La isla de Yerba (Túnez) no forma parte de un gran camino de peregrinación reconocido. Su importancia no está en una ruta concreta, sino en algo más amplio y difícil de trazar: los movimientos constantes que han atravesado el Mediterráneo durante siglos. Rutas marítimas, travesías estacionales, intercambios culturales que conectan el norte de África con Europa y Oriente.
Hablar de un “camino” en Yerba implica cambiar la mirada. No se trata de seguir una senda marcada, sino de entender una red de conexiones. Un espacio donde coinciden relatos antiguos, comunidades vivas y formas distintas de entender el viaje.
Yerba en la imaginación antigua: La isla del loto
En la literatura griega, Yerba ha sido asociada —aunque sin certeza— con la tierra de los lotófagos descrita por Homero en la Odisea. En ese episodio, los compañeros de Ulises prueban el fruto del loto y olvidan su hogar, perdiendo el deseo de regresar.

La imagen es sugerente: una isla donde el viaje se interrumpe, donde la memoria se diluye. Aunque no hay pruebas arqueológicas que confirmen esta identificación, la idea perduró durante siglos. Autores posteriores situaron este episodio en la costa norteafricana, reforzando el vínculo con Yerba.
Más allá de su veracidad, esta asociación revela algo importante: la isla formaba parte de un mapa simbólico del Mediterráneo, construido tanto por historias como por rutas reales.
Rutas marítimas: De Cartago a Roma
Desde el primer milenio antes de Cristo, Yerba se encontraba cerca de importantes rutas marítimas que conectaban Cartago con Sicilia y la península itálica. Fenicios primero, y romanos después, integraron la isla en redes de comercio y comunicación que unían territorios agrícolas con grandes puertos como Ostia.

Quienes navegaban estas aguas no lo hacían como peregrinos en el sentido que hoy entendemos. Eran comerciantes, viajeros, estudiosos, migrantes. Pero sus desplazamientos repetidos crearon algo parecido a un espacio compartido.
En ese contexto, Yerba funcionaba como punto de paso: un lugar donde detenerse, intercambiar, continuar.
Estas rutas coinciden, en parte, con las que aparecen en textos de la Antigüedad tardía. Por ejemplo, los viajes de Agustín de Hipona entre el norte de África e Italia siguen trayectorias similares, aunque no mencionen la isla directamente.
El Ghriba: Una peregrinación viva
Dentro de esta red amplia de movimientos, Yerba sí conserva una tradición de peregrinación clara y definida: la de la sinagoga de El Ghriba. Considerada uno de los centros judíos más antiguos del norte de África, su origen se sitúa, según la tradición, en tiempos muy remotos.
Una de las narraciones más extendidas sostiene que algunos sacerdotes judíos llegaron a la isla tras la destrucción del Primer Templo de Jerusalén, en el siglo VI a.C., trayendo consigo una piedra o fragmentos del propio santuario. Ese gesto simbólico habría convertido el lugar en una extensión espiritual de Jerusalén.
El propio nombre “Ghriba”, que puede traducirse como “la extraña” o “la aislada”, refuerza esa idea de un lugar singular, apartado y cargado de memoria.
Cada año, durante la festividad de Lag BaOmer, la sinagoga se convierte en punto de encuentro para peregrinos procedentes de Túnez, Europa e Israel. No se trata solo de un acto religioso: es también una reunión de la diáspora, un momento de reencuentro y de afirmación de una continuidad histórica que ha sobrevivido durante siglos.
En este contexto, el viaje adquiere un sentido claro: llegar a un lugar concreto que conecta, simbólicamente, con uno de los centros espirituales más importantes del judaísmo.
Un paisaje cultural reconocido
En 2023, Yerba fue inscrita en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO. No por un único monumento, sino por su conjunto: un paisaje cultural formado por asentamientos dispersos (menzels), mezquitas, sinagogas y sistemas agrícolas tradicionales.
Este reconocimiento pone el acento en la continuidad. A lo largo del tiempo, comunidades judías, musulmanas y de lengua bereber han compartido el territorio, creando una organización del espacio que aún se puede leer en la arquitectura y en el paisaje.
Para quien visita hoy la isla, esto cambia la forma de recorrerla. No hay un único punto central. El interés está en los trayectos: de un pueblo a otro, de un lugar de culto a la costa, de un entorno agrícola a otro. Más que un itinerario monumental, es un recorrido basado en la convivencia y la adaptación.
Yerba y la imaginación contemporánea
A este entramado de relatos antiguos se suma, en tiempos recientes, una nueva capa de significado. Yerba ha sido también escenario de una mitología moderna global: algunas de sus localizaciones sirvieron como decorado para el universo de Star Wars.

En concreto, espacios de la isla fueron utilizados para representar el planeta desértico de Tatooine, incluyendo elementos asociados al icónico puerto espacial de Mos Eisley. Este dato, más allá de lo anecdótico, refuerza la idea de Yerba como lugar de proyección imaginaria: un territorio que distintas culturas, en diferentes épocas, han reinterpretado según sus propios relatos.
Así como en la Antigüedad fue vinculada a episodios de la Odisea, hoy forma parte de un imaginario cinematográfico que ha alcanzado escala global. La isla continúa, de este modo, siendo un punto de encuentro entre geografía real y narración simbólica.
Un camino abierto en el Mediterráneo
Pensar en una ruta de peregrinación que incluya Yerba implica aceptar que no es un camino cerrado. Una posible propuesta podría partir de Cartago, seguir la costa norteafricana hasta la isla y continuar hacia Sicilia y el sur de Italia. Otra podría integrar Yerba en un arco más amplio que conecte Libia, Túnez y Argelia.
A diferencia de los caminos lineales, aquí no hay un final claro. Lo que da sentido a este recorrido es la repetición: de viajes, de encuentros, de retornos.
Yerba ocupa una posición particular en el Mediterráneo. Aparece en los textos antiguos como un lugar donde la memoria se transforma, en la geografía histórica como un nodo de rutas marítimas y, hoy, como un espacio donde sigue viva una tradición de peregrinación y se proyectan nuevas formas de imaginar el mundo.
Cualquier camino que pase por la isla tiene que aceptar esa condición. No hay una única forma de recorrerla. Yerba no fija una ruta: forma parte de un sistema de movimientos que ha conectado orillas durante milenios.
Y en ese sistema, viajar no consiste tanto en llegar a un lugar como en entender lo que ocurre entre un punto y otro: los intercambios, las historias compartidas, las huellas que permanecen.

