Hay una imagen muy extendida del Camino del Norte: un peregrino que avanza siempre junto al Cantábrico, entre acantilados, playas y pueblos marineros, camino de Santiago. La realidad es bastante más interesante.
El Norte no sigue constantemente la costa ni reproduce metro a metro una ruta medieval. Tampoco es el Camino de Santiago más antiguo. Su singularidad está en otra parte: durante siglos funcionó como un gran corredor terrestre conectado con los puertos del Cantábrico y, al mismo tiempo, con otros destinos de peregrinación. Desde él se podía continuar hacia Compostela, desviarse hacia Santo Toribio de Liébana o dirigirse a Oviedo y enlazar con el Camino Primitivo.
Hoy el Camino del Norte parte habitualmente de Irún o Hondarribia, atraviesa Euskadi, Cantabria y Asturias y entra en Galicia, normalmente por Ribadeo, antes de confluir con el Camino Francés en Arzúa. La distancia total depende de variantes y criterios de medición, pero puede calcularse en torno a los 820 kilómetros, que suelen requerir aproximadamente 30-35 jornadas a pie.
Un camino antiguo, pero no el primero
La peregrinación a Compostela comenzó a desarrollarse tras el descubrimiento, en el siglo IX, de una tumba identificada como la del apóstol Santiago. La tradición relaciona los primeros años del santuario con Alfonso II, rey de Asturias, quien promovió la iglesia inicial levantada sobre el sepulcro.
El itinerario asociado a aquel viaje desde Oviedo hacia Galicia se encuentra en el origen del actual Camino Primitivo. Por eso resulta más preciso reservar para esta ruta la consideración de primer Camino jacobeo tradicionalmente documentado.
El Camino del Norte surgió de otra manera. Peregrinos procedentes de territorios situados al este, y otros que llegaban por mar, fueron utilizando caminos ya existentes entre poblaciones, valles, puentes, monasterios, mercados y puertos.
Nadie diseñó en la Edad Media una ruta única desde Irún hasta Santiago. Lo que existía era una red de comunicaciones que progresivamente adquirió una función jacobea. El Camino que vemos hoy es, por tanto, una ruta histórica viva.
El Camino del Norte no es el Camino Inglés
La relación del Norte con el mar puede producir otra confusión frecuente: con el llamado Camino Inglés o De los Ingleses. También el Camino Inglés está profundamente vinculado a los peregrinos que llegaban desde el norte de Europa, pero el funcionamiento de ambas rutas era diferente.
En el Camino Inglés, el viaje marítimo conducía a Galicia. Peregrinos procedentes de Inglaterra, Flandes y otros territorios desembarcaban en puertos como A Coruña o Ferrol y desde allí emprendían la parte terrestre de su viaje a Santiago.
En el Camino del Norte ocurría algo distinto. Existía un largo corredor terrestre que atravesaba el litoral cantábrico. Los puertos eran puertas de entrada a ese corredor.
Un viajero podía llegar por tierra desde el este, pero también desembarcar en Bermeo, Bilbao, Santander u otro puerto y continuar desde allí hacia occidente.
La diferencia puede resumirse de manera sencilla: el Camino Inglés prolongaba por tierra un viaje marítimo; el Camino del Norte era un camino terrestre abierto al mar.
Y todavía existe otra particularidad: mientras el Inglés se dirige esencialmente hacia Santiago, el Norte ofrece conexiones históricas con otros grandes centros de peregrinación.
Un camino desde el que parten otros caminos
Esta es probablemente su característica más singular. La primera gran encrucijada aparece en Cantabria. Después de atravesar localidades como Castro Urdiales, Laredo, Santander, Santillana del Mar, Comillas y San Vicente de la Barquera, el peregrino llega al entorno de Muñorrodero. Allí puede continuar hacia Santiago o internarse hacia los Picos de Europa siguiendo el Camino Lebaniego, que conduce al monasterio de Santo Toribio de Liébana.
La segunda gran bifurcación se encuentra en Asturias. Tras recorrer Llanes, Ribadesella y Villaviciosa, el caminante llega a Casquita. Allí las rutas se separan: hacia Gijón continúa el Camino del Norte; hacia el interior se abre el camino de Oviedo. Quien elige esta segunda posibilidad puede llegar a la catedral de San Salvador y continuar después hacia Compostela por el Camino Primitivo.
La conexión no es accidental. Durante siglos, las reliquias conservadas en Oviedo ejercieron una fuerte atracción sobre los peregrinos. De esa tradición procede el conocido dicho medieval que recordaba la importancia de visitar al Salvador antes de continuar hacia Santiago.
