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Cava catalán: Gaudí y el nacimiento de una industria

Una copa de cava catalán SNQET - Shutterstock
Una copa de cava catalán SNQET - Shutterstock

A finales del siglo XIX, mientras Antoni Gaudí levantaba torres imposibles en Barcelona, miles de botellas comenzaban a fermentar bajo tierra en el Penedès. Cataluña estaba inventando dos símbolos modernos al mismo tiempo: una nueva arquitectura y un nuevo vino.

La coincidencia no es solamente cronológica. El modernismo catalán y el nacimiento del cava pertenecen al mismo clima histórico: una sociedad industrial en expansión, una burguesía deseosa de prestigio cultural y una Cataluña que intentaba proyectar una identidad propia a través de la arquitectura, la industria y el paisaje.

La relación entre Gaudí y el cava existe, pero no del modo simple que a veces sugieren ciertos relatos turísticos. Gaudí no fue “el arquitecto del cava” ni diseñó las grandes cavas históricas del Penedès. La realidad es más interesante. El arquitecto formó parte de una red de mecenas, industriales, técnicos y arquitectos que acompañó el nacimiento del espumoso catalán y ayudó a darle una estética moderna.

Dos revoluciones simultáneas

La Cataluña en la que trabajó Gaudí era un territorio en transformación acelerada. Barcelona se expandía industrialmente, surgían nuevas fortunas burguesas y el modernismo comenzaba a convertirse en el lenguaje visual de una sociedad que quería verse moderna sin dejar de sentirse catalana.

Al mismo tiempo, el Penedès vivía su propia revolución silenciosa. La región estaba profundamente especializada en el cultivo de la vid y conectada cada vez más con los mercados europeos gracias al ferrocarril y al comercio marítimo. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el vino y el aguardiente catalanes experimentaron un crecimiento extraordinario. Pero esa prosperidad sufrió un golpe devastador con la llegada de la filoxera, el insecto que destruyó buena parte de los viñedos europeos.

 

Congressmen of the IX Agriculture Congress visit the Codorniu Caves in 1911
Miembros del IX Congreso de Agricultura visitan las bodegas de Codorniu en 1911. Dominio público.

La crisis fue enorme. Muchas explotaciones desaparecieron y miles de familias quedaron afectadas. Sin embargo, la reconstrucción posterior terminó generando una transformación decisiva: la replantación del viñedo, la incorporación de nuevas técnicas agrícolas y la apuesta creciente por los vinos espumosos elaborados según el método tradicional francés.

En otras palabras, el cava nació también de una catástrofe.

Mientras Gaudí experimentaba con estructuras imposibles y fachadas ondulantes, el Penedès reconstruía su paisaje agrícola y comenzaba a definir una nueva industria vinícola. Ambos procesos formaban parte de la misma modernización catalana.

Cuando el champagne llegó a Cataluña

Antes de existir el cava existía la fascinación por el champagne. Durante el siglo XIX, las élites catalanas comenzaron a consumir vinos espumosos franceses importados desde la región de Champagne. Reims y Épernay se convirtieron en referencias inevitables para empresarios y técnicos catalanes que viajaban a Francia buscando conocimientos y prestigio.

La conexión no era solo comercial. Cataluña poseía además una poderosa industria corchera, especialmente en Girona y el Empordà, que mantenía relaciones constantes con las grandes maisons francesas. El corcho catalán ayudaba literalmente a cerrar las botellas de champagne europeo.

Poco a poco surgió una pregunta inevitable: ¿por qué no producir algo similar en Cataluña? La figura más asociada al origen del cava es Josep Raventós Fatjó, vinculado a la casa Codorníu, a quien suele atribuirse la elaboración de las primeras botellas de espumoso catalán mediante método tradicional en 1872. Pero el proceso fue colectivo. Técnicos, comerciantes, agrónomos y empresarios participaron en una lenta transferencia de conocimientos desde Francia hacia el Penedès.

Lo importante es entender que el cava no nació como una copia servil del champagne, sino como una adaptación mediterránea del método tradicional. Las variedades locales —Macabeo, Xarel·lo y Parellada— terminaron dando al espumoso catalán una personalidad propia.

¿Tuvo Gaudí relación con el cava?

La investigación histórica permite identificar al menos tres círculos distintos de relación entre Gaudí y el mundo del cava. El primero es directo y bastante sólido: el Celler Güell de Garraf, la bodega impulsada por Eusebi Güell junto al Mediterráneo y vinculada al arquitecto y a su colaborador Francesc Berenguer.

El segundo es más técnico y menos conocido. En 1883 Gaudí realizó planos topográficos y trabajos de mensura para la finca Can Rossell de la Llena, en Gelida, una propiedad vinculada históricamente al paisaje vitivinícola del Alt Penedès.

Y existe un tercer círculo, quizá el más importante desde el punto de vista histórico: el cava terminó absorbiendo el lenguaje arquitectónico gaudiniano a través de otros arquitectos relacionados con su entorno. Vamos a verlo por partes.

El Celler Güell: La gran pieza del rompecabezas

Pocas obras de Gaudí resultan tan extrañas como el Celler Güell de Garraf. La bodega aparece junto a la costa mediterránea como una construcción ambigua: mitad monasterio, mitad barco, mitad fortaleza medieval. Su cubierta inclinada parece deslizarse hacia el mar, y la piedra oscura del edificio refuerza la sensación de estar ante una arquitectura casi defensiva.

