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La novena estación de la cruz en Via Dolorosa en la entrada al Patriarcado Copto Ortodoxo, en la Ciudad Vieja Jerusalén Este Victor Jiang - Shutterstock

La Via Dolorosa, los 600 metros más influyentes de la historia

En Jerusalén hay una calle donde miles de personas avanzan cada día siguiendo un recorrido que nadie puede confirmar con certeza… y que, sin embargo, millones consideran real.

Son apenas 600 metros. Pero en ese tramo se concentra uno de los relatos más repetidos, reconstruidos y sentidos de la historia: el camino de Jesús hacia la muerte, la Via Dolorosa.

Un camino incierto

No sabemos con exactitud por dónde caminó Jesús. La Vía Dolorosa atraviesa hoy la Ciudad Vieja de Jerusalén siguiendo un itinerario fijado en el siglo XVI, que identifica los lugares donde, según la tradición, tuvo lugar la Pasión: desde la condena hasta el enterramiento.

Pero la Jerusalén de la época de Jesús no es ni remotamente la que vemos ahora. La ciudad fue destruida y reconstruida una y otra vez —por romanos, persas, cruzados— hasta borrar casi por completo su trazado original. Lo que hoy vemos es, en gran medida, una ciudad otomana.

Incluso el Santo Sepulcro, hoy integrado en el tejido urbano, se encontraba fuera de las murallas en tiempos de Jesús. Y durante siglos, ni siquiera los propios cristianos se ponían de acuerdo sobre algo tan esencial como el lugar exacto del juicio de Pilato.

Quizá por eso la Vía Dolorosa no empieza con una certeza… sino con una necesidad. Un antiguo texto apócrifo cuenta que fue María, la madre de Jesús, la primera en recorrer este camino una y otra vez, como si repetir los pasos pudiera contener el dolor.

En el siglo IV, la peregrina Egeria ya describe esa práctica: caminar como forma de recordar. Caminar como forma de entender.

Egeria, la primera peregrina de Europa

La Via Dolorosa hoy

El recorrido actual comienza cerca de la puerta de los Leones, en el lugar donde se encontraba la fortaleza Antonia, sede de la guarnición romana que vigilaba la ciudad.

Hoy apenas quedan vestigios: un arco, el pavimento del patio —el llamado Litóstroto— y algunas cisternas construidas por Herodes. El punto exacto donde Jesús habría sido condenado no se puede visitar. Allí se alza hoy la escuela musulmana El Omarie. Por eso el camino comienza unos metros más adelante, en un pequeño complejo de origen cruzado que alberga la iglesia de la Flagelación y la de la Condena.

Desde allí, la ruta se adentra en las calles estrechas de la ciudad. La calle El Alam conduce hasta el cruce con El Wad —la antigua Tiropeon— donde la tradición sitúa tres momentos: la primera caída, el encuentro con su madre y la ayuda del Cireneo.

Un giro a la derecha, por la calle Ma’alot, lleva a otras escenas: la segunda caída, la Verónica, las mujeres de Jerusalén. Y casi al final, junto a la cripta de Santa Elena, la tercera caída.

El recorrido culmina dentro de la basílica del Santo Sepulcro. Allí, en la colina del Gólgota, se sitúan las estaciones finales: el despojo de las vestiduras, la crucifixión y la muerte. Y al descender, el lugar de la sepultura, protegido por el edículo de mármol.

Catorce estaciones. Nueve al aire libre. Cinco dentro de uno de los espacios más densos de significado del mundo.

Via Dolorosa

El Camino más recorrido del mundo

Pero lo más sorprendente de la Vía Dolorosa no es su trazado. Es su expansión.

Cuando Jerusalén dejó de ser accesible para muchos peregrinos, el Papa de la época pidió a los franciscanos que replicaran este camino en otros lugares. Si no se podía viajar hasta Jerusalén, Jerusalén viajaría hasta los fieles.

Así nació el Vía Crucis. Las estaciones comenzaron a aparecer en iglesias, montañas, calles y ciudades enteras. La Pasión dejó de ser un lugar… para convertirse en una experiencia.

Y entonces ocurrió algo inesperado. Las mismas ciudades empezaron a caminar. En Sevilla, en Málaga, en Ayacucho, las calles se llenaron de procesiones que reproducen ese recorrido. No como copia, sino como continuidad: Las procesiones de Semana Santa.

La Vía Dolorosa dejó de ser un itinerario en Jerusalén para convertirse en una forma de atravesar el dolor, la memoria y la fe en cualquier lugar del mundo.

Quizá por eso estos 600 metros siguen importando. No porque sepamos exactamente si Jesús pasó por cada uno de esos puntos, sino porque, desde hace siglos, millones de personas han decidido pasar por ellos. Y en ese gesto —repetido, imperfecto, profundamente humano— el camino ha terminado siendo real.

Sin temor a exagerar, estos dolorosos 600 metros han sido de los más influyentes de la historia de la cultura occidental.

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