Así, en apenas unos cientos de kilómetros, el Camino del Norte conecta tres grandes geografías de peregrinación: Compostela, Liébana y Oviedo.
Euskadi: un comienzo exigente
El Camino comienza con una advertencia para quien lo imagine como un tranquilo paseo litoral. Desde Irún o Hondarribia, el relieve de Euskadi introduce subidas y descensos frecuentes. El paso por Jaizkibel, la llegada a Pasaia, San Sebastián, Zarautz y Deba muestran ya la mezcla característica del Norte: mar, bosque, caseríos, núcleos urbanos y sectores interiores.
Después, el itinerario se aleja de la costa para atravesar Markina-Xemein, el entorno de Ziortza, Gernika y Bilbao. Es uno de los tramos donde conviene calcular las jornadas no solo por kilómetros, sino también por desnivel. Una etapa relativamente corta puede resultar más exigente de lo previsto.
Cantabria: bahías, villas marineras y una decisión
Al entrar en Cantabria, el paisaje se abre. Castro Urdiales y Laredo conservan el carácter de antiguas villas portuarias; Santoña introduce marismas y estuarios; Santander obliga a enfrentarse de nuevo con la escala de una gran ciudad. Más adelante aparecen Santillana del Mar, Comillas y San Vicente de la Barquera.
Los cruces de bahías y rías explican además por qué esta parte del Camino ha tenido históricamente diversas alternativas. Allí donde hoy existen carreteras y puentes, durante siglos pudieron existir barcas o rodeos terrestres. Es también el territorio en el que el peregrino debe decidir si continúa directamente hacia Asturias o añade a su viaje la desviación lebaniega.

Asturias: entre el Cantábrico y el Primitivo
La entrada en Asturias se produce en un paisaje donde la cercanía entre mar y montaña vuelve a marcar el recorrido. Llanes y Ribadesella conducen hacia Villaviciosa y Casquita, punto clave para quien desea enlazar con Oviedo.
Quien permanece en el Norte continúa hacia Gijón y Avilés y después entra en una sucesión de localidades más pequeñas del occidente asturiano: Muros de Nalón, Soto de Luiña, Luarca, Navia y A Caridá.
Al acercarse a la ría del Eo aparece otra decisión. Hoy muchos peregrinos cruzan directamente hacia Ribadeo por el Ponte dos Santos. Existe también la variante interior que continúa por Vegadeo y Santiago de Abres antes de entrar en Galicia.
Galicia: el mar queda atrás
Ribadeo marca un cambio claro. El peregrino abandona rápidamente el paisaje marítimo y se interna en Galicia por Vilanova de Lourenzá antes de alcanzar Mondoñedo, una de las ciudades históricamente más importantes del tramo gallego.
Su catedral, su condición de antigua sede episcopal y la propia configuración urbana recuerdan que el Camino no se organizó únicamente alrededor de distancias, sino también de lugares capaces de recibir, orientar y proteger a los viajeros.
Desde Mondoñedo comienza el ascenso hacia Abadín. Después llegan Vilalba, Baamonde y el monasterio de Sobrado dos Monxes. Finalmente, en Arzúa, el Camino del Norte se une al Francés.
Cómo recorrerlo hoy
Quien disponga de tiempo para realizarlo completo debería calcular aproximadamente cinco semanas, aunque el número de jornadas depende mucho de la condición física y del kilometraje elegido.
Una distribución razonable sería dedicar unas ocho o nueve jornadas a Euskadi, otras siete u ocho a Cantabria, entre once y trece a Asturias y alrededor de ocho a Galicia. Las divisiones oficiales no deben interpretarse como obligaciones: algunas etapas administrativas superan ampliamente los 30 kilómetros y conviene subdividirlas.
A ello se suma una precaución elemental: en el Norte la dificultad no depende solamente de la distancia. El relieve, especialmente en Euskadi y algunos sectores asturianos, puede modificar mucho la percepción de una etapa.
Una red todavía visible
El gran atractivo del Camino del Norte no consiste únicamente en contemplar el Cantábrico. Su historia explica algo más profundo sobre las peregrinaciones medievales. Las rutas no funcionaban como carreteras modernas con principio, final y trazado invariable. Eran redes formadas por puertos, puentes, hospitales, monasterios, ciudades, caminos secundarios y santuarios.
El peregrino podía desembarcar en un puerto, incorporarse a una ruta ya existente, desviarse hacia Liébana, entrar en Oviedo y continuar después por otro Camino.
Por eso el Norte sigue siendo, quizá más que ningún otro gran itinerario jacobeo, el Camino que permite comprender que antiguamente los caminos no terminaban donde empezaba otro: se encontraban.
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