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El cuerpo habla, pero no en todas partes la misma lengua

El Camino de Santiago reune peregrinos de muy diversas procedencias J.F.G.PHOTO - Shutterstock
El Camino de Santiago reune peregrinos de muy diversas procedencias J.F.G.PHOTO - Shutterstock

Hay un juego silencioso que se repite en cada peregrinación del mundo. Llegas cansado al albergue, te sientas y, mientras te desatas las botas, observas a los demás. El que pone la mesa para todos sin que nadie se lo pida. La que mantiene la mochila entre ella y los desconocidos como una pequeña muralla. El chico que se ríe demasiado alto y mira siempre hacia la puerta. También está quien quiere entablar conversación a toda costa, ignorando tu cansancio.

En pocos minutos, sin una palabra, ya te has hecho una idea de quién tienes delante. La pregunta es: ¿hasta qué punto puedes fiarte de esa idea, sobre todo cuando las personas proceden de cuarenta países distintos?

La respuesta que circula en los cursos de comunicación, esa según la cual el cuerpo “nunca miente” y el 93% del mensaje sería no verbal, es una leyenda urbana. Ese número procede de dos estudios de Albert Mehrabian de los años sesenta, realizados con palabras aisladas pronunciadas con tonos discordantes, y el propio Mehrabian ha pasado décadas insistiendo en que no deben generalizarse.

El cuerpo comunica muchísimo, pero de una forma más ambigua, más cultural y más contextual de lo que sostiene la versión popular. Comprender a quien camina a nuestro lado es posible, pero exige saber qué aspectos del lenguaje corporal atraviesan las fronteras y cuáles no.

La ilusión del rostro universal

Durante medio siglo hemos creído, siguiendo la estela de Paul Ekman, que existían seis emociones básicas con sus correspondientes expresiones faciales reconocibles en cualquier cultura. En los estudios de los años setenta, miembros del pueblo fore de Papúa Nueva Guinea, sin contacto con Occidente, identificaban la tristeza en las fotografías correctas el 81% de las veces. Parecía la prueba definitiva de un alfabeto biológico común.

En los últimos quince años, esa certeza se ha resquebrajado. Cuando los investigadores dejaron de utilizar la elección forzada, es decir, de presentar al participante una lista de etiquetas entre las que escoger, y permitieron que las personas describieran libremente lo que veían, los resultados cambiaron. Los himba de Namibia, los hadza de Tanzania y los trobriandeses de Papúa Nueva Guinea no asocian espontáneamente las “caras” canónicas con las emociones que el modelo preveía. Un rostro que en Europa leemos como miedo puede señalar, entre los trobriandeses, una amenaza dirigida al otro.

La conclusión compartida hoy es más prudente: existe una base universal, pero interactúa con un aprendizaje cultural que modifica profundamente el significado y las reglas de uso.

Walking alone or with others? Two very different ways to feel better

Las reglas de uso son la clave. Ya Ekman y Friesen habían observado que japoneses y estadounidenses mostraban las mismas expresiones ante una escena desagradable cuando estaban solos, pero los japoneses las enmascaraban en presencia de una figura de autoridad. Las llamaron display rules, reglas de exhibición. Una misma sonrisa puede expresar alegría, incomodidad, sumisión o simple cortesía según el país en el que aparezca. Y mientras uno intenta descifrar un rostro en el albergue, ese rostro está siguiendo un guion que quizá no hemos leído.

De ahí se desprende una consecuencia práctica para quien cree saber detectar mentiras a través de microexpresiones: las grandes revisiones científicas, incluida una de la National Academy of Sciences de Estados Unidos, no han encontrado pruebas fiables de que el análisis de microexpresiones permita identificar la mentira. Los falsos positivos abundan, y las diferencias culturales lo complican todo aún más.

