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Ribera del Duero: El vino que nació entre caminos y fronteras

Chorizo ​​ibérico, jamón ibérico y un vino DO Ribera del Duero Jose Miguel Sanchez - Shutterstock
Chorizo ​​ibérico, jamón ibérico y un vino DO Ribera del Duero Jose Miguel Sanchez - Shutterstock

La Ribera del Duero no se comprende solo a través de sus viñedos. Su historia también está escrita en los caminos que siguen el curso del río, enlazan pueblos y atraviesan antiguas fronteras. Entre ellos destacan dos itinerarios de naturaleza diferente: el Camino de la Lana, vinculado al comercio y a la peregrinación jacobea, y el Camino de Santo Domingo, que reúne los lugares castellanos relacionados con la infancia y formación de Domingo de Guzmán.

El Camino de la Lana comunicaba las tierras del sureste peninsular con Burgos y con el Camino Francés. Por él circularon lana, paños, herramientas y productos agrícolas, pero también peregrinos, arrieros y viajeros que necesitaban comida, alojamiento y protección. El Camino de Santo Domingo, en cambio, recorre un paisaje biográfico: Caleruega, Gumiel de Izán, Santa María de la Vid y El Burgo de Osma permiten reconstruir el mundo familiar, agrícola y religioso en el que creció el futuro fundador de la Orden de Predicadores.

Ambos caminos muestran que la Ribera nunca fue un territorio aislado. Por sus sendas viajaron personas, noticias, técnicas y mercancías. El vino acompañó esa circulación: se ofrecía en las casas y hospederías, se vendía en mercados y podía transportarse hacia otras comarcas. Las rutas no crearon la cultura vitivinícola ribereña, pero la integraron en una red económica y humana más amplia.

Esa relación entre vino, territorio y movimiento adquiere una expresión especialmente visible en San Esteban de Gormaz. La villa se levanta junto al Duero, en uno de los puntos por los que discurre el Camino de la Lana. En lo alto de la colina permanecen los restos del castillo que vigilaba el paso del río; bajo la misma ladera se abren centenares de bodegas excavadas para conservar el vino.

Arriba se encuentra la memoria de la guerra y del poder. Abajo, la del trabajo cotidiano. Entre ambas arquitecturas se resume una de las grandes transformaciones históricas de la comarca: el paso de una frontera militar a un territorio agrícola cuya identidad acabaría unida a la vid.

Una historia muy antigua

La Denominación de Origen Ribera del Duero fue reconocida oficialmente en 1982, pero la presencia del vino en el valle es mucho más antigua. Los hallazgos realizados en Pintia, asentamiento asociado a la cultura vaccea, indican que se consumía varios siglos antes de nuestra era. La aparición de restos de vino en recipientes funerarios muestra que la bebida no cumplía únicamente una función alimentaria: también podía expresar prestigio y participar en ceremonias.

 

Mosaic from the Roman Villa of Santa Cruz de Valdearados, Burgos
Mosaico de la villa romana de Santa Cruz en Valdearados, Burgos. By B25es – Own work, CC BY-SA 4.0

La etapa romana dejó otras evidencias. El mosaico de Baños de Valdearados, dedicado a Baco, testimonia la importancia cultural del vino en el mundo mediterráneo. No demuestra que en la comarca se elaborara un producto comparable al actual ni que exista una continuidad ininterrumpida entre la Antigüedad y las bodegas contemporáneas. Las variedades, las técnicas y los gustos cambiaron muchas veces. Sí confirma, en cambio, que el vino estaba integrado en la economía y en el imaginario del valle.

El río Duero fue decisivo en esa evolución. Su cauce facilitó los asentamientos, la agricultura y la comunicación entre territorios. En torno al río crecieron mercados, aldeas y lugares de paso. La Ribera no nació como una unidad administrativa precisa, sino como un paisaje humano construido durante siglos alrededor del agua, los cultivos y las vías de comunicación.

De frontera a comarca agrícola

Durante los siglos centrales de la Edad Media, el valle del Duero fue escenario de enfrentamientos, repoblaciones y reorganizaciones territoriales. Castillos, torres y atalayas recuerdan todavía la época en que el río marcaba una frontera inestable.

San Esteban de Gormaz ocupó una posición estratégica. Su fortaleza controlaba uno de los pasos del Duero y protegía una villa disputada durante décadas. La población fue conocida como una de las “puertas de Castilla”, denominación que resume su importancia militar y política.

