Cada vez más personas recorren el Camino de Santiago y otras rutas sagradas sin una motivación religiosa explícita. ¿Qué buscan realmente? ¿Y qué encuentran?
María Ramírez tenía treinta años cuando dejó todo para hacer el Camino de Santiago. Huía de una relación fallida, de una vida que ya no reconocía como propia. No era católica. No buscaba a Dios. Ni siquiera estaba segura de creer en algo. Sin embargo, al tercer día de marcha se hizo una promesa: volvería cada año. Hoy, a los cuarenta y cinco, guía grupos de peregrinos por España.
Su historia no es una excepción. Es un síntoma de cambio. Y los datos lo confirman con una claridad creciente año tras año.
Los números de un cambio profundo
En 2025, más de 530.000 personas recorrieron el Camino de Santiago: un récord histórico, con un incremento del 6% respecto al año anterior y del 90% en comparación con hace una década. Según los datos oficiales de la Oficina del Peregrino de Santiago de Compostela, alrededor de 233.000 peregrinos (el 46%) declararon motivaciones estrictamente religiosas. Otros 170.000 combinaron la fe con intereses culturales, personales o espirituales. Menos de 98.000 —ni siquiera una quinta parte del total— afirmaron haberlo hecho por razones completamente no religiosas.
Pero estas cifras solo explican una parte del fenómeno. Lo verdaderamente relevante es la diversidad de significados que los peregrinos atribuyen hoy al viaje. Un estudio publicado en 2019 en la revista Sociology of Religion comparó las motivaciones de peregrinos creyentes y ateos en el Camino. El resultado fue llamativo: las coincidencias son casi totales. Ambos grupos buscan conexión con la naturaleza, comprensión de sí mismos y sentido existencial. Las diferencias más claras aparecen únicamente en el sentimiento de comunidad religiosa y en las motivaciones explícitamente devocionales.
Hay otro dato significativo: por primera vez en 2024, los peregrinos internacionales superaron a los españoles, representando el 58% del total. Los estadounidenses se han convertido en el segundo grupo nacional, con cerca de 44.000 peregrinos en 2025. Hace apenas treinta años, cuando el Camino era sobre todo un fenómeno local y vinculado al catolicismo, este escenario habría resultado difícil de imaginar.
Un nuevo lenguaje para necesidades antiguas
Jacqui Frost, investigadora de la Purdue University especializada en el bienestar de personas no religiosas, lo resume así: “Hemos empezado a secularizar muchos de los rituales que antes eran religiosos. Pensemos en la meditación, el yoga o incluso en las llamadas ‘iglesias ateas’. A muchas personas les interesan los rituales y encontrar sentido en experiencias colectivas, sin necesidad de vincularlas a una fe tradicional”.
Surge así lo que algunos denominan “espiritualidad secular”: una forma de vivir experiencias trascendentes sin referencia a divinidades o dogmas. En este contexto, el peregrinaje se convierte en un marco flexible que cada individuo llena con su propio significado. La estructura permanece —el camino, el esfuerzo, la llegada, la comunidad de desconocidos—, pero el contenido varía radicalmente.
Podría definirse esta espiritualidad como la adhesión a una filosofía espiritual sin pertenencia a una religión. Pone el acento en la paz interior del individuo más que en su relación con lo divino, y se centra en la búsqueda de sentido fuera de las instituciones religiosas: en la relación con uno mismo, con los demás, con la naturaleza o con aquello que cada cual considere último. Es una definición que encaja con precisión en muchos peregrinos contemporáneos.
Qué buscan los peregrinos no religiosos
Sharon Hewitt, canadiense de Terranova, recorrió ocho días del Camino en 2016 junto a dos amigas. “No lo hice por motivos religiosos, pero hay puntos de contacto”, explica. “Gran parte de la religión tiene que ver con la disciplina, y el Camino también. Después de una noche difícil, te levantas y sigues.” Es la ritualidad sin teología: el gesto repetido de avanzar como forma de concentración y presencia.
