

Un catalizador

Ese salto no puede atribuirse mecánicamente a un solo libro. Sería una simplificación convertir a Kim Nam Hee en la única causa de una transformación colectiva. Pero diversas fuentes gallegas, jacobeas y periodísticas coinciden en señalar su libro como uno de los grandes catalizadores del auge coreano: un fenómeno cultural.

La historia tiene algo de paradoja. El Camino de Santiago, una red de rutas de origen medieval que atraviesa España hasta Compostela, podía parecer lejano para el público coreano: geográficamente remoto, culturalmente distinto y vinculado a una tradición religiosa poco conocida.

Sin embargo, en apenas unos años pasó a ser un referente de viaje interior, resistencia física, pausa vital y encuentro humano. Kim Nam Hee no explica por sí sola ese fenómeno, pero ocupa un lugar decisivo en su origen.

La clave es que Kim Nam Hee no presentó el Camino como un catálogo de monumentos ni como una lista de etapas que cumplir. Lo presentó como un lugar en el que algo puede cambiar. En intervenciones posteriores, la autora explicó que el Camino la había vuelto más abierta, valiente y generosa. También habló de las historias de otros peregrinos y de aquello que el recorrido parecía susurrarle. El lenguaje es revelador: no el de una turista que visita un destino, sino el de alguien que escucha mientras avanza.

Para muchos lectores coreanos, aquella voz ofreció una traducción emocional del Camino. La ruta dejaba de ser una tradición europea difícil de descifrar y se convertía en algo reconocible: una travesía a solas, una prueba física, un intervalo frente a la vida ordinaria. Algo que conectaba esencialmente con el alma y los valores coreanos.

Del libro a la galaxia

La popularidad del Camino tampoco se quedó en el mundo del libro. En 2013, Kim Nam Hee participó en un programa televisivo coreano centrado en la experiencia de varios peregrinos. Después llegaron otros formatos audiovisuales y programas de entretenimiento, como Shall We Walk Together, emitido por JTBC en 2018 y protagonizado por el grupo musical g.o.d. La ruta compostelana se convirtió así en un escenario reconocible para la cultura popular coreana.

No se trata de que todos esos programas dependieran directamente del libro de Kim Nam Hee. Más bien muestran que el Camino ya había adquirido un lugar estable en el imaginario colectivo. Lo que comenzó como una narración íntima podía ahora convertirse en reality, en programa de variedades, en contenido digital, en conversación universitaria y en aspiración turística.

El fenómeno ha dejado incluso una huella dentro de Corea. Algunas rutas de senderismo nacionales se presentan como equivalentes o versiones coreanas del Camino de Santiago. El Jeju Olle Trail suele compararse con la ruta española, mientras que el Dongseo Trail ha sido promovido en ocasiones con una retórica semejante. La comparación revela que lo que viaja desde Galicia no es solo un destino internacional. Viaja una idea: caminar durante días puede ser una forma de conocer un territorio, pero también de reconstruir la relación con uno mismo y con los demás.

Jeju Olle: Walking the island of natural wonders

En los últimos años, el mercado editorial coreano ha confirmado esa expansión. Tras Kim Nam Hee han aparecido memorias, guías prácticas, relatos de encuentros y libros de tono poético sobre el Camino. Es una señal de madurez cultural. El Camino ya no depende de una sola voz ni de un único tipo de lector. Hay quienes buscan información logística, quienes quieren leer historias de amistad y quienes encuentran en la ruta un lenguaje para hablar de duelo, incertidumbre, cansancio o esperanza.

Una sociedad necesitada de caminar

El terreno, además, era fértil. Corea del Sur es una sociedad urbana, altamente conectada y marcada por una fuerte cultura del rendimiento. En ese contexto, el Camino podía ofrecer una forma de tiempo distinta. No un tiempo vacío, sino un tiempo lento. Caminar durante semanas supone renunciar, al menos temporalmente, a la rapidez de la vida cotidiana, a la obsesión por la eficiencia y a la obligación de que cada hora tenga una utilidad visible.

Varios estudios sobre viajeros coreanos han identificado precisamente esas dimensiones: lentitud, recogimiento, meditación, espiritualidad, amistad y dolor físico. La peregrinación aparece como una experiencia compleja, en la que el cuerpo importa tanto como la mente. Los kilómetros no son una metáfora; pesan en los pies, en las rodillas y en la decisión de continuar cada mañana. Pero ese cansancio puede adquirir un sentido distinto cuando se comparte con otros caminantes o cuando se convierte en una medida tangible del propio esfuerzo.

Por eso el Camino ha encontrado en Corea una resonancia que va más allá del turismo. Para algunos, es un viaje de transición entre etapas de la vida. Para otros, una pausa después de un periodo de estudio o trabajo intenso. Para muchos, es una forma de comprobar que todavía es posible avanzar sin saber exactamente qué espera al final de la jornada.

Quizá por eso la influencia de Kim Nam Hee sigue siendo tan visible. No porque haya explicado todo lo que significa el Camino, sino porque encontró una manera de hacerlo cercano. Su relato no prometía una transformación automática ni convertía la ruta en una respuesta para todos los problemas. Mostraba, más bien, a una mujer avanzando sola, con dudas, miedo y cansancio, hasta descubrir que caminar también puede ser una forma de abrirse.

Antes de las estadísticas, de los programas de televisión y de las rutas coreanas que aspiran a parecerse a Santiago, hubo una peregrina que volvió a casa y escribió sobre lo que había vivido. Miles de lectores coreanos encontraron en aquellas páginas algo más que una historia sobre España. Encontraron la posibilidad de empezar su propio camino.

 

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