No existe una respuesta correcta. Pero sí existe una diferencia real, y comprenderla antes de partir puede cambiar por completo la experiencia del camino.
Jacinta tenía sesenta y tres años cuando decidió hacer sola el Camino de Santiago. Su hija insistió en acompañarla. Habría sido un proyecto precioso: tendrían tiempo para hablar, para conocerse como adultas, para recuperar años de silenciosa distancia. Su hermana hizo la misma propuesta. Incluso una amiga con la que compartía alguna pizza de vez en cuando se ofreció, con un entusiasmo inesperado, a emprender el viaje juntas.
Jacinta agradeció todas las propuestas con amabilidad, pero con la serenidad firme de quien ya ha tomado una decisión. Preparó una mochila con exactamente lo necesario para una sola persona.
A su regreso, su hija le preguntó cómo había ido. — Como hace treinta años — respondió ella. Y no explicó a qué se refería con aquel “hace treinta años”.
En el otro extremo está Marco, de cuarenta y dos años, director de proyectos en una consultora, que ha recorrido el mismo Camino tres veces en diez años. La primera, solo, partiendo desde Lisboa un lunes de febrero, cuando el Camino Portugués está casi desierto. La segunda, con un viejo amigo al que conocía desde hacía dos décadas y con quien apenas había discutido nunca. La tercera, dentro de un grupo organizado de catorce personas, algunas de las cuales no había visto antes del día de la salida.
«Fueron tres experiencias completamente distintas», cuenta. «Casi tres caminos diferentes. O quizá cuatro, porque yo también era una persona distinta cada vez». No sabe cuál prefiere. Depende de lo que estuviera buscando en cada momento.
Lo que ocurre cuando caminamos solos
La diferencia entre caminar solo y caminar acompañado tiene mucho que ver con el tipo de experiencia que buscamos y con el trabajo interior que estamos dispuestos —o preparados— para afrontar. Cuando caminamos solos, la mente dispone de espacio para ir donde quiera, sin tener que responder a nadie.
Walking as meditation in motion: An ancient practice confirmed by Neuroscience
Pensamientos que en la vida cotidiana nunca encuentran su momento —porque siempre hay interrupciones, notificaciones, conversaciones o tareas pendientes— aparecen de pronto en el sendero con la tranquilidad de quien sabe que tiene tiempo.
A veces son pensamientos agradables: recuerdos felices, ideas creativas, reflexiones que se despliegan lentamente como flores aceleradas por el tiempo. Otras veces sucede lo contrario: resurgen preocupaciones que creíamos controladas, conflictos sin resolver que reclaman atención o aspectos de nosotros mismos con los que todavía no hemos hecho las paces.
El camino en solitario no garantiza que encontremos aquello que buscamos. Garantiza que encontraremos aquello que ya está ahí.
Los filósofos que hicieron del caminar una forma de pensamiento dejaron abundantes testimonios sobre ello. Rousseau, en sus Ensoñaciones del paseante solitario, describía los paseos en soledad como el único contexto en el que lograba pensar con verdadera claridad. Nietzsche concebía buena parte de sus obras durante sus largas caminatas por los alrededores de Sils-Maria. Wordsworth y Coleridge caminaban juntos durante horas, a menudo en silencio, cada uno inmerso en su propio mundo antes de detenerse a dialogar con alguien.
Todos ellos apuntan a una misma intuición: la soledad en movimiento genera una calidad de pensamiento distinta a la que producen el sedentarismo o la compañía. Como si las piernas llevaran consigo algo que permanece inmóvil cuando el cuerpo está quieto.
Lo que ocurre cuando caminamos acompañados
Caminar con otras personas activa mecanismos completamente diferentes. Los ritmos físicos tienden a sincronizarse: el paso, la respiración, las pausas. Y con ellos suelen sincronizarse también los estados emocionales y los niveles de energía. El cansancio de uno se vuelve visible para el otro. El buen humor se contagia sin necesidad de palabras.
La fatiga compartida produce una forma de intimidad que muchos peregrinos describen como sorprendentemente rápida. Personas que se conocen desde hace apenas un día terminan compartiendo historias que nunca han contado a amigos de toda la vida. El camino abaja las defensas.
El ritmo común, el esfuerzo común y la ausencia de los contextos habituales que definen quiénes somos, facilitan que aparezca algo más sencillo y más auténtico: la posibilidad de ser uno mismo.
The strength of a group: Walking together improves motivation and well-being
La sabiduría de las tradiciones de peregrinación
Las grandes tradiciones peregrinas han gestionado esta dualidad durante siglos.
Por ejemplo el hajj, la peregrinación a La Meca que todo musulmán debe realizar al menos una vez en la vida si tiene la posibilidad, es por definición una experiencia colectiva. Millones de personas realizan los mismos gestos en el mismo lugar y al mismo tiempo. Existe una sincronización de intención y movimiento que resulta casi vertiginosa. Y, sin embargo, dentro de esa inmensa experiencia colectiva también existen momentos de oración individual, silenciosa e intransferible.
Algo parecido ocurría en el Camino de Santiago medieval. Los peregrinos caminaban juntos durante ciertos tramos y después se separaban. No era una cuestión de organización, sino una consecuencia natural de un viaje que dejaba espacio para ambas formas de experiencia.
Los riesgos de cada opción
Quien haya recorrido una larga distancia acompañado conoce bien uno de los riesgos más frecuentes: la conversación puede convertirse en refugio contra el silencio. Es posible caminar treinta días sin llegar a encontrarse realmente con uno mismo porque siempre hay algo que comentar, discutir o compartir.
Eso no convierte la experiencia en menos valiosa. Simplemente la transforma en otra cosa.
Existe también un riesgo menos comentado en el camino en solitario. La soledad puede amplificar aquello que intentábamos comprender hasta volverlo más pesado en lugar de más claro. Sin la presencia equilibradora de otra persona, algunos pensamientos empiezan a girar en círculos. No siempre las semanas de introspección producen claridad. A veces solo producen un ruido más intenso.
Lo que enseñan los caminos largos
La respuesta más certera a la pregunta inicial quizá sea que necesitamos ambas experiencias. Y los caminos largos suelen ofrecernos las dos.
Compañeros que aparecen espontáneamente en un albergue y desaparecen unos días después. Conversaciones profundas con alguien a quien nunca volveremos a ver. Horas de absoluta soledad durante la mañana, antes de que los demás se pongan en marcha.
El camino en solitario nos devuelve a nosotros mismos. El camino compartido nos devuelve a los demás. Y un camino suficientemente largo, capaz de contener ambas dimensiones, enseña algo que pocas experiencias breves pueden mostrar: que somos capaces de estar solos y también de estar con otros, y que ninguna de esas condiciones, por sí sola, basta para describir quiénes somos realmente.
Walking Together: Is Pilgrimage the Ultimate Relationship Test?