Otros peregrinos llegan con necesidades más complejas: duelo, transiciones vitales, procesos de sanación tras experiencias traumáticas. El Camino ofrece lo que en psicoterapia se denomina un “entorno de sostén”: un espacio seguro donde elaborar aquello que no encuentra lugar en la vida cotidiana. El ritmo lento, la simplicidad de la rutina diaria y la compañía de personas que no conocen tu historia crean condiciones propicias para una reflexión profunda.
Un peregrino portugués lo expresaba así en una entrevista para Intrepid Times: “Hay una magia en el Camino, pero no está fuera, en el mundo. Está dentro de ti. El Camino es solo una forma de hacerla visible.” Esa intuición —que el viaje exterior es también un viaje interior— es uno de los puntos de encuentro entre creyentes y no creyentes.
Los “lugares sutiles” y la experiencia de lo sagrado
Desde hace siglos, los peregrinos hablan de “lugares sutiles”: espacios donde el límite entre lo terrenal y lo trascendente parece diluirse. La catedral de Santiago, Canterbury, el monte Sinaí o Jerusalén. Sin embargo, esa experiencia no requiere necesariamente fe religiosa.
Según el Hartford Seminary, más de la mitad de los visitantes de la catedral de York —muchos de ellos no creyentes— afirman haberse sentido lo suficientemente conmovidos como para encender una vela o dejar una oración escrita. No se trata de una conversión, ni de una fe repentina, sino de una forma de resonancia con algo que supera la propia individualidad.
Peter Stanford, autor de Pilgrimage: Journeys of Meaning (2021), lo describe con precisión: “Caminar tras sus huellas, ya sea aquí, en el Camino o en cualquier antiguo lugar de peregrinación, acaba calando en la piel.” Es una experiencia que desborda las categorías tradicionales de religioso y no religioso.
Will Parsons, autor de On This Holy Island: A Modern Pilgrimage Across Britain (2024), lo formula de manera aún más directa: “El peregrinaje es una forma de crear significado a través del viaje. Forma parte de las tradiciones espirituales, pero también hay muchos peregrinos seculares. En última instancia, defines el peregrinaje en tus propios términos.”
Un híbrido para el siglo XXI
Un estudio académico publicado en 2025 en Quaestiones Geographicae analiza la evolución del Camino de Santiago como un fenómeno híbrido entre peregrinación religiosa y turismo espiritual. Los datos entre 2003 y 2024 muestran un aumento constante de motivaciones no religiosas o mixtas, especialmente tras la pandemia de COVID-19.
El Camino está mutando. Ya no encaja del todo en las categorías tradicionales. No es únicamente turismo, pero tampoco responde exclusivamente a la devoción clásica. Es una tercera vía que responde a necesidades universales: sentido, conexión, transformación.
Como señala el análisis de Follow The Camino sobre las estadísticas de 2025: lo que ha cambiado no es la desaparición de la espiritualidad, sino la multiplicidad de significados que se atribuyen al viaje. El Camino contemporáneo funciona como un marco donde conviven la devoción religiosa, la transición personal, el reto físico y la reflexión interior.
Peregrinos sin destino final
La nueva generación de peregrinos no camina necesariamente hacia un santuario. Camina hacia sí misma. El recorrido adquiere más peso que la llegada; el proceso, más que la meta. Es una forma de búsqueda espiritual que no exige creencias previas, solo una cierta disposición a escuchar: a uno mismo, a los demás, al entorno.
En el fondo, quizá esto no sea del todo nuevo. Los peregrinos medievales que partían hacia Santiago, Roma o Jerusalén buscaban la salvación del alma, sí, pero también algo más inmediato: una pausa, una experiencia distinta, el sentimiento de formar parte de algo mayor.
Un caminante contemporáneo lo resumía así: “No sé qué ocurre cuando mueres. Hasta entonces, lo único que puedo hacer es disfrutar del camino.” Una frase que, con otras palabras, quizás también habría entendido un peregrino del siglo XII.

