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Enamorarse caminando: sucede más a menudo de lo que se imagina

Una pareja de peregrinos de camino a Santiago. S.Vidal - Shutterstock
Una pareja de peregrinos de camino a Santiago. S.Vidal - Shutterstock

Saint-Jean-Pied-de-Port, primer día. Dos personas que no se conocen empiezan a subir los Pirineos a la misma hora, cada una por razones que no contará a nadie durante al menos tres días. Se cruzan en la primera fuente, se pierden, vuelven a encontrarse en el albergue de Roncesvalles, donde ochenta desconocidos duermen a veinte centímetros unos de otros y roncan en siete idiomas. Al quinto día caminan al mismo ritmo sin haberse puesto de acuerdo. Al octavo, uno de los dos se sorprende calculando en qué pueblo se detendrá a dormir el otro. Ninguno de los dos usará todavía la palabra, pero ambos saben ya de qué se trata.

El fenómeno tiene incluso un nombre popular, amores del Camino, y una escala considerable: en 2025 llegaron a Santiago de Compostela 530.987 peregrinos, más del 93% de ellos a pie. Es una enorme fábrica de proximidad entre desconocidos. ¿Por qué caminar juntos, lentamente, tiene una tasa de ignición sentimental tan alta? La respuesta, poco romántica y muy documentada, es que el Camino activa al menos tres mecanismos que la psicología conoce bien y que, sumados, se parecen bastante a una trampa.

El cuerpo se mueve y el cerebro busca un culpable

En 1974, dos psicólogos canadienses, Donald Dutton y Arthur Aron, hicieron cruzar a un grupo de hombres un puente colgante e inestable sobre el cañón de Capilano, a setenta metros de altura. A mitad del puente, una joven investigadora los detenía para realizar una falsa encuesta y les dejaba su número de teléfono. Un segundo grupo se encontraba con la misma mujer en un puente bajo y firme. Los hombres del puente alto la llamaron con mucha más frecuencia.

La explicación se convirtió en un clásico: el cuerpo, alterado por el miedo, produce aceleración del pulso, respiración entrecortada y sudor en las manos. El cerebro percibe esas señales y atribuye su causa a la persona que tiene delante. Se llama atribución errónea de la activación. Dicho de forma sencilla: confundimos la adrenalina con deseo.

Ahora traslademos el experimento a una subida de veinticinco kilómetros. El corazón late más deprisa, las endorfinas circulan, la respiración se acorta y las piernas tiemblan. Es un estado de activación fisiológica permanente, prolongado durante días. El cerebro, fiel a su pereza interpretativa, busca una historia que dé sentido a todo ese tumulto interior. Y al lado, oportunamente, camina alguien que empieza a salir del anonimato en nuestra mente, que prefiere una explicación equivocada a no tener ninguna.

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Caminar al mismo paso cambia lo que somos el uno para el otro

Hay un segundo ingrediente, aún más específico del hecho de caminar. Cuando dos personas se mueven en sincronía, algo cambia en la percepción que tienen la una de la otra. En una serie de experimentos publicados en Psychological Science, Scott Wiltermuth y Chip Heath mostraron en 2009 que quienes caminan a paso coordinado con otra persona tienden después a cooperar más, a sacrificarse más por ella y a sentirla más cercana, incluso cuando esa sincronía no genera ninguna emoción positiva consciente.

Investigaciones posteriores han relacionado el movimiento al unísono con un aumento de la empatía y de la confianza. Las marchas militares, las procesiones y los coros que cantan juntos llevan milenios aprovechando este efecto. El Camino lo hace sin ordenarlo: dos pasos que, día tras día, se alinean van construyendo una intimidad que ninguno de los dos ha decidido.

A esto se añade que caminar, sencillamente, suelta la lengua. Avanzando uno junto al otro, mirando al frente y no cara a cara, sin el peso del contacto visual continuo, las personas se confiesan cosas que no dirían sentadas a una mesa. Tres días de barro valen meses de aperitivos. La autorrevelación acelerada es uno de los combustibles más potentes de la atracción, y el sendero la produce en serie.

La novedad que ensancha lo que somos

El tercer mecanismo no tiene que ver con el flechazo, sino con su duración. El psicólogo Arthur Aron, el mismo del experimento del puente, desarrolló con los años una teoría conocida como autoexpansión: nos sentimos atraídos por quienes nos hacen más grandes, por quienes añaden mundos al nuestro.

En un estudio sobre parejas consolidadas, aquellas que compartían actividades nuevas y físicamente estimulantes declaraban una mayor calidad de la relación que quienes compartían actividades agradables pero rutinarias. El Camino es autoexpansión en estado puro, concentrada en pocas semanas: paisajes nunca vistos, cansancio, lenguas extranjeras, un yo que descubre que es capaz de hacer cosas que en casa ni siquiera intentaba. Enamorarse de quien nos acompaña mientras nos convertimos en una versión más amplia de nosotros mismos es casi un reflejo.

Hay un detalle que los peregrinos conocen y que la estadística confirma indirectamente. Por primera vez, en 2024 los peregrinos extranjeros superaron a los españoles, hasta alcanzar el 58% del total: el sendero es un cruce de procedencias, edades y biografías que en otro lugar quizá nunca se habrían encontrado. La distancia, en lugar de frenar, enciende. También podría llamarse excitación del descubrimiento, la misma que vuelve tan seductor el viaje en sí.

Y cuando el camino termina

Aquí llega la parte que las guías románticas suelen callar. Los tres mecanismos dependen del contexto. Cuando el cuerpo deja de temblar, cuando los pasos ya no están obligados a alinearse y cuando la novedad cede su sitio a los horarios de oficina, el andamiaje químico que sostenía el hechizo puede desmoronarse. No siempre, pero sí con la frecuencia suficiente como para haber generado otro dicho en el Camino: muchos amores terminan en Finisterre, allí donde la tierra y el viaje se interrumpen al mismo tiempo. Las relaciones nacidas en la activación tienden a durar cuando encuentran una forma de seguir expandiendo a las personas después, cuando dejan de ser hijas de la geografía y se convierten en una elección.

Queda una pregunta que sirve para el Camino y para cualquier lugar que prometa experiencias transformadoras. Si el amor que se enciende a veinticinco kilómetros diarios nace en parte de la adrenalina, del paso compartido y del asombro de la ruta, ¿es menos verdadero que el que nace en un salón? ¿O quizá todo amor necesita un puente tambaleante, una subida, algo que haga latir el corazón con la fuerza suficiente como para obligarnos a buscar, al lado, una persona a quien echarle la culpa?

Fuentes: D. Dutton and A. Aron, «Some Evidence for Heightened Sexual Attraction Under Conditions of High Anxiety,» Journal of Personality and Social Psychology 30(4), 1974; S. Wiltermuth and C. Heath, «Synchrony and Cooperation,» Psychological Science 20(1), 2009; P. Valdesolo and D. DeSteno, «Synchrony and the Social Tuning of Compassion,» Emotion, 2011; A. Aron, C. Norman, E. Aron, C. McKenna, and R. Heyman, «Couples’ Shared Participation in Novel and Arousing Activities and Experienced Relationship Quality,» Journal of Personality and Social Psychology 78(2), 2000; datos de peregrinos de la Oficina de Acogida al Peregrino, Santiago de Compostela, 2024-2025

Entrada también disponible en: English

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