En 1432, un rey guerrero interrumpió su campaña militar para hacer algo insólito: peregrinar. Alfonso V de Aragón, conocido como el Magnánimo, venía de liderar una expedición contra los Hafsíes en Djerba, pero al regresar no se dirigió directamente a sus dominios en Nápoles. Hizo escala en Malta, una isla herida por la guerra, y desde allí partió hacia el norte. Su destino era una cueva sagrada, el Santuario de Nuestra Señora de Mellieħa.
Aquel gesto no era casual. Alfonso V no era solo un rey ambicioso; era también un monarca con una idea clara de justicia, que en varias ocasiones mostró una sorprendente sensibilidad hacia el sufrimiento de los humildes. En Cataluña, había dado muestras de benevolencia con los payeses, mitigando las cargas feudales que los atenazaban. En Sicilia, intentó mejorar la vida de sus súbditos con reformas agrícolas y fiscales.
En Malta, ese mismo espíritu reformista se convirtió en un gesto simbólico de profundo valor: la visita de un rey al santuario mariano más querido por un pueblo maltratado por la historia.
La revuelta del pueblo y el gesto del rey
Para entender ese gesto hay que remontarse una década atrás. En 1421, Malta fue entregada en feudo a Gonsalvo Monroy, noble aragonés cuya gestión rápidamente se hizo impopular. Impuso fuertes tributos, y en pocos años la población cayó en la miseria. En 1425 estalló la rebelión. Primero en Gozo, luego en la isla principal. Los malteses no solo saquearon la residencia de Monroy en Mdina: también sitiaron el Castrum Maris en Birgu, donde se refugiaba su esposa, doña Costanza.
Fue entonces cuando ocurrió un episodio que ha quedado en la memoria colectiva: Antonio Inguanez, noble maltés, ofreció a sus propios hijos como rehenes a cambio de la señora de Monroy, en un acto de diplomacia desesperada. Se pactó un rescate de 30.000 florines para liberar a la isla del dominio feudal. La cifra era inalcanzable para una población empobrecida. Sin embargo, años más tarde, Monroy perdonó la deuda en su testamento.
Cuando en 1428 Alfonso V ratificó los acuerdos y la liberación de Malta del feudo, hizo algo inaudito: reconoció el derecho de los malteses a rebelarse si eran oprimidos en el futuro. Un derecho revolucionario en el siglo XV. Este gesto, coherente con la defensa de los siervos que había mostrado en Cataluña, convirtió al monarca en una figura cercana para muchos pueblos del Mediterráneo.

El asedio de 1429
Poco después, en 1429, Malta sufrió una catástrofe. Una poderosa flota hafsí llegó desde Túnez con más de 15.000 hombres y 200 caballos. Las galeras desembarcaron en la costa y avanzaron hacia Mdina, la capital. No lograron tomarla, pero saquearon la isla, destruyeron Rabat, arrasaron el santuario de Mellieħa, y capturaron a entre 3.000 y 4.500 personas para venderlas como esclavos.
El trauma fue tan profundo que, como suele ocurrir en tiempos oscuros, surgieron leyendas: se dijo que san Pablo, santa Águeda y san Jorge aparecieron sobre las murallas para defender a la ciudad. En la memoria cristiana de Malta, el asedio de 1429 se convirtió en un hito espiritual, comparable en algunos relatos al Gran Asedio de 1565.
Mellieħa: Un santuario excavado en la historia
Cuando Alfonso V visitó Malta en 1432, no era un turista curioso. El santuario de Mellieħa era ya un símbolo de la devoción mariana del pueblo maltés, aunque estuviera dañado por la guerra. La gruta, excavada en la roca, contiene un icono atribuido a san Lucas, aunque el fresco actual es del siglo XIII, de estilo siculo-bizantino. María aparece como Hodigitria, “la que muestra el camino”.

Hay pruebas de culto desde los primeros siglos: se habla de una consagración del lugar en el año 409, tras el Concilio de Éfeso (431), que proclamó a María como Theotokos (Madre de Dios). Durante las restauraciones de 2013-2016, salieron a la luz inscripciones antiguas: “MAT DEI” en los bordes del icono, una flor en la frente de María, una cruz en el halo del Niño, y restos de púrpura imperial, símbolo de realeza. Todo apunta a un lugar venerado durante siglos.
El santuario de Mellieħa, como tantos otros lugares marianos en Europa, fue erigido sobre un antiguo templo pagano. Antes de la Virgen, allí se veneraba a Astarté, diosa fenicia de los astros. Luego a Juno, la versión romana. Finalmente, tras la legalización del cristianismo, el espacio fue consagrado a María. Lo mismo ocurrió en Éfeso con el templo de Diana. Esta transfiguración sagrada del espacio demuestra la continuidad del anhelo humano de protección, consuelo y sentido.
El Castrum Maris: bastión de fe y libertad
No muy lejos de Mellieħa, el Castrum Maris, hoy Fort Sant Angelo, guarda una historia paralela. Fortificación clave desde el siglo XIII, fue testigo de la revuelta contra Monroy y símbolo de la resistencia de los malteses. En su interior ya había dos iglesias documentadas en 1274: una dedicada a Mater Dei y otra a san Angelo.
Allí también se refleja la fusión de poder y espiritualidad: durante siglos fue refugio de mercaderes, caballeros hospitalarios y comunidades cristianas del Mediterráneo. Hoy, aún en pie, es uno de los pilares de la identidad espiritual y cultural de la isla.
Mariae Melitensis: Una nueva peregrinación
Hoy, casi 600 años después de la peregrinación del rey, el camino se ha reabierto. En 2024, la asociación XirCammini ha impulsado una nueva ruta de peregrinación llamada Mariae Melitensis, que recorre los 60 kilómetros entre el Castrum Maris y Mellieħa.
El proyecto busca documentar, señalizar y divulgar los lugares de devoción mariana de la isla. Con una guía, una web y una app, este camino maltés se suma a los grandes itinerarios espirituales de Europa, ofreciendo una experiencia de historia viva, naturaleza y fe.
El rey que supo arrodillarse
Cuando Alfonso el Magnánimo entró en la cueva de Mellieħa, no lo hizo como conquistador, sino como peregrino. Su gesto fue el broche de una historia de justicia, sufrimiento y redención. Reconoció, como ya había hecho en otras tierras, que el verdadero poder no está en las armas, sino en el alma de los pueblos.
Hoy, volver a recorrer el camino Mariae Melitensis es más que un acto devocional. Es caminar con la historia. Con los siervos que se rebelaron, con el pueblo que resistió el asedio, con el rey que se arrodilló, y con la Virgen que, desde su santuario en la roca, sigue mostrando el camino.
Este contenido se ofrece en colaboración con VisitMalta
The Great Siege of Malta: A collective pilgrimage of Faith and Resistance

