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Peregrinación, espiritualidad secular y búsqueda de sentido

Peregrinación y búsqueda de sentido Soloviova Liudmyla - Shutterstock
Peregrinación y búsqueda de sentido Soloviova Liudmyla - Shutterstock

Al amanecer, en los senderos boscosos del Kumano Kodo japonés, caminantes de todo el mundo comienzan su jornada. Sarah, ingeniera de software de Seattle, dejó su trabajo tras un colapso por agotamiento. Marco, profesor italiano, camina para procesar su duelo. Yuki, diseñadora de Tokio, nunca ha entrado en un templo, pero busca algo que no sabe nombrar.

Ninguno se considera religioso. Y, sin embargo, todos están en peregrinación.

Esta escena se repite en las antiguas rutas del mundo: caminos que antes eran símbolo de fe y que hoy recorren quienes buscan significado en otras formas. Ha cambiado la motivación; el destino, no.

El malestar invisible de la vida moderna

En los años cincuenta, el psiquiatra austríaco Viktor Frankl, superviviente de los campos nazis, describió el vacío existencial: la sensación persistente de que, pese al bienestar material, la vida carece de un propósito profundo.

Frankl identificó tres síntomas recurrentes: la agresión creciente, la adicción generalizada y la depresión crónica. Décadas después, su diagnóstico parece profético. La OMS estima que más de 280 millones de personas sufren depresión en el mundo. Las adicciones —desde las drogas hasta los teléfonos móviles— siguen aumentando, y la ira pública se ha vuelto habitual.

«Ya no tenemos instintos ni tradiciones que nos guíen», escribió Frankl. «Así que imitamos a los demás o hacemos lo que nos dicen».

En este vacío cultural, miles de personas eligen cada año caminar: dejar atrás, literalmente, las rutinas que las aprisionan.

Cuando caminar se convierte en transformación

Emma, de 34 años, trabaja en marketing en Londres. Hace tres años recorrió 200 kilómetros por la Via Francigena, la ruta medieval de Canterbury a Roma. «No soy religiosa —dice—, pero necesitaba reiniciar mi vida. Solo quería caminar».

Los primeros días fueron duros: pies doloridos, mochila pesada, pensamientos inquietos. Al quinto día, algo cambió: «Me di cuenta de que no había mirado el teléfono en horas. No planificaba ni me preocupaba. Simplemente caminaba».

Estudios científicos confirman lo que los peregrinos describen. Investigadores de la Universidad de Stanford comprobaron que 90 minutos de caminata en la naturaleza reducen la actividad neuronal vinculada a la rumiación mental —esos ciclos de pensamiento negativo asociados a la ansiedad y la depresión—.

Un estudio de 2023 sobre 142 peregrinos contemporáneos reveló que el 74% estaba motivado por razones psicoexistenciales. No buscaban revelaciones divinas, sino reencontrarse consigo mismos: redescubrir quiénes eran bajo los roles, las expectativas y el ruido diario.

Nuevos rituales para un mundo secular

A lo largo del Kumano Kodo, pequeñas estatuas de piedra de Jizō, protector de los viajeros, bordean el camino. Los caminantes suelen detenerse a dejar una moneda, una piedra o un momento de silencio. No es una oración en sentido tradicional, sino un reconocimiento: estoy aquí; este momento importa.

Estos gestos conforman el lenguaje silencioso de la peregrinación moderna. Algunos escriben pensamientos en hojas que dejan llevar por el viento. Otros guardan una piedra como recuerdo. Muchos simplemente observan el amanecer.

Thomas, programador alemán que recorrió el Camino Portugués, recuerda un instante de claridad: «Estaba sentado sobre una roca mirando el océano. Por primera vez en meses, no intentaba ser nadie. Solo estaba presente».

Ciencia e intuición ancestral

Caminar durante largos periodos ofrece beneficios medibles. En Japón, el shinrin-yoku —“baño de bosque”— se reconoce como práctica preventiva de salud. Pasar tiempo entre árboles reduce el cortisol, baja la presión arterial y refuerza la inmunidad.

En Suiza, algunos terapeutas ofrecen sesiones de walk and talk, combinando psicoterapia con caminatas al aire libre. «El movimiento lado a lado baja las defensas», explica la psicoterapeuta Anna Müller. «Los pacientes se abren más fácilmente. Caminar desbloquea algo».

Los investigadores describen también el estado de flujo: una inmersión total donde el tiempo se disuelve y la autoconciencia desaparece. Muchos peregrinos dicen alcanzarlo de forma natural tras varios días: pasos, respiración y paisaje se funden en un ritmo íntimo y universal.

Más allá de la religión, no contra ella

La peregrinación secular moderna convive con sus orígenes religiosos. En el Camino de Santiago, solo un 47% de los caminantes declara motivos explícitamente religiosos; los demás buscan cultura, deporte o renovación.

María, una española de 67 años que ha hecho el Camino cinco veces, observa: «Hace veinte años era sobre todo religioso. Ahora encuentro recién casados, gente en crisis, jóvenes viajeros. Algunos rezan en las iglesias; otros meditan en los bosques. Pero al final del día, todos comparten la misma sensación: que han hecho algo que importa».
En Dinamarca, un estudio sobre el Camøno, una ruta concebida para creyentes y no creyentes, concluyó que una peregrinación puede servir a ambos. La esencia no se borra, se redefine: para algunos, lo sagrado está en la naturaleza; para otros, en la conexión humana, la resistencia o el silencio.

El precio del cambio

La transformación no es fácil. La peregrinación, incluso la secular, no es un descanso. Exige resistencia. Las ampollas son inevitables; el cansancio y la soledad, frecuentes. La lluvia, el dolor y la duda acompañan cada avance.

David, abogado estadounidense que caminó 300 km en Japón, recuerda: «Tres veces quise abandonar. Me dolía el cuerpo y pensaba que estaba loco. Pero justo cuando iba a rendirme, conocía a alguien que me decía lo que necesitaba o veía algo tan hermoso que seguía adelante».

En esos umbrales de dificultad comienza la transformación. La lección de Frankl sigue vigente: no podemos controlar los hechos, pero sí nuestra respuesta. La peregrinación reproduce esta dinámica: al afrontar el reto, recuperamos la libertad interior.

Una respuesta antigua a una condición moderna

Lejos de las pantallas y las expectativas, muchos caminantes experimentan una revelación sencilla: por primera vez en años, pueden simplemente ser, sin producir ni aparentar.

En una época de identidades fabricadas y comparaciones constantes, este retorno a la presencia resulta revolucionario. «En el Camino entendí que no tenía que ser especial», dice Claire, joven francesa. «Bastaba con ser yo misma, paso a paso».

Los psicólogos lo llaman restauración de la autenticidad; los caminantes, sentirse vivos.

Quizá esa sea la esencia de la peregrinación secular: no buscar a Dios, sino una manera más auténtica de habitar la vida. No escapar del mundo, sino aprender a caminar dentro de él.

Los antiguos decían solvitur ambulando: “se resuelve caminando”. No prometían respuestas, solo que ciertas preguntas solo pueden afrontarse en movimiento.

Hoy, miles redescubren esa sabiduría silenciosa. No buscan milagros ni revelaciones, sino algo más cercano: un sentido en un mundo que a menudo parece a la deriva.

Y lo encuentran, como tantos antes, en el esfuerzo de los pasos, en la belleza del paisaje, en la bondad de los desconocidos y en el silencio que no está vacío, sino lleno de vida.

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