La extensión de la viticultura estuvo ligada a la estabilización del territorio. Plantar una viña significaba confiar en que la parcela podría trabajarse durante años. Las cepas exigían cuidados continuos y no ofrecían resultados inmediatos. Su cultivo era difícil en un espacio sometido al abandono o a la destrucción.

Cuando la frontera se transformó en una red más estable de villas y aldeas, las comunidades organizaron los campos y diversificaron la producción. Cereales, ganadería, huertas y viñedos convivieron dentro de economías locales. El vino ofrecía ventajas concretas: podía conservarse, transportarse y emplearse como alimento, renta o producto de intercambio.

Las viñas ayudaron así a fijar población. El territorio dejó de ser únicamente un espacio que debía defenderse y pasó a ser una tierra que había que cultivar, administrar y transmitir. La expansión del viñedo fue, en ese sentido, una señal de continuidad y de confianza en el futuro.

El vino de la vida cotidiana

Durante siglos, el vino ribereño no fue un lujo reservado a grupos privilegiados. Formaba parte de la vida diaria de los pueblos. Muchas familias cultivaban pequeñas parcelas, a menudo dispersas, y participaban conjuntamente en la vendimia.

El lagar era el lugar donde se prensaba la uva y se obtenía el mosto. La bodega, excavada generalmente en una ladera, proporcionaba oscuridad, humedad y una temperatura estable. Entre ambos espacios se desarrolló un conocimiento práctico transmitido de generación en generación: cuándo vendimiar, cómo prensar la uva, de qué manera conservar el vino y cómo evitar que se estropeara.

La bebida acompañaba las comidas y las celebraciones, pero también podía entregarse como renta o pago. Se ofrecía a huéspedes y viajeros, se utilizaba en la liturgia y formaba parte de los trabajos comunitarios. La vendimia no era solo una actividad económica: organizaba el calendario, reunía a las familias y reforzaba los vínculos vecinales.

Los lugares relacionados con Domingo de Guzmán permiten aproximarse a ese mundo. Nacido hacia 1170 en Caleruega, creció en un paisaje de campos, viñas y pequeñas poblaciones. Una tradición local cuenta que su madre, Juana de Aza, repartió entre los necesitados parte del vino almacenado por la familia y que la cuba apareció después nuevamente llena.

 

Large cluster of freshly picked Tempranillo grapes from the vineyards of the Ribera del Duero
Gran racimo de uvas Tempranillo recién cosechadas de los viñedos de la Ribera del Duero.

El relato pertenece al ámbito de la leyenda, pero resulta significativo porque sitúa el vino dentro de la economía doméstica y de la hospitalidad. No aparece como símbolo de refinamiento, sino como un bien útil que podía compartirse en tiempos de necesidad.

San Esteban de Gormaz: memoria bajo tierra

San Esteban de Gormaz reúne como pocas localidades las distintas capas de la historia ribereña. Bajo el cerro del castillo se extiende un barrio formado por casi trescientas bodegas subterráneas, además de lagares y construcciones auxiliares.

Las entradas abiertas en la ladera conducen a corredores y galerías donde la temperatura se mantiene relativamente constante. Antes de la refrigeración mecánica, esta arquitectura aprovechaba las propiedades del terreno para conservar el vino durante el año.

Cada puerta podía estar vinculada a una familia, una herencia o una parcela. Las sucesivas divisiones del patrimonio explican la complejidad del conjunto. Sin embargo, las bodegas no eran únicamente espacios privados. Los barrios también funcionaban como lugares de reunión, especialmente durante la vendimia y cuando llegaba el momento de probar el vino nuevo.

La disposición del cerro posee una gran fuerza simbólica. En la superficie permanece la fortaleza, representación del poder político y militar. Bajo ella se conservan las galerías excavadas por los habitantes de la villa. La historia de los reyes y las guerras ocupa la cima; la del trabajo familiar y la sociabilidad se guarda bajo tierra.

 

Casas antiguas excavadas en la roca de la montaña en el pueblo medieval de San Esteban de Gormaz, España.
Casas antiguas excavadas en la roca de la montaña en el pueblo medieval de San Esteban de Gormaz, España.

El cercano conjunto de El Plantío, en Atauta, demuestra que esta arquitectura no pertenece exclusivamente a la Edad Media. Sus bodegas y lagares crecieron sobre todo durante el siglo XIX, favorecidos en parte por la demanda francesa originada por la filoxera. Lo que hoy parece un paisaje inmutable respondió también a mercados internacionales, crisis agrícolas y nuevas oportunidades comerciales.

