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También la piel que peregrina regresa transformada

Existe un tipo de belleza que no se parece en nada a la que venden las revistas Gladskikh Tatiana - Shutterstock
Existe un tipo de belleza que no se parece en nada a la que venden las revistas Gladskikh Tatiana - Shutterstock

Existe un tipo de belleza que no se parece en nada a la que venden las revistas. Es la belleza de una piel que ha vivido de verdad.

Alguien, una semana después de terminar el Camino de Santiago, se miró al espejo y no se reconoció. No tanto por los kilos perdidos o el pelo revuelto —esos son los cambios obvios, los que la familia detecta enseguida y comenta con cierta incomodidad—, sino por otra cosa: un tono distinto en la piel, sí, pero sobre todo una firmeza nueva en el rostro, como si los rasgos hubieran encontrado por fin su lugar exacto. Como si la cara hubiera dejado de sostener algo en suspenso. Suena extraño dicho así. Pero cualquiera que haya hecho un largo camino sabe exactamente de qué se está hablando.

La piel es el órgano más grande del cuerpo humano: casi dos metros cuadrados de tejido vivo, tres o cuatro kilos de peso, millones de receptores que toman muestras continuamente del mundo exterior y envían señales al cerebro. En la vida moderna la tratamos casi exclusivamente como una barrera que debe protegerse y mejorarse estéticamente: crema solar antes de salir, hidratante por la noche, sérum antiedad cada mañana, factor 50 en cuanto aparece un rayo de sol algo más fuerte de lo habitual. Lo cual es razonable, al menos en parte. Pero también es una forma sistemática de olvidar que la piel es, antes que nada, un órgano sensorial. Una manera de habitar el mundo, no solo de separarse de él.

En el camino, la piel vuelve a hacer su trabajo en el sentido más pleno y literal de la palabra. El sol la golpea durante horas y horas, cada día, durante semanas. El viento la seca, la enrojece, a veces le quema ligeramente las mejillas y la nariz, allí donde la protección solar ya se ha desgastado y nadie ha pensado en volver a aplicarla. El frío del amanecer —esa media hora antes de que salga el sol en la que uno se cuelga la mochila y abandona el albergue— la contrae y la despierta. La lluvia inesperada de las mesetas gallegas o de los pasos pirenaicos la empapa hasta los huesos, y eso también forma parte del territorio.

Todo esto —que la lógica protectora de la vida cotidiana clasificaría inmediatamente como “daños que hay que evitar”— produce algo completamente inesperado: la sensación física, inmediata e irrevocable de estar vivo.

Detrás de esto existe un mecanismo neurológico preciso. Los receptores cutáneos que responden al frío, al calor intenso, al tacto y a la presión transmiten señales que llegan a la corteza somatosensorial y a la ínsula, esa región cerebral encargada de procesar la conciencia de los estados internos del cuerpo. Cuando estos receptores se activan intensamente, como sucede durante la exposición a los elementos, la atención regresa automáticamente al cuerpo presente.

No es un proceso voluntario. Es reflejo. El viento frío en la cara no te deja pensar en el informe que debes entregar el jueves. Te coloca aquí, ahora, en este instante concreto, en este sendero concreto. Los meditadores llaman a esto atención plena. El frío lo consigue sin esfuerzo y sin necesidad de ninguna aplicación.

Los peregrinos medievales que caminaban hacia Santiago de Compostela, Roma o Jerusalén no tenían crema solar, ni hidratantes, ni protección UV. Tenían la piel endurecida por el camino, las manos agrietadas por el frío y el trabajo, el rostro marcado por semanas de sol y viento, los pies callosos como suelas de cuero. Y en las crónicas de la época, quienes describían a esos peregrinos no hablaban de personas descuidadas o deterioradas. Hablaban de gente que parecía, de algún modo, más real que los demás. Como si la exposición a los elementos hubiera eliminado todo lo superfluo y dejado únicamente lo esencial. Una presencia, una solidez, que la vida bajo techo rara vez produce.

La vitamina D es uno de los mecanismos más estudiados a través de los cuales la exposición solar influye en la salud. Sintetizada por la piel gracias a la acción de los rayos UVB, regula una sorprendente cantidad de procesos biológicos: el sistema inmunitario, el estado de ánimo, los niveles de energía, la calidad del sueño.

La deficiencia de vitamina D es hoy endémica en buena parte de la población europea, en parte porque vivimos en interiores y en parte porque cuando salimos nos cubrimos cuidadosamente. El peregrino que camina durante semanas bajo el sol, sin saberlo y sin haberlo planeado, está corrigiendo ese déficit de una manera directa y gratuita. Evidentemente, ese no es el objetivo principal de la peregrinación. Pero tampoco es un efecto secundario despreciable.

El frío tiene sus propios mecanismos. La exposición regular a bajas temperaturas —como la de las mañanas de montaña o las subidas otoñales— activa el sistema nervioso simpático, libera noradrenalina y produce efectos antiinflamatorios bien documentados. Las tradiciones de peregrinación de todo el mundo han incluido siempre, de formas distintas, rituales de exposición al agua fría: los baños en el Ganges en Haridwar, las inmersiones en ciertas fuentes de las vías romeas, el agua helada de las fuentes medievales donde los peregrinos se lavaban la cara al amanecer. No eran actos de autoflagelación. Eran —y hoy lo entendemos con otras herramientas— una forma de regulación fisiológica que preparaba el cuerpo y la mente para las horas de camino que venían después.

Pero el punto que va más allá de cualquier explicación fisiológica es este: la piel que regresa de un largo camino ya no es la misma que partió. Y no solo en sentido metafórico, en esa forma poética y algo gastada de decir que un viaje te cambia. También en sentido literal: el tono es distinto, la textura ha cambiado, los callos de los pies son el mapa exacto de los kilómetros recorridos. Hay pequeñas cicatrices allí donde antes hubo ampollas. Líneas nuevas alrededor de los ojos donde el sol ha trabajado durante semanas. Cada marca es una coordenada geográfica, un día concreto, un momento preciso en el que el cuerpo y el mundo se encontraron con una franqueza que la vida ordinaria rara vez se permite.

Los peregrinos japoneses del Shikoku —el recorrido de 1.200 kilómetros que une 88 templos en la isla y que puede completarse en unos 60 días a pie— visten todos la misma túnica blanca. Es un símbolo de pureza inicial, sí. Pero también, de manera mucho más concreta, es el símbolo de la disponibilidad para la transformación: una vestidura que parte impecable y que al final del camino será irreconocible, gris de polvo, manchada de barro, desgastada en las mangas, impregnada de sudor, incienso y lluvia. Perfecta, dirían ellos. Porque una túnica que no ha vivido no significa nada.

La piel del peregrino es exactamente eso: una vestidura que ha vivido. Y eso ninguna crema puede proporcionarlo.

Referencias

• Kox, M. et al. (2014). Voluntary activation of the sympathetic nervous system and attenuation of the innate immune response in humans. PLOS ONE. https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0092645

• Holick, M.F. (2007). Vitamin D Deficiency. New England Journal of Medicine. https://www.nejm.org/doi/full/10.1056/NEJMra070553

Pilgrim skin: 10 practical strategies for healthy skin on the road

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