En este Jueves Santo, mientras millones de cristianos en todo el mundo dirigen su mirada hacia Jerusalén, la ciudad vuelve a ocupar el centro simbólico de la fe. Las celebraciones de la Semana Santa, conmemorando los últimos días de la vida de Jesús, convierten sus calles en un escenario vivo donde liturgia, historia y memoria se entrelazan.
Pero Jerusalén no empieza en sus murallas.

Mucho antes de atravesar la Puerta de Jaffa, hay un camino. Un recorrido de 111 kilómetros que comienza en la costa mediterránea, en Jaffa, y se adentra en el territorio hasta alcanzar la ciudad.
Durante siglos, este trayecto fue transitado por peregrinos, viajeros y comerciantes. No pertenecía a una sola tradición: fue recorrido por judíos, cristianos y musulmanes, por figuras ilustres y por personas anónimas que avanzaban movidas por la fe, la necesidad o la esperanza.
Ese camino, hoy conocido como Camino a Jerusalén, no es una invención contemporánea. Es, en esencia, una recuperación.
Un camino compartido por la historia
Antes de que existieran carreteras modernas o fronteras tal y como hoy las entendemos, Jerusalén ya era un destino. A ella se dirigían comunidades judías en sus festividades, peregrinos cristianos desde Europa y Oriente, y viajeros musulmanes en el entramado de rutas que conectaban ciudades y territorios del Levante.
El camino desde Jaffa —puerta natural de entrada desde el Mediterráneo— fue durante siglos una de las principales vías de acceso a la ciudad. Por él transitaron santos, monjes, comerciantes, diplomáticos y reyes. También lo recorrieron quienes no dejaron nombre en los registros: hombres y mujeres anónimos cuya experiencia de peregrinación formó parte de una historia colectiva mucho más amplia.
No era solo un trayecto físico. Era un espacio de tránsito cultural, lingüístico y religioso. Un lugar donde la diversidad no era un concepto, sino una realidad cotidiana.
Del olvido a la reconstrucción
Como tantas otras rutas históricas, este camino se fragmentó con el tiempo. Los cambios políticos, las transformaciones del territorio y la evolución de las formas de viajar diluyeron su continuidad. Durante décadas, dejó de existir como un itinerario reconocible.
Hoy, ese trazado comienza a recuperarse.

Detrás de este proceso se encuentra la Asociación Way to Jerusalem, una iniciativa que en los últimos años ha trabajado para reconstruir el recorrido, señalizar sus tramos y reactivar su significado. Golan Rice y Yael Tarasiuk, los fundadores, no han tratado solo trazar una ruta sobre el mapa, sino devolverle su dimensión humana: crear una red de hospitalidad, implicar a las comunidades locales y hacer posible que el camino vuelva a ser recorrido.
Actualmente, aproximadamente un tercio del itinerario está ya señalizado y preparado para acoger peregrinos, mientras continúan los trabajos en colaboración con autoridades locales y actores del territorio.
Caminar hoy: una experiencia en construcción

Quienes recorren hoy el Camino a Jerusalén no encuentran una infraestructura completamente consolidada. Y esa es, precisamente, una de sus singularidades.
A lo largo del recorrido, los peregrinos sellan su credencial en distintos puntos —las llamadas “perlas”— que marcan etapas del trayecto y conectan al caminante con las comunidades locales. Más que estaciones logísticas, son espacios de encuentro: lugares donde alguien ofrece agua, un saludo o un lugar donde descansar.
La experiencia no está completamente definida. Se está construyendo a medida que se camina.
“Porque sabemos que el camino se hace caminando”, dice Golan. “También sabemos que quien lo recorre, regresa un poco diferente, porque la experiencia vivida en el camino transforma vidas y percepciones. Creemos que el camino puede generar un cambio real en la paciencia y la tolerancia entre las personas”.
Ramla: un microcosmos del camino
En el kilómetro 80 del recorrido, la ciudad de Ramla se ha convertido en uno de los puntos clave de este renacer. Allí se ha completado recientemente la señalización del tramo y se ha inaugurado el primer albergue para peregrinos.
Pero Ramla es algo más que una etapa. Es, en muchos sentidos, un reflejo del propio camino.
En esta ciudad conviven comunidades judías, cristianas y musulmanas. La diversidad no es un discurso, sino una realidad cotidiana. Para los impulsores del proyecto, este tejido humano forma parte esencial de la experiencia del peregrino: no se trata solo de avanzar hacia un destino, sino de atravesar lugares donde la convivencia se practica día a día.
“Lo que realmente necesita un peregrino es que alguien le sonría, le desee buen camino, reconozca su travesía y le dé legitimidad. Y luego, al final del día, que pueda descansar en una cama cómoda, ducharse, y disfrutar de una cena que le llene y le dé energía para continuar al día siguiente. Ese es el trabajo que estamos impulsando junto a nuestros socios en las autoridades locales. Porque todos queremos formar parte de algo más grande que nosotros. Todos queremos sentir un sentido de pertenencia y tener significado”, explica Yael.
Los primeros en recorrerlo
Uno de los elementos más singulares del proyecto es la creación de los llamados “Grupos Pioneros”: los primeros grupos internacionales que recorren el camino mientras aún está en proceso de desarrollo.

No son únicamente peregrinos. Son, en cierto modo, participantes activos en la definición del propio camino. Su experiencia contribuye a dar forma al recorrido, a identificar necesidades y a consolidar la red que lo sostiene.
En lugar de encontrar un itinerario completamente cerrado, estos caminantes se adentran en un proceso abierto. Caminan sabiendo que forman parte de algo que está ocurriendo ahora.
Un camino que vuelve a empezar
En estos días en los que Jerusalén se convierte en el centro de la atención espiritual de millones de personas, el redescubrimiento de este camino introduce una perspectiva distinta: la del trayecto que precede a la llegada.
Porque Jerusalén no es solo un destino. Es también un proceso.
Y ese proceso —hecho de pasos, encuentros y memoria compartida— vuelve hoy a tomar forma sobre una ruta antigua. Un camino que durante siglos fue recorrido por creyentes de distintas tradiciones, y que ahora, en un contexto contemporáneo, vuelve a abrirse a quienes desean recorrerlo. No como una reliquia del pasado. Sino como una historia que, paso a paso, comienza de nuevo.