Muchos vinos bajo un mismo nombre

La imagen más difundida de la Ribera del Duero está asociada a los tintos elaborados con tempranillo, conocida en la comarca como tinto fino o tinta del país. Sin embargo, dentro de la denominación conviven estilos distintos.

Los tintos jóvenes buscan resaltar la fruta y pueden tener poco o ningún contacto con la madera. Los llamados roble pasan algunos meses en barrica. Las menciones Crianza, Reserva y Gran Reserva indican tiempos progresivamente mayores de envejecimiento entre madera y botella. Estas categorías describen el proceso de elaboración, pero no establecen por sí solas una jerarquía absoluta de calidad.

En los últimos años, numerosos productores han comenzado a destacar la parcela, la altitud, la edad de las cepas o el pueblo de procedencia. Esta tendencia responde a una mayor atención a las diferencias internas de un territorio que durante décadas fue presentado como si produjera un estilo uniforme.

La denominación también ampara rosados y claretes, ligados históricamente al consumo familiar y festivo. Desde 2019 reconoce además blancos elaborados principalmente con albillo mayor, una variedad que durante siglos creció mezclada con las cepas tintas.

La Ribera actual es más diversa de lo que su imagen internacional sugiere. Junto a los tintos concentrados y de larga crianza existen vinos frescos, claretes recuperados, blancos con capacidad de envejecimiento y elaboraciones que buscan expresar el carácter de una parcela concreta.

Las bodegas que dieron proyección a la Ribera

Varias bodegas desempeñaron un papel decisivo en la consolidación del prestigio contemporáneo de la comarca. Vega Sicilia, fundada en el siglo XIX en Valbuena de Duero, demostró mucho antes de la creación de la denominación que el territorio podía producir vinos de guarda con reconocimiento internacional.

 

Interior of the Protos winery in Peñafiel (Valladolid). Designed by Rogers Stirk
Interior de la bodega Protos en Peñafiel (Valladolid). Diseño de Rogers Stirk. Miguelfh / Shutterstock.com

Protos nació en Peñafiel en 1927 por iniciativa de un grupo de viticultores. Su trayectoria representa el esfuerzo colectivo por mejorar la producción y dar a conocer los vinos de la zona. Décadas después, Tinto Pesquera contribuyó a despertar el interés exterior durante los años anteriores al reconocimiento oficial de 1982.

Emilio Moro simboliza la transformación de muchas familias que pasaron de cultivar y vender uva a embotellar con un nombre propio. A estos proyectos se sumaron Pago de Carraovejas, Arzuaga, Matarromera, Dominio de Pingus, Dominio de Atauta, Valduero o Hermanos Pérez Pascuas, entre otros.

La notoriedad de estas marcas no debe ocultar la base colectiva del sector. Detrás de cada botella hay viticultores, cooperativas, cuadrillas de vendimia y familias que conservaron sus parcelas durante periodos en los que producir vino apenas ofrecía rentabilidad.

La Denominación de Origen dio a esa tradición una estructura común. Estableció normas, protegió el nombre de la comarca, impulsó controles de calidad y facilitó la promoción exterior. No creó la Ribera, sino que reunió bajo una identidad reconocible una historia dispersa entre pueblos, viñas y bodegas.

Una identidad en proceso

El éxito del vino ha transformado la economía y la imagen de la Ribera, pero también plantea desafíos. La despoblación amenaza la continuidad de algunos viñedos; numerosas bodegas tradicionales necesitan restauración, y la concentración empresarial puede reducir la diversidad que caracteriza al territorio.

Conservar esta cultura no significa congelarla. La Ribera siempre ha cambiado: se adaptó a la consolidación de la frontera, a los mercados medievales, a la filoxera, al éxodo rural y a la modernización técnica. Su patrimonio no consiste en reproducir sin cambios los métodos del pasado, sino en mantener viva la relación entre las viñas, el paisaje y las comunidades.

En San Esteban de Gormaz, las puertas de las bodegas continúan abriéndose bajo las ruinas del castillo. Entre unas y otras se despliega la historia de un territorio defendido, cultivado y recorrido por comerciantes y peregrinos.

Cada botella de Ribera del Duero contiene uva, tiempo y trabajo. Pero también guarda la memoria de quienes transformaron una frontera en una tierra habitable y un cultivo cotidiano en una identidad compartida. Por eso, el vino no es solo uno de los productos de la Ribera: es una de las formas en las que la comarca conserva su pasado, interpreta su paisaje y se presenta ante el mundo.

 

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