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Canoa roja en medio del lago en Gatineau, Quebec en un día nublado. Honz Slipka - Shutterstock

Una peregrinación en canoa para releer la historia de Canadá

En el verano de 2017, un grupo de personas emprendió un viaje en canoa de larga distancia a lo largo de uno de los corredores fluviales más significativos desde el punto de vista histórico del noreste de América del Norte. Conocida como la Peregrinación Canadiense en Canoa, la travesía siguió antiguas rutas indígenas que conectan la bahía Georgiana con Montreal.

Organizada por los jesuitas del Canadá anglófono, la iniciativa planteó el viaje en canoa como una práctica contemporánea de encuentro, marcada por la memoria histórica, el intercambio intercultural y el compromiso público con la reconciliación.

La elección del momento no fue casual. La peregrinación tuvo lugar durante el 150º aniversario de la Confederación Canadiense, en un contexto nacional de reflexión colectiva. En los años inmediatamente anteriores, la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de Canadá había situado en el centro del debate público las consecuencias del sistema de internados para pueblos indígenas y su impacto duradero en las comunidades. La peregrinación en canoa se inscribió en este marco no como una recreación simbólica, sino como un proceso vivido de desplazamiento compartido y diálogo.

Una ruta indígena

Las vías fluviales recorridas por los palistas nunca fueron corredores neutros. Mucho antes de la llegada europea, los pueblos indígenas utilizaban este sistema interconectado de ríos, lagos y portajes para el comercio, la diplomacia, los desplazamientos estacionales y el intercambio de conocimientos. La ruta —desde la bahía Georgiana a través del río French, el lago Nipissing, el río Mattawa, el río Ottawa y finalmente el San Lorenzo— constituía un eje fundamental este-oeste en la región.

Exploradores y misioneros europeos dependieron más tarde de esta infraestructura indígena. Figuras como Samuel de Champlain o Jean de Brébeuf recorrieron estas aguas a comienzos del siglo XVII, guiados por navegantes de las Primeras Naciones cuyo conocimiento hacía posible el viaje. La peregrinación de 2017 reconoció explícitamente esta dependencia, subrayando que se trata de rutas compartidas, no “descubiertas”, y que su uso continuado refleja la continuidad indígena, no una nostalgia colonial.

El viaje por el agua

La peregrinación comenzó el 20 de julio de 2017 en Sainte-Marie among the Hurons, en Midland (Ontario), antiguo emplazamiento de una misión jesuita del siglo XVII entre la nación wendat. Desde allí, los participantes bordearon la orilla oriental de la bahía Georgiana antes de internarse en el río French, un complejo sistema de canales y rápidos históricamente clave para los desplazamientos interiores.

Tras cruzar el lago Nipissing, continuaron por el río Mattawa hasta el Ottawa y descendieron finalmente por el San Lorenzo, concluyendo el viaje en Montreal el 15 de agosto.

Aunque un pequeño núcleo completó todo el recorrido, la estructura del viaje se concibió como abierta. Personas y grupos se incorporaron en tramos concretos, en lugares como el Parque Provincial del Río French, North Bay, Mattawa u Ottawa. Este planteamiento evocaba los patrones históricos de viaje fluvial, donde los trayectos eran modulares y comunitarios, más que itinerarios rígidos y cerrados.

 

Map of New France (Samuel de Champlain, 1612)
Mapa de Nueva Francia (Samuel de Champlain, 1612)

Quiénes remaron

La composición del grupo era esencial para el sentido del proyecto. Participaron personas indígenas, jesuitas de comunidades francófonas y anglófonas, y colaboradores laicos. Hombres y mujeres de distintas edades se sumaron a la peregrinación durante días o semanas. Lejos de presentar una imagen homogénea, los organizadores subrayaron la pluralidad, reflejo de la diversidad cultural y lingüística que ha configurado la historia de Canadá.

El propio acto de remar exigía cooperación y atención constante. Decisiones cotidianas —cuánto avanzar, cuándo portear, cómo responder a las condiciones meteorológicas y del agua— requerían responsabilidad compartida. Estas dinámicas prácticas reforzaban el énfasis del viaje en la escucha, la adaptación y la interdependencia.

Reconciliación y responsabilidad pública

La peregrinación tuvo lugar en pleno proceso nacional de reflexión sobre la reconciliación. Los jesuitas implicados reconocieron públicamente su papel histórico en el sistema de internados, incluida la gestión de la escuela de Spanish (Ontario). La participación en el viaje formaba parte de un compromiso más amplio que incluía declaraciones públicas, iniciativas educativas y trabajo conjunto con comunidades indígenas.

El recorrido no pretendía resolver injusticias estructurales ni cerrar heridas históricas, pero sí crear condiciones para el diálogo. Los encuentros comunitarios a lo largo de la ruta incluyeron comidas compartidas, relatos orales y conversaciones sobre la historia local. Se priorizó la presencia frente a la representación: llegar por el agua, ser recibidos por las comunidades y escuchar antes de continuar.

 

Gatineau, Quebec: Canoes at the Canadian Museum of History
Gatineau, Quebec: Canoas en el Museo Canadiense de Historia

Remar con perspectiva histórica

La canoa ocupa un lugar destacado en el imaginario histórico canadiense, a menudo asociada a la exploración o al ocio en la naturaleza. Esta peregrinación cuestionó esas lecturas simplificadas al poner en primer plano la continuidad indígena y su relevancia contemporánea. Avanzar a ras del agua ofrecía otra escala del territorio, haciendo visibles las exigencias físicas de rutas que en los mapas suelen aparecer como simples líneas.

Los portajes, en particular, revelaban el esfuerzo incorporado al movimiento histórico. Transportar canoas y provisiones entre cursos de agua convertía la distancia en experiencia corporal, recordando cómo el viaje ha modelado relaciones sociales y transmisión de conocimientos durante siglos.

Una peregrinación contemporánea

Cuando los palistas llegaron a Montreal, habían recorrido varios cientos de kilómetros, pero el sentido del viaje iba más allá del destino final. La Peregrinación Canadiense en Canoa funcionó como un proceso abierto, no como una conmemoración cerrada. Invitó tanto a quienes participaron como a quienes la observaron a replantearse cómo se recuerda la historia, cómo se asume la responsabilidad y cómo el desplazamiento compartido por un territorio puede abrir espacios de reflexión.

En unas aguas moldeadas por generaciones de tránsito, remar juntos se convirtió en un gesto sobrio pero concreto hacia el diálogo. La peregrinación no prometía soluciones ni clausuras. Mostraba, más bien, cómo el viaje —anclado en rutas indígenas y en la colaboración actual— puede crear un espacio sostenido para pensar el pasado y su presencia activa en el Canadá de hoy.

 

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