Lo que sí viaja de verdad

Si el rostro es traicionero, hay otros elementos que atraviesan mejor las fronteras. El primero es el espacio. El antropólogo Edward Hall describió en los años sesenta la proxémica: la distancia que mantenemos respecto a los demás está regulada por gramáticas culturales precisas. Existen culturas de contacto, donde la cercanía física y el tacto son normales, y culturas de no contacto, donde esa misma proximidad puede resultar agresiva.

Ese peregrino mediterráneo que te habla a veinte centímetros de la nariz no tiene por qué ser invasivo; simplemente está usando su lengua. Esa mujer escandinava que retrocede un paso no tiene por qué ser fría; está protegiendo la suya. El malentendido nace cuando confundimos una regla espacial con un rasgo de carácter.

El segundo elemento que sí viaja es la sincronía. Cuando dos personas, incluso de culturas muy alejadas, empiezan a reflejarse, a moverse y respirar al mismo ritmo, surge una afinidad real y medible: la coordinación motora aumenta la empatía, la confianza y la cooperación. Es una señal más honesta que una sonrisa, porque resulta difícil fingirla. Observar quién, dentro de un grupo, acaba sincronizándose con los demás y quién permanece siempre fuera de ritmo dice más que muchas expresiones faciales.

El tercero es la velocidad del primer juicio. La psicóloga social Nalini Ambady mostró que, a partir de unos pocos segundos de observación —las llamadas thin slices, o “muestras finas”—, obtenemos valoraciones de personalidad sorprendentemente coherentes con las de quienes conocen a esa persona desde hace tiempo. El problema es que coherente no significa correcto: las primeras impresiones son rápidas y estables, pero pueden equivocarse de manera sistemática, sobre todo entre culturas, precisamente porque aplicamos nuestras propias reglas a señales gobernadas por otras.

El arte sutil de no juzgar a la ligera

Al reunir los datos, emerge un método que es casi lo contrario de “leer a las personas como un libro abierto”. A quien camina a nuestro lado se le comprende mejor no juzgándole por las primeras impresiones. Se mira la postura no para archivarla como “cerrada” o “abierta”, sino para observar si cambia cuando llega alguien. Se atiende a la distancia que la persona elige, recordando que es una lengua, no un veredicto. Se registra quién entra en sincronía con el grupo y quién no. Y se tiene presente que la primera impresión, por vívida que resulte, es una hipótesis, no un diagnóstico.

La peregrinación es el laboratorio ideal para ese entrenamiento, porque despoja a las personas de sus máscaras cotidianas —trabajo, estatus, ropa— y las coloca a todas dentro de una misma experiencia. Pero, precisamente porque mezcla a personas de cuarenta culturas distintas, obliga a una humildad interpretativa que en la vida ordinaria solemos ahorrarnos.

Queda una pregunta que afecta a cualquiera que viaje, trabaje o ame a través de las fronteras. Si el cuerpo no habla en todas partes la misma lengua, comprender al otro no consiste en descifrar un código que ya poseemos, sino en aceptar que no lo tenemos. Y quizá, entonces, la persona que mejor leemos a lo largo del camino no es aquella cuyos pensamientos adivinamos, sino aquella junto a la que dejamos, durante un tramo, de querer adivinar.

Fuentes principales: P. Ekman y W. Friesen, “Constants Across Cultures in the Face and Emotion”, Journal of Personality and Social Psychology, 1971; M. Gendron, C. Crivelli y L. F. Barrett, “Universality Reconsidered: Diversity in Making Meaning of Facial Expressions”, Perspectives on Psychological Science, 2018; C. Crivelli y colaboradores, “Recognizing Spontaneous Facial Expressions of Emotion in a Small-Scale Society of Papua New Guinea”, Emotion, 2017; E. T. Hall, The Hidden Dimension, 1966; S. Wiltermuth y C. Heath, “Synchrony and Cooperation”, Psychological Science, 2009; N. Ambady y R. Rosenthal, “Thin Slices of Expressive Behavior as Predictors of Interpersonal Consequences”, Psychological Bulletin, 1992.

Entrada también disponible en: English Italiano

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