En algún momento de la historia, casi todos los líderes políticos han sentido la necesidad de ponerse en camino. No en el sentido metafórico del progreso o la expansión, sino en uno mucho más literal: abandonar el palacio, dejar atrás el centro del poder y dirigirse hacia un lugar sagrado. Reyes medievales cruzaron Europa rumbo a Santiago o Roma; emperadores asiáticos visitaron templos ancestrales; líderes de distintas religiones recorrieron largas distancias en busca de legitimidad espiritual. Gobernar, en muchas culturas, implicaba también peregrinar.
Esta práctica no era solo cálculo político, sino que respondía a una lógica profunda. El poder no podía sostenerse únicamente por la fuerza o la ley: necesitaba presentarse como parte de un orden superior. Peregrinar era, en este sentido, un gesto cargado de significado. El gobernante no solo mandaba: también se sometía, pedía, agradecía. Se mostraba ante sus súbditos como alguien que reconocía una autoridad más alta.
Pocas tradiciones llevaron esta idea tan lejos como la rusa. Durante siglos, los zares convirtieron la peregrinación en una práctica sistemática. Bajo la dinastía Romanov, especialmente, estos viajes a lugares santos funcionaron al mismo tiempo como actos de devoción personal y como una forma sofisticada de comunicación política: una manera de escenificar la alianza entre poder y religión .
Peregrinar para gobernar
En el mundo ruso, la peregrinación tenía incluso un nombre específico: bogomolie, “ir a rezar a lugares santos”. Pero en realidad era mucho más que eso. Estos viajes combinaban liturgia, espectáculo y política en un solo gesto.
Los zares acudían a grandes centros religiosos que funcionaban como auténticos polos espirituales del país. Entre ellos destacaba de forma constante el monasterio de la Trinidad-Sergio, cerca de Moscú, considerado casi un “santuario de Estado”, pero también lugares más remotos y simbólicos como las islas Solovkí, en el norte, o el complejo de Sarov-Diveevo.
Los rituales eran reconocibles: procesiones, veneración de reliquias, limosnas públicas, bendiciones. El zar era recibido por el clero, acompañado por su corte y observado por el pueblo. Todo ello convertía la peregrinación en una auténtica “tecnología política” : una forma de hacer visible la relación entre poder y lo sagrado.
Iván IV: el poder se arrodilla
El primer gran ejemplo de esta lógica se encuentra en Iván IV el Terrible. Su figura suele asociarse a la violencia, pero también su relación con los centros religiosos fue constante y significativa.

Uno de los destinos principales de sus peregrinaciones fue el monasterio de la Trinidad-Sergio, al que acudió poco después de su coronación en 1547. Volvió tras su matrimonio y en otras ocasiones clave. En uno de estos viajes, recorrió el camino a pie en pleno invierno, en un gesto de penitencia visible.
Pero no fue el único lugar. Iván también visitó otros grandes monasterios del norte, como el de Kirillo-Belozersky, lo que indica que estos centros formaban parte de una red simbólica del poder.
Antes de la campaña contra Kazán, peregrinó de nuevo a la Trinidad-Sergio para participar en un oficio religioso y pedir bendición. Tras sus victorias, regresó para dar gracias. La guerra y la política quedaban así inscritas en un marco religioso. Iván IV no solo gobernaba: suplicaba. Y en esa suplicación pública se construía parte de su autoridad.
Miguel I: peregrinar y reconstruir
Cuando Miguel I de Rusia fue elegido en 1613, el país salía del caos. Su peregrinación inicial no fue un gesto secundario, sino central en la construcción de su legitimidad. El destino clave fue nuevamente la Trinidad-Sergio, pero el viaje incluyó múltiples paradas en ciudades como Yaroslavl o Rostov, así como visitas a monasterios donde se veneraban iconos considerados milagrosos.

Cada parada era una ceremonia. El zar era recibido con cruces, iconos y reliquias; participaba en oficios y realizaba donaciones. El trayecto entero funcionaba como una procesión extendida en el espacio.
La elección de estos centros no era casual: eran nodos de autoridad espiritual. Al visitarlos, Miguel se insertaba en una geografía sagrada que reforzaba su posición. Así, la peregrinación no solo inauguraba un reinado: ayudaba a reconstruir un país .
Alejo I: el Estado en movimiento
Bajo Alejo I de Rusia, la peregrinación alcanzó un grado de organización extraordinario. El destino seguía siendo principalmente la Trinidad-Sergio, pero lo importante ya no era solo el lugar, sino el camino.
El llamado “camino a Tróitsa” se convirtió en un itinerario ritualizado. Antes de la partida, se reparaban carreteras, se organizaban paradas y se movilizaban recursos. Durante el trayecto, el zar viajaba con tropas, convoyes y su corte. Era un desplazamiento masivo.

Sin embargo, el momento clave llegaba al final: los últimos kilómetros se recorrían a pie. El poder, tras desplegar toda su maquinaria, se despojaba simbólicamente de ella. En la Trinidad-Sergio, el zar participaba en liturgias, veneraba las reliquias de san Sergio y realizaba donaciones. El monasterio actuaba como centro espiritual y escenario político, y la peregrinación se había convertido en una auténtica coreografía del Estado .
Pedro I y Catalina II: peregrinación imperial
Con Pedro I de Rusia, la geografía de la peregrinación se amplió. Además de acudir a la Trinidad-Sergio, viajó a lugares remotos como el monasterio de Solovkí, en el mar Blanco. Este destino no era solo religioso: también tenía un valor estratégico. Pedro llegó por mar, ordenó construir capillas y levantar cruces, e integró estos espacios en su visión territorial. La peregrinación se convertía así en una herramienta que combinaba fe y geopolítica.

El caso de Catalina II de Rusia resulta aún más revelador. En 1775 peregrinó a la Trinidad-Sergio en un viaje cuidadosamente organizado, con paradas en lugares como Khotkovo antes de llegar al monasterio. Su llegada fue espectacular: procesiones, campanas, cañonazos, cantatas. Todo el aparato imperial acompañaba el gesto religioso.
Y sin embargo, hay una paradoja interesante. Catalina era conocida por su vida privada escandalosa para los estándares de la época y por declararse admiradora de pensadores ilustrados como Voltaire. Representaba, en muchos sentidos, una ruptura con la tradición. Pero no en esto.
A pesar de su perfil intelectual y de su cercanía a la Ilustración, mantuvo la práctica de la peregrinación. Esto sugiere que estos rituales no eran simplemente expresiones de fe personal, sino piezas fundamentales del lenguaje del poder. Incluso una emperatriz ilustrada necesitaba hablar ese lenguaje.
Nicolás II: la peregrinación de masas
A comienzos del siglo XX, bajo Nicolás II de Rusia, la peregrinación alcanzó una escala sin precedentes. En 1903, el zar acudió al monasterio de Sarov, junto al complejo de Diveevo, con motivo de la canonización de Serafín de Sarov. Este lugar, menos central que la Trinidad-Sergio, tenía un enorme atractivo popular.

La magnitud del evento fue extraordinaria: hasta cientos de miles de personas acudieron. Se construyeron infraestructuras temporales, se organizaron servicios médicos y se establecieron sistemas de control. El zar participó activamente en los rituales: procesiones, visitas a los lugares vinculados al santo, veneración de reliquias. En algunos tramos, caminó a pie junto a otros participantes. La peregrinación se había convertido en un fenómeno de masas . Ya no era solo un acto del poder: era también una catarsis colectiva.
En 1913, durante el tricentenario de los Romanov, Nicolás II visitó lugares simbólicos como el monasterio de Ipátiev, reforzando la conexión entre la dinastía y la historia sagrada del país. Pero estos gestos, aunque impresionantes, no lograron detener el colapso del sistema pocos años después.
Después del imperio: peregrinar sin zares
La caída de la monarquía en 1917 y la posterior ejecución de la familia Romanov marcaron una ruptura radical en la estructura del poder. Sin embargo, la lógica de la peregrinación no desapareció. El significado era distinto. Ya no se trataba de legitimar al zar, sino de sacralizar su final.
La Iglesia Ortodoxa rusa, de hecho, canonizó a la familia imperial asesinada en agosto de 2000. Ekaterimburgo, el lugar de la ejecución, se transformó con el tiempo en un nuevo centro simbólico. Allí se levantó la llamada Iglesia sobre la Sangre, y comenzaron a organizarse actos conmemorativos.

En 2018, con motivo del centenario de la ejecución, unas cien mil personas participaron en una peregrinación nocturna que recorrió los lugares vinculados al asesinato de la familia imperial. El recorrido, de varios kilómetros, reprodujo elementos tradicionales: procesión, caminata, ritual colectivo. La diferencia era fundamental. Antes, el zar peregrinaba para legitimar su poder. Ahora, el pueblo peregrinaba para legitimar al zar y superar heridas históricas.
Es muy significativo, de hecho, que el régimen soviético estableciera desde los inicios un ritual «sagrado» paralelo con la figura de Lenin, el «zar del pueblo», cuyo cadáver embalsamado y mausoleo fueron convertidos prácticamente en meta de peregrinación para millones de rusos.
El poder que camina
A lo largo de los siglos, los zares rusos no solo gobernaron desde palacios. También caminaron hacia lugares como la Trinidad-Sergio, Solovkí o Sarov, integrando estos espacios en una geografía del poder.
La peregrinación evolucionó con el tiempo: de gesto personal a ritual de Estado, de espectáculo imperial a fenómeno de masas, y finalmente a memoria colectiva. Pero en todas sus formas mantuvo una constante: la necesidad de dar sentido al poder —o a su recuerdo— a través del movimiento y del contacto con lo sagrado.
Hoy, donde antes caminaban los zares, caminan los fieles. Y en ese gesto, aparentemente sencillo, sobrevive una de las formas más antiguas de entender la relación entre historia, poder y trascendencia.