 

Celler Güell
Celler Güell By Canaan – Own work, CC BY-SA 4.0

La autoría exacta sigue siendo objeto de discusión historiográfica. Hoy suele aceptarse una participación conjunta de Antoni Gaudí y Francesc Berenguer, colaborador estrecho del arquitecto. Pero más allá de la cuestión documental, el edificio importa porque conecta dimensiones muy distintas del universo modernista.

El Celler Güell no era una fantasía decorativa. Era una infraestructura vinculada a intereses agrícolas y vinícolas reales de Eusebi Güell, el gran mecenas de Gaudí. Eso modifica la imagen tradicional del personaje. Güell no fue solamente un industrial urbano rodeado de artistas; también participaba en explotaciones agrarias y proyectos relacionados con el vino en el Garraf.

La bodega muestra además algo esencial sobre el modernismo catalán: su capacidad para convertir edificios funcionales en declaraciones culturales. Incluso una instalación vinícola podía transformarse en paisaje estético.

El Penedès que conoció Gaudí

Existe otro episodio mucho menos conocido, pero revelador: Can Rossell de la Llena. En 1883 Gaudí elaboró dos planos topográficos de mensura para esta finca situada en el entorno de Gelida y Subirats, en pleno Alt Penedès. La documentación conservada demuestra una intervención técnica directa del arquitecto sobre una propiedad vinculada históricamente a la viña.

El episodio puede parecer menor frente a la monumentalidad de la Sagrada Família o el Park Güell, pero resulta fascinante precisamente por eso. Muestra un Gaudí cotidiano, profesional, casi invisible. Aquí no aparece el creador de formas orgánicas ni el arquitecto visionario. Aparece un hombre trabajando sobre terrenos, límites y medidas agrícolas.

Y sin embargo, incluso ese detalle ayuda a entender mejor su relación con el territorio catalán. Gaudí no se movía únicamente entre templos y palacios urbanos; también conocía el paisaje rural del Penedès, sus fincas y sus transformaciones económicas.

El cava adopta el lenguaje gaudiniano

Aquí se encuentra probablemente la conexión histórica más importante entre Gaudí y el cava. Las grandes arquitecturas del espumoso catalán no fueron diseñadas directamente por él, pero sí incorporaron elementos del imaginario gaudiniano y del modernismo catalán.

El caso central es Codorníu. La ampliación modernista de las cavas fue encargada a Josep Puig i Cadafalch, otro de los grandes nombres de la arquitectura catalana. Sin embargo, los archivos y estudios históricos muestran la presencia de soluciones estructurales cercanas al universo gaudiniano, incluido el uso del arco parabólico.

 

Codorniu winery is located in Sant Sadurni d'Anoia near Barcelona,
La bodega Codorniu está situada en Sant Sadurni d’Anoia, cerca de Barcelona.

Más tarde, el vínculo se intensificó a través de arquitectos directamente relacionados con Gaudí. Joan Rubió i Bellver, discípulo y colaborador suyo, diseñó las bodegas de Raimat para Manuel Raventós. Allí aparecen arcos parabólicos, estructuras monumentales y una clara influencia del lenguaje gaudiniano adaptado a la arquitectura industrial.

También Lluís Bonet i Garí, otro arquitecto próximo al entorno de Gaudí, participó posteriormente en reformas y ampliaciones vinculadas al universo Codorníu. El resultado es muy significativo: el cava industrial terminó construyendo parte de su identidad visual a través del modernismo y del gaudinismo arquitectónico. No fue Gaudí directamente quien dio forma estética al cava, pero sí su ecosistema cultural.

Arquitectura, prestigio y vino

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, las bodegas dejaron de ser simples espacios de producción agrícola. Comenzaron a funcionar como símbolos de prestigio económico y cultural.

Las grandes casas del cava entendieron muy pronto que no bastaba con producir vino espumoso; había que construir también un relato visual. Las cavas modernistas funcionaban como catedrales industriales donde técnica, belleza y poder económico aparecían unidos.

El modernismo ofrecía exactamente eso: una estética capaz de expresar riqueza, modernidad y singularidad catalana al mismo tiempo. La propia arquitectura ayudó a convertir el cava en algo más que una bebida festiva. Lo transformó en un símbolo cultural.

No es casual que muchas de las grandes bodegas históricas del Penedès sigan siendo visitadas hoy tanto por su valor arquitectónico como por sus vinos. En ellas, el edificio y el producto forman parte del mismo relato.

El cava como identidad catalana

Con el paso del tiempo, el cava dejó de ser únicamente un espumoso asociado a celebraciones y exportaciones masivas. El sector comenzó a redefinirse alrededor de ideas como origen, territorio, ecología y largas crianzas.

Sant Sadurní d’Anoia sigue siendo el gran corazón simbólico de esa historia. Allí nació buena parte de la industria y todavía hoy se concentra una parte fundamental del imaginario cavista catalán.

Pero el relato actual es más complejo. El cava contemporáneo vive debates intensos sobre calidad, denominación de origen, viticultura ecológica y prestigio internacional. Proyectos como Corpinnat o Clàssic Penedès muestran hasta qué punto el sector busca diferenciarse y reforzar su identidad territorial.

En cierto modo, esa evolución recuerda algo del propio destino de Gaudí. Durante décadas su arquitectura fue vista sobre todo como extravagancia decorativa. Hoy se entiende también como una reflexión profunda sobre territorio, naturaleza y cultura.

Cuando Gaudí murió en 1926, el cava catalán todavía era una industria joven. Pero ambos —el arquitecto y el espumoso— ya compartían algo esencial: habían convertido una identidad local en una forma reconocible de mirar el mundo.

